Chapter 40
La mañana siguiente fue un calvario de normalidad impuesta.
Daniel desayunó con Elena hablando de las vacaciones de verano, mientras él solo podía visualizar el vello canoso del pecho de Mateo.
A mediodía, bajo el pretexto de una reunión externa, Daniel se dirigió al apartamento que mantenía en el centro, el santuario donde la moral de los juzgados no tenía jurisdicción.
Mateo ya estaba allí. Había entrado con su propia llave y se había despojado de la camisa de trabajo.
Estaba sentado en el sofá de cuero, con el pecho desnudo, una masa imponente de virilidad bear que llenaba la estancia con su sola presencia.
El vello gris de su pecho y abdomen brillaba bajo la luz que se filtraba por las persianas, y su olor —ese aroma a hombre maduro, a tabaco y a deseo puro— invadió a Daniel nada más cerrar la puerta.
—Has tardado una eternidad, abogado —dijo Mateo, levantándose con una pesadez poderosa, como un oso que despierta de su letargo.
Daniel no respondió con palabras. Dejó caer su maletín al suelo y se lanzó a los brazos de Mateo.
El contacto fue una explosión. Sus cuerpos chocaron con una contundencia que les sacó el aire de los pulmones.
Daniel hundió su rostro en el pecho velludo de Mateo, inhalando su esencia, lamiendo la piel salada de su cuello.
Mateo lo agarró por las nalgas con sus manos callosas, levantándolo del suelo para que Daniel rodeara su cintura con las piernas.
—Huéleme, Daniel —gruñó Mateo, pegando su boca a la oreja del abogado—. Soy el hombre que no le cuentas a tu mujer. Soy la polla que te hace olvidar que tienes un apellido y una carrera.
Mateo llevó a Daniel hacia la cama, lanzándolo sobre las sábanas blancas con una ruda ternura.
En ese momento, las vidas de ambos, sus familias, sus obligaciones y sus culpas, quedaron fuera de las cuatro paredes del dormitorio.
Solo existía la geografía de dos hombres maduros, de cuerpos pesados y deseosos, listos para devorarse en el silencio de lo prohibido.