Chapter 36
El ritmo se volvió una ceremonia de peso y potencia.
Daniel, con sus manos hundidas en los hombros masivos de Mateo para ganar tracción, embestía con una urgencia que nacía de décadas de silencio y decoro.
Sentía el vello áspero del pubis de Mateo frotando contra su propia piel, el calor de sus vientres maduros chocando rítmicamente contra las nalgas de Lucas, creando un sonido húmedo de piel y lubricante que era la única música en el sótano.
Lucas, con la cara hundida en el saco de arena, gemía el nombre de ambos, convertido en el epicentro de un terremoto de carne y vello cano.
—Míralo, Daniel —jadeó Mateo, cuya frente estaba empapada en un sudor espeso que le corría por las arrugas—. Mira cómo nos sostiene este muchacho. Mira cómo nuestra simiente se junta aquí dentro.
Daniel bajó la vista y vio la imagen que sellaría su destino: sus dos miembros, oscuros, venosos y pesados, entrando y saliendo del cuerpo de Lucas en una danza de sincronía perfecta.
La luz de la bombilla hacía brillar el sudor de sus espaldas y el rastro de pre-eyaculación que ya manchaba los muslos del joven como un barniz de deseo.
El aroma a sexo total, a simiente madura y a cuerpos que se entregan sin reservas, era tan espeso que Daniel sentía que podía masticarlo.
El clímax llegó como un derrumbe controlado, una liberación de todas las leyes y códigos que lo habían oprimido.
Daniel soltó un rugido que no tuvo nada de elegante y se corrió dentro de Lucas, sintiendo chorros potentes de semen espeso, blanco y caliente inundar el interior del joven.
Apenas un segundo después, Mateo lo siguió con un gemido desgarrador, eyaculando con una fuerza que hizo que sus músculos se tensaran como cables de acero.
Su simiente, densa, abundante y cargada del olor de la virilidad bear, se mezcló con la de Daniel, llenando a Lucas hasta el borde y desbordándose finalmente por sus muslos en un rastro brillante.