La esquina de los hombres tranquilos Chapter 29
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Chapter 29

Mateo no se detuvo en las caricias superficiales.

Con una mano todavía aferrada al sexo de Daniel, usó la otra para despojar al abogado de su chaqueta, dejándola caer sobre un palé de madera cercano.

Luego, con una destreza ruda, empezó a desabotonar la camisa de Daniel.

El aire fresco de la obra golpeó el pecho del abogado, pero el calor que emanaba de Mateo era suficiente para incendiar la estancia.

—Mírate, Daniel. Estás temblando de miedo y de hambre —gruñó Mateo, hundiendo su rostro en el cuello de Daniel, lamiendo la piel justo encima del nudo de la corbata, que aún permanecía en su sitio como un vestigio irónico de su vida pública.

Daniel respondió buscando la piel de Mateo.

Sus manos se introdujeron bajo la camisa del capataz, recorriendo el vello áspero y denso que cubría su abdomen y su pecho.

Mateo era todo textura: la suavidad de la piel madura que cedía bajo los dedos, la dureza de los músculos que habían trabajado la piedra y el calor febril de un hombre bear que desbordaba virilidad.

Al acariciar los pezones de Mateo, que estaban duros y erectos bajo el vello gris, Daniel sintió un gemido profundo vibrar en el pecho del otro.

—Querías saber qué se siente cuando alguien mira —dijo Mateo, bajando la cremallera de su propio pantalón de lona—. Siente esto.

Mateo liberó su sexo, que saltó con una pesadez rotunda.

Era una pieza de carne impresionante, oscura, con las venas dilatadas por la tensión y el glande ya bañado en un líquido preseminal espeso y brillante que goteaba sobre su vello púbico canoso.

Daniel se quedó sin aliento al ver esa imagen en la penumbra de la obra: la masculinidad de Mateo en su estado más crudo, lista para el combate.

Sin pensarlo, Daniel bajó sus propios pantalones, permitiendo que sus sexos quedaran frente a frente, dos erecciones maduras, cargadas de historia y de fluidos, que buscaban el contacto directo.

El roce de sus vientres, el sudor que empezaba a brotar a pesar del fresco de la noche, y el aroma a hormigón y sexo latente crearon una atmósfera eléctrica.

Mateo agarró el miembro de Daniel y lo frotó contra el suyo, una fricción de glande contra glande que hizo que ambos soltaran un gruñido al unísono.

Estaban en un espacio abierto, con el eco de la ciudad de fondo, y esa vulnerabilidad hacía que cada sensación fuera diez veces más intensa.

Daniel sentía el líquido preseminal de Mateo mezclándose con el suyo, un rastro viscoso y caliente que les unía antes incluso de la entrega total.