CAPÍTULO 9 - Las miradas en la obra
El silencio que regresó a la planta era de una naturaleza distinta; era un silencio de complicidad, de un secreto que ahora pertenecía a tres personas pero que solo dos habitaban.
Lucas se retiró en silencio, fundiéndose con la oscuridad de la escalera sin decir una palabra, dejando tras de sí solo el rastro de su presencia y el eco de su propia entrega.
Daniel permanecía apoyado en la columna, con las piernas temblando y el pecho subiendo y bajando con una respiración que todavía sabía a sal y a riesgo.
Mateo no se apartó de inmediato. Usó los bordes de su camisa de trabajo para limpiar con ternura la piel de Daniel, retirando los restos de semen que empezaban a enfriarse sobre su torso. Sus ojos, antes feroces, ahora buscaban los de Daniel con una preocupación silenciosa.
—¿Estás bien? —susurró Mateo, su voz apenas un hilo de grava.
—Nunca he estado tan vivo —respondió Daniel, ajustándose la ropa con dedos que todavía no lograban coordinar del todo—. Me has mostrado un mundo que no sabía que existía, Mateo. Un mundo donde el miedo solo sirve para encender el fuego.
Mateo asintió, dándole un apretón firme en el hombro.
Daniel se colocó la chaqueta de traje, sintiendo cómo el rastro del olor de Mateo, ese perfume de hombre maduro y simiente, quedaba atrapado entre las fibras de la lana.
Al salir de la obra, el abogado volvió a ser el hombre de leyes, pero por dentro sentía el peso de la mirada de Lucas y el calor del cuerpo de Mateo como una marca indeleble.
Habían sido descubiertos, sí, pero eso solo había servido para confirmar que su deseo no era una debilidad, sino una fuerza capaz de someter incluso a quienes los observaban.
Daniel caminó hacia su coche bajo la luz de las farolas, sintiendo la fricción de sus fluidos secándose sobre su piel, sabiendo que a partir de esa noche, la obra ya no era solo su refugio, sino su templo de verdad desnuda.