Chapter 33
Lucas no avanzó con la timidez de un subordinado, sino con la determinación de quien ha sido transformado por la mirada.
Se detuvo a escasos metros, con la respiración algo agitada, observando el contraste entre la elegancia madura de Daniel y la fuerza telúrica de Mateo.
El joven peón parecía una figura de porcelana frente a los dos monumentos de carne y vello cano que formaban el abogado y el capataz.
En sus ojos no había reproche ni juicio, sino una fascinación oscura, el hambre de quien ha visto el paraíso desde la valla y ya no puede conformarse con el recuerdo de la luz.
—No he dicho nada, Mateo. Se lo juro —dijo Lucas, y su voz, aunque joven, tenía una vibración de urgencia que cortó la pesadez del aire—.
Pero el silencio es más difícil de llevar que la palabra.
No he dejado de veros cada vez que cierro los ojos.
No he dejado de sentir el calor que desprendéis cuando estáis juntos.
Me quema por dentro, y he bajado aquí porque necesito saber si hay sitio para uno más en ese fuego.
Mateo dio un paso hacia el muchacho, invadiendo su espacio personal con una parsimonia que era puro instinto de dominio.
Puso una de sus manos pesadas y callosas sobre el hombro de Lucas, apretando con una firmeza que hizo que el joven soltara un suspiro entrecortado.
Daniel observó cómo los dedos de Mateo, marcados por el trabajo con el hierro, se hundían en la piel del peón, creando un vínculo inmediato entre la madurez y la juventud.
—Deseas lo que no entiendes, muchacho —murmuró Mateo con una voz que era un rugido amortiguado—.
Quieres entrar en el santuario de dos hombres que ya han vivido todas las vidas y que ahora solo buscan la verdad en el peso del otro.
Pero si es eso lo que buscas, si quieres ser el lugar donde nuestras ganas se junten, no habrá vuelta atrás.
Serás el recipiente de todo lo que hemos callado durante décadas.
Daniel se acercó por el otro lado, rodeando a Lucas, cerrando el círculo de masculinidad.
Puso su mano en la nuca del joven, sintiendo la suavidad de su cabello frente a la aspereza de la palma de Mateo.
La idea de unir su deseo al de Mateo para poseer a ese testigo, para convertir la mirada ajena en una entrega total, encendió en Daniel un hambre que le nubló el juicio.
—Mira a Mateo, Lucas. Mira su cuerpo, sus canas, su fuerza —susurró Daniel al oído del joven—.
Y ahora mírame a mí. Somos hombres de peso, de manos que saben lo que hacen.
Si nos invitas a tu cuerpo, lo haremos con la paciencia y la contundencia de quien levanta un edificio para que dure siempre.
¿Estás seguro de que puedes sostenernos a los dos?