CAPÍTULO 8 - Cuando alguien empieza a mirar
La ciudad, esa noche, parecía haber desarrollado mil ojos.
Daniel caminó hacia la obra sintiendo que cada sombra era un observador potencial, cada reflejo en los cristales de los edificios colindantes una cámara indiscreta.
El anonimato que tanto había valorado en sus encuentros con Mateo parecía agrietarse.
Al llegar a la esquina, vio a un par de operarios de la limpieza municipal charlando a escasos metros de la entrada, y por un instante, el abogado que habitaba en él, el hombre de leyes y reputación blindada, sintió el impulso de dar media vuelta.
Pero el deseo era ya una fuerza gravitatoria más potente que el miedo.
Mateo estaba en la pasarela del segundo piso, observando la calle desde las alturas.
Al ver a Daniel, no bajó de inmediato. Se quedó allí, con los brazos apoyados en la barandilla de seguridad, permitiendo que Daniel lo contemplara.
Bajo la luz fría de los focos de la obra, Mateo parecía una figura de bronce antiguo: su pecho ancho, su vientre generoso marcando la tela de la camisa de trabajo y esa barba gris que le confería un aire de autoridad ancestral.
—Pareces preocupado, Daniel —dijo Mateo cuando el abogado finalmente subió hasta él, esquivando las miradas de la calle. Su voz, en la amplitud del piso diáfano, sonó más grave, más imperativa.
—Hay gente ahí fuera, Mateo. Siento que nos miran, aunque no nos vean —respondió Daniel, todavía recuperando el aliento, con el corazón martilleando contra su esternón.
Mateo se acercó con esa parsimonia suya, esa lentitud de hombre que sabe que el tiempo es un aliado, no un enemigo.
Agarró a Daniel por las solapas de su chaqueta de traje y lo empujó suavemente hacia una de las columnas internas, lejos de cualquier ángulo de visión desde el exterior.
El contacto de la espalda de Daniel contra el hormigón frío fue el ancla que necesitaba.
—Que miren —susurró Mateo, pegando su cuerpo al de Daniel—. Que miren si quieren aprender lo que es la verdad de dos hombres que ya no tienen nada que perder. ¿Acaso no te excita saber que estamos a un paso de ser juzgados y que, aun así, no podemos parar?
Daniel sintió cómo un escalofrío, que nada tenía que ver con el frío nocturno, le recorría la espina dorsal.
La mano de Mateo bajó directamente hacia su entrepierna, apretando su sexo a través de la tela del pantalón con una firmeza que hizo que Daniel soltara un jadeo sonoro que rebotó en el techo de hormigón.
El peligro de ser escuchados, de ser vistos por algún vigilante nocturno, actuó como un combustible.
Daniel cerró los ojos, entregándose al calor de la palma de Mateo, sintiendo cómo su erección pulsaba con una urgencia que nunca antes había experimentado.
La adrenalina y el deseo se fundieron en un solo fluido ardiente que le nubló la vista.