La esquina de los hombres tranquilos Chapter 43
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Chapter 43

Mateo no quiso esperar más. Con un movimiento potente, giró a Daniel y lo colocó de espaldas sobre el colchón, alzando sus piernas para exponer su intimidad.

Daniel se sintió totalmente vulnerable, una ofrenda de carne madura para el hombre que lo hacía real.

Mateo lubricó el camino con una generosa cantidad de su propio preseminal y de saliva, antes de empujar con una contundencia masiva.

La entrada fue un desgarro de placer absoluto; Daniel sintió el volumen de Mateo llenándolo, ocupando el espacio que siempre había estado vacío.

Empezaron a moverse en un ritmo pesado, un choque rítmico de vientres velludos y pieles sudadas que generaba un sonido húmedo de succión y fricción.

Daniel sentía el peso de Mateo sobre él, sus hombros anchos ocultando el resto del mundo, sus manos apretando sus pezones con una fuerza que le hacía gemir.

Cada embestida de Mateo era una confirmación de su identidad.

El aire en el dormitorio estaba saturado del olor a sexo total, a sudor de hombres de cincuenta y sesenta años, y a la fragancia penetrante de la simiente que ya buscaba su salida.

—¡Me voy a correr, Mateo! —jadeó Daniel, con los ojos en blanco, sintiendo cómo el orgasmo subía desde sus pies como una marea de fuego.

—¡Hazlo! ¡Lléname las sábanas de tu verdad!

En un estallido que pareció sacudir los cimientos del edificio, Daniel eyaculó.

El semen brotó en chorros potentes y calientes que aterrizaron sobre su propio pecho y sobre la mano de Mateo, un fluido blanco, espeso y abundante que brillaba bajo el sol de la tarde.

Apenas un segundo después, Mateo soltó un rugido animal y lo siguió, descargando su simiente con una fuerza devastadora dentro de Daniel, una marea de calor que el abogado sintió inundar su interior.

Se quedaron así, jadeantes, con los cuerpos entrelazados y el rastro de su pasión cubriéndoles la piel. El olor a semen era la única realidad en la habitación. Mateo se retiró lentamente y se tumbó al lado de Daniel, abrazándolo con una ternura ruda.

—Ahora tienes que volver con ella —susurró Mateo, besando el hombro de Daniel—. Pero llevas mi marca. Llevas mi leche dentro de ti y mi olor en tus poros.

Daniel asintió, sintiendo el rastro viscoso de la entrega de ambos sobre su cuerpo.

Sabía que, al llegar a casa, tendría que besar a Elena y fingir normalidad, pero por dentro seguiría siendo el hombre que Mateo acababa de reclamar.

El secreto era ahora una costra de placer que nunca terminaría de sanar, el vínculo indestructible de los hombres tranquilos que habían decidido, por fin, dejar de serlo.