La esquina de los hombres tranquilos Chapter 47
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Chapter 47

Mateo guio a Daniel hacia el centro de la cama, donde las sábanas de lino frío esperaban para ser caldeadas por el peso de sus cuerpos.

Daniel se recostó, permitiendo que la luz ámbar de la lámpara de noche bañara su anatomía de cincuenta y seis años, mientras Mateo se situaba sobre él, apoyado en sus antebrazos.

La visión de la virilidad de Mateo, a escasos centímetros de su rostro, era un monumento a la honestidad biológica.

El sexo del capataz era una pieza de carne impresionante, oscura y pesada, con las venas marcadas como raíces que habían crecido a través de décadas de resistencia.

El glande, ensanchado por la excitación y de un color púrpura febril, estaba ya coronado por una perla brillante y viscosa de líquido preseminal que goteaba con una lentitud exasperante, perdiéndose en el vello púbico canoso y denso que rodeaba su base.

—Tócame, Daniel —pidió Mateo con un susurro que era puro ruego—. Nota el peso de lo que me haces sentir.

Daniel extendió la mano y rodeó con sus dedos la base de Mateo, sintiendo la pulsación rítmica del corazón del otro hombre latiendo directamente bajo su palma.

El calor era casi insoportable, una temperatura febril que hablaba de un deseo que no entendía de protocolos.

Mateo, por su parte, tomó el miembro de Daniel, más fino y de una piel más clara, pero igualmente duro y palpitante.

Al unir sus manos sobre sus sexos, la imagen fue de una belleza ruda: la mano callosa y oscura de Mateo sobre la carne de Daniel, y la mano del abogado sobre la del obrero, entrelazando sus historias a través de sus erecciones.

El aroma que emanaba de su unión era una mezcla de almizcle, sudor limpio y esa esencia seminal, amarga y metálica, que para Daniel era el único perfume que importaba en el mundo.