Chapter 27
El silencio que siguió al clímax fue denso, cargado del peso de sus respiraciones tratando de recuperar el ritmo.
Daniel se quedó apoyado en el pecho de Mateo, sintiendo el latido desbocado de su corazón.
El olor de su propia entrega —ese aroma seminal y metálico— los envolvía como una segunda piel.
Mateo no se separó de inmediato; mantuvo a Daniel abrazado, rodeando su cintura con esos brazos potentes que habían levantado el edificio y que ahora sostenían el mundo de un solo hombre.
Con una parsimonia cargada de ternura, Mateo usó un pañuelo de trabajo para limpiar los restos de sus fluidos de la piel de Daniel.
No fue un acto de ocultamiento, sino un ritual de cuidado.
Daniel observó las manos de Mateo: rugosas, manchadas de cal, pero moviéndose con una delicadeza que le hacía saltar las lágrimas.
—Ya eres el abogado otra vez —susurró Mateo, mientras ayudaba a Daniel a subirse el pantalón y a ajustar el cinturón—. Pero yo sé lo que hay debajo de esa seda.
Daniel se miró en el reflejo de una de las ventanas ya instaladas.
Su traje seguía pareciendo impecable a ojos del mundo, pero él sentía el calor de Mateo todavía quemándole la piel, el rastro de su olor en su propia boca y la pesadez dulce en sus miembros.
La "costumbre de buscarse" ya no era solo un hábito erótico; era una necesidad de identidad.
Solo en esa obra, entre el polvo y el hormigón, Daniel se sentía un hombre de verdad, un hombre que podía ser deseado por lo que era, con sus canas y su vientre, lejos de los códigos y las leyes.
—Mañana volveré, Mateo —dijo Daniel, ajustándose el nudo de la corbata con dedos que todavía temblaban ligeramente.
—Lo sé —respondió Mateo, dándole un apretón final en el hombro—. Yo estaré aquí, levantando el siguiente piso. Y esperando a que tú lo habites conmigo.
Daniel caminó hacia su coche bajo la luz de las farolas, sintiendo la fricción de su propia ropa interior humedecida por los restos de su pasión.
Cada paso era un recuerdo, cada respiración una nostalgia.
Había recuperado su cuerpo, pero se lo había entregado a otro.
Y mientras se alejaba de la obra, ya estaba contando las horas para que el sol volviera a ponerse y el traje pudiera, una vez más, caer al suelo frente al hombre que lo hacía real.