La esquina de los hombres tranquilos Chapter 41
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Chapter 41

Sobre las sábanas blancas del apartamento, que parecían un lienzo dispuesto para ser profanado, el cuerpo de Mateo se impuso con la contundencia de una fuerza de la naturaleza.

Daniel, despojado ya de la camisa de seda y del pantalón de sastre, se sintió pequeño y a la vez inmenso bajo el volumen de aquel hombre de sesenta y un años.

Mateo se deshizo de sus pantalones de lona con una ruda impaciencia, revelando su desnudez de oso: unas piernas potentes, cubiertas de un vello gris que se espesaba en los muslos, y ese vientre generoso, sólido y cálido que Daniel deseaba con una devoción casi religiosa.

Al quedar ambos piel con piel, el choque térmico fue absoluto.

Daniel sintió el vello áspero de Mateo frotando contra su propio pecho, una fricción que encendió sus terminales nerviosas con un chispazo de electricidad estática.

Mateo se situó entre las piernas de Daniel, y su miembro —una columna de carne oscura, pesada y venosa— golpeó contra el vientre del abogado.

Estaba ya coronado por una perla brillante de líquido preseminal, un fluido viscoso que Daniel vio reflejar la luz de la tarde antes de que Mateo lo extendiera con un dedo sobre su propio glande purpúreo.

—Míralo, Daniel —gruñó Mateo, atrapando la mirada del abogado—. Esto es lo que no tiene nombre en tu casa. Este calor, esta dureza que solo tú sabes despertar.

Daniel extendió la mano y rodeó la virilidad de Mateo, maravillándose de su peso muerto y de la pulsación rítmica que sentía bajo la piel tirante.

El olor que emanaba de la entrepierna de Mateo era una esencia concentrada de masculinidad madura: sudor rancio, orina limpia y el aroma acre de la excitación acumulada.

Daniel se incorporó levemente para lamer el rastro de pre-eyaculación, saboreando la sal y la amargura de ese fluido que para él era el único néctar verdadero.