Chapter 42
Daniel se entregó a la exploración oral con una voracidad que nacía de años de contención.
Envolvió la cabeza del sexo de Mateo con sus labios, sintiendo cómo el glande se expandía dentro de su boca, llenando cada rincón de su paladar.
La textura era una mezcla de seda y roca; la calidez, un incendio controlado.
Mateo soltó un gruñido desgarrador, hundiendo sus dedos gruesos y callosos en el cabello cano de Daniel, guiando el ritmo con una desesperación que hacía que sus testículos —pesados, cargados de simiente y envueltos en vello gris— golpearan rítmicamente contra la barbilla del abogado.
—¡Sí, cómeme así, Daniel! —exclamó Mateo, con la voz quebrada—. Bebe lo que no puedes decir. Nota cómo me pongo para ti, cómo me palpita la vida cada vez que me succionas.
Mientras Daniel se ocupaba de él, Mateo no se quedó quieto.
Sus manos bajaron hacia el sexo de Daniel, que ya goteaba su propio preseminal sobre las sábanas.
Mateo lo tomó con un puño firme, masturbándolo con una técnica ruda que buscaba el centro mismo de la médula espinal del abogado.
El contraste entre la boca húmeda de Daniel y la mano seca y callosa de Mateo creó una sinfonía de sensaciones que hizo que Daniel empezara a perder la noción de quién era.
Ya no era el letrado prestigioso; era un cuerpo maduro, un hombre bear entregado al placer más elemental y prohibido.
Daniel sentía el sabor de Mateo en su garganta, una esencia que sabía a hierro y a secreto, mientras imaginaba a Elena en su jardín, rodeada de sus flores blancas.
La culpa no mitigaba el deseo; lo afilaba, lo convertía en una necesidad biológica.
Mateo lo obligó a subir, devorando su boca en un beso que sabía a sus propios fluidos mezclados, un intercambio de preseminal que selló su pacto de traición y libertad.