Chapter 34
La respuesta de Lucas fue desabrocharse el cinturón con dedos temblorosos.
En el sótano, el ritual del despojo se llevó a cabo con una lentitud litúrgica.
Daniel se deshizo de su chaqueta y de su camisa de seda, revelando su torso de cincuenta y seis años: un pecho ancho y generoso, cubierto por un vello canoso y suave que brillaba bajo la luz artificial.
A su lado, Mateo se erguía como una columna de virilidad pura.
Al quedar desnudo, la masividad de su cuerpo *bear* llenó la estancia.
Su vello gris era una selva densa y áspera que cubría sus hombros, su pecho y su vientre prominente, desprendiendo un olor a sudor rancio, tabaco y esa esencia seminal que Daniel encontraba embriagadora.
Lucas se quedó desnudo frente a ellos. Su cuerpo era magro, de una palidez que contrastaba violentamente con la piel curtida y velluda de los dos hombres maduros. Era una superficie lisa, sin apenas rastro de la vida, frente a la orografía rugosa y potente de Daniel y Mateo.
—Arrodíllate, muchacho —ordenó Mateo, señalando un saco de arena apilado junto a un pilar de hormigón.
Lucas obedeció con una sumisión que parecía una forma de éxtasis.
Mateo tomó su propia erección, una columna de carne oscura y venosa que palpitaba con una vida propia, y la ofreció a la vista del joven.
Daniel se situó al otro lado, permitiendo que Lucas sintiera el calor de su propia virilidad, ya hinchada y coronada por una perla brillante de líquido preseminal.
El abogado sintió un escalofrío cuando el joven empezó a lamer el glande de ambos, alternando su atención entre los dos hombres maduros, recogiendo el fluido viscoso y amargo que anunciaba la tormenta.
Daniel hundió sus manos en el vello del pecho de Mateo, sintiendo el latido desbocado de su amigo mientras observaban cómo Lucas se entregaba a ellos.
El aroma en el sótano era ya una mezcla insoportable de cemento, sudor animal y deseo latente.
Mateo empezó a preparar a Lucas, usando un aceite industrial que guardaba para la maquinaria; sus dedos gruesos entraron en la intimidad del joven con una parsimonia cruel, expandiendo la carne para lo que estaba por venir.
—Vas a sentir lo que es el peso de la experiencia, Lucas —gruñó Mateo, mientras introducía un segundo dedo, sintiendo cómo el joven se arqueaba bajo su tacto—. No te vamos a tratar como a un muchacho. Te vamos a tratar como al hombre que quieres llegar a ser.