CAPÍTULO 9 - Las miradas en la obra
Aquel lunes, la estructura de la obra no solo sostenía toneladas de hormigón y acero, sino también el peso invisible de lo que se callaba.
Daniel cruzó la pasarela hacia la zona de cimentación sintiendo que el aire se volvía más denso con cada paso; era un murmullo sordo que recorría los andamios, una corriente eléctrica que se filtraba entre los operarios y que Daniel percibía en la nuca como una presión física.
Lucas, el joven peón que los había sorprendido noches atrás, no había pronunciado una sola palabra, de eso Mateo estaba seguro por la lealtad que rige en el código del metal, pero el deseo, cuando es tan masivo y rotundo como el que unía al abogado y al capataz, acaba por impregnar los poros de las paredes, convirtiéndose en una verdad que no necesita de la voz para ser propagada.
Daniel se sentía expuesto, pero en esa vulnerabilidad encontraba una nueva forma de poder: ya no era solo el hombre del traje impecable, era un hombre que llevaba el rastro de la barba de Mateo grabado en su propia identidad.
Al bajar al sótano, donde la luz del día moría frente a los focos amarillentos de la obra, Daniel encontró a Mateo revisando el fraguado de una de las vigas maestras.
El capataz no se giró de inmediato, permitiendo que Daniel contemplara la inmensidad de su espalda, esa superficie vasta y poderosa que parecía capaz de soportar el peso de todo el edificio y, al mismo tiempo, la carga de su secreto compartido.
Mateo vestía su habitual camisa de lona, empapada de un sudor honesto que acentuaba el volumen de sus hombros y la curva de su vientre maduro, esa estética de oso que Daniel había aprendido a desear por encima de cualquier canon.
—Saben algo, Mateo —susurró Daniel, acercándose tanto que pudo sentir el calor irradiando de la piel del otro hombre, un calor que olía a tabaco de liar y a esfuerzo físico—.
Lo noto en la forma en que el silencio se asienta cuando entro en la caseta.
Es como si el rumor fuera el cemento que ahora une a estos hombres.
Mateo se enderezó con una parsimonia que denotaba una autoridad absoluta sobre el espacio y sobre sí mismo. Sus ojos grises, marcados por las arrugas que Daniel solía recorrer con los labios en la intimidad, brillaron con una calma desafiante.
—El miedo es para los que no tienen nada sólido bajo los pies, Daniel.
Aquí abajo, bajo estas toneladas de tierra y piedra, lo único que importa es la verdad de la carne.
Y si Lucas sabe lo que vio, es porque el destino quiso que aprendiera lo que es la virilidad de verdad —respondió Mateo, y su voz profunda rebotó en el hormigón desnudo, justo antes de que una tercera sombra se recortara en la entrada del túnel de acceso.