Chapter 30
El eco de una bota golpeando una chapa metálica en el piso inferior congeló a Daniel, pero Mateo, lejos de detenerse, apretó con más fuerza la nuca del abogado, obligándolo a permanecer anclado a su cuerpo.
La sombra de un tercer hombre se proyectó sobre la pared de hormigón desnudo, una silueta que avanzaba con cautela.
Era Lucas, uno de los peones jóvenes que solía quedarse hasta tarde terminando el fraguado.
Se detuvo en seco al verlos, a escasos cinco metros, oculto parcialmente tras una pila de sacos de cemento.
Daniel sintió un pánico gélido que pronto fue devorado por una oleada de calor insoportable.
Mateo había fijado su vista en Lucas, sosteniéndole la mirada con un desafío silencioso, una afirmación de su autoridad y de su deseo.
No solo no se ocultó, sino que, con una parsimonia cruel, tomó el sexo de Daniel y el suyo propio en un solo puño, mostrándole al testigo la verdad de su unión.
—No dejes de mirar —parecía decir la expresión de Mateo.
Lucas, lejos de huir o protestar, se quedó petrificado, hechizado por la visión de aquellos dos hombres maduros, de cuerpos pesados y velludos, entregados a una pasión que desbordaba los límites de la decencia.
Daniel, al notar que Lucas no se marchaba y que, por el contrario, su respiración empezaba a acelerarse en la sombra, sintió cómo su propia erección pulsaba con una violencia nueva.
El glande de Daniel, hinchado y febril, goteaba líquido preseminal sobre la mano de Mateo, un rastro brillante que el capataz extendió con el pulgar por la piel de ambos.
Lucas, incapaz de contenerse, llevó su mano a su propia bragueta.
Daniel vio, desde la periferia de su visión, cómo el joven empezaba a masturbarse con movimientos rítmicos y urgentes, convertido en un satélite de aquel sol de carne y vello que formaban él y Mateo.
La presencia del espectador eliminó cualquier rastro de duda.
Mateo empezó a embestir contra Daniel con una fuerza renovada, golpeando su vientre velludo contra el del abogado, provocando un sonido húmedo de succión y fricción de fluidos que rebotaba en el silencio de la obra.
El aire estaba saturado de un erotismo pesado: el olor al sudor rancio de los tres hombres, la fragancia metálica del semen latente y la electricidad del riesgo.
Mateo tomó el glande de Daniel y lo frotó contra el suyo, una danza de carnes oscuras y venosas que brillaban bajo la luz cenital.
El preseminal de Mateo, un fluido denso y transparente, lubricaba el roce, permitiendo que sus pieles se deslizaran con una suavidad obscena.
Daniel soltó un rugido que no era de vergüenza, sino de una liberación salvaje, sintiendo el peso de los testículos de Mateo golpeando sus muslos con cada movimiento.
En un clímax que fue tanto físico como psicológico, Daniel estalló.
El semen brotó en chorros espesos y calientes, volando en el aire antes de aterrizar sobre su propio pecho y sobre la mano de Mateo.
El capataz, al ver la entrega de Daniel bajo la mirada del testigo, soltó un gemido profundo, casi un sollozo de placer, y eyaculó con una potencia devastadora.
Su simiente blanca y abundante cubrió el vientre de Daniel y goteó hacia el suelo de hormigón.
Lucas, en la sombra, alcanzó su propio orgasmo apenas un segundo después, un espasmo silencioso que lo dejó exhausto frente a la majestuosidad de los dos hombres.