La esquina de los hombres tranquilos Chapter 35
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Chapter 35

El aire en el sótano se había vuelto una sustancia densa, saturada por el olor del hormigón húmedo, el sudor rancio de la jornada y esa fragancia metálica, casi eléctrica, que emana de la simiente latente.

Mateo, con la autoridad que le otorgaban sus sesenta y un años y su musculatura de oso forjada en mil obras, obligó a Lucas a posicionarse a cuatro patas sobre el saco de arena.

El muchacho era una pequeña isla de piel clara y magra, un cuerpo que aún no conocía las cicatrices del tiempo, expuesto ahora a la voluntad de dos hombres que eran puro cimiento y estructura.

Daniel se situó inmediatamente detrás de Lucas, sintiendo cómo su propia erección, larga, palpitante y ya bañada en un rastro viscoso de preseminal, buscaba la entrada.

Mateo, con una coordinación que solo la complicidad de su amor secreto podía otorgar, se colocó justo al lado, pegando su cadera masiva a la de Daniel.

El contacto de sus muslos velludos, la fricción lateral de sus sexos que intercambiaban calor y fluidos transparentes, fue el prólogo de una transgresión que ninguno de los tres olvidaría jamás.

—Juntos, Daniel —ordenó Mateo, y su voz fue un rugido bajo que vibró en las paredes de hormigón—. Vamos a enseñarle cómo pesa la vida de dos hombres que se han encontrado tarde, pero con toda la fuerza del mundo.

Con una presión constante, lenta y abrumadora, ambos hombres empezaron a empujar.

Lucas soltó un grito que no fue de dolor, sino de una plenitud insoportable, cuando sintió la entrada simultánea de las dos virilidades.

La carne del joven se estiraba hasta su límite absoluto, obligada a acoger el volumen rotundo de los dos hombres maduros.

Daniel sintió el calor del pene de Mateo frotando contra el suyo dentro del cuerpo de Lucas, un contacto interno, íntimo y obsceno que le hizo gemir con una fuerza salvaje.

Era una comunión de tres, pero en el centro, Daniel y Mateo se tocaban a través de la vulnerabilidad de Lucas, reconociéndose en cada embestida.