La esquina de los hombres tranquilos Chapter 26
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Chapter 26

Mateo no se conformó con la caricia externa.

Con un movimiento rudo y experto, terminó de bajar los calzoncillos de Daniel, dejando su desnudez expuesta al aire frío de la estructura.

El abogado se sintió pequeño y a la vez inmenso bajo la mirada devoradora del capataz.

Mateo, sin soltar el miembro de Daniel, empezó a frotar su propio sexo, que ya asomaba por la bragueta abierta de sus pantalones de lona, contra el muslo del otro.

El contacto de la piel contra la piel, el roce del vello púbico de ambos —un enredo de hilos grises y blancos—, generó un calor que parecía desafiar las leyes de la termodinámica.

—Mírame cómo te quiero, Daniel —gruñó Mateo, y su voz fue un eco cavernoso entre los muros sin terminar—. Mira lo que este cuerpo viejo todavía siente por ti.

Mateo tomó ambas erecciones con una sola mano, envolviéndolas en un puño de carne y deseo.

La fricción era húmeda, lubricada por el líquido preseminal que ambos emanaban sin descanso, un fluido viscoso y brillante que manchaba sus dedos y goteaba sobre el cemento virgen de la obra.

Daniel echó la cabeza hacia atrás, sintiendo el frío del hormigón contra su nuca y el fuego de Mateo entre sus piernas.

Sus manos buscaron el vientre de Mateo, esa curva generosa y sólida, y se hundieron en el vello espeso, tirando de él para atraerlo más.

Daniel se dejó caer de rodillas, una sumisión dictada por el hambre.

Capturó el sexo de Mateo con su boca, maravillándose del sabor a sal, a hombre y a esa esencia seminal que lo inundaba todo.

La virilidad de Mateo, una columna de carne oscura y palpitante, se tensaba con cada succión.

El glande, ensanchado y de un púrpura febril, llenaba la cavidad bucal de Daniel, obligándolo a tragar el rastro de pre-eyaculación que goteaba desde la uretra.

Mateo soltó un rugido animal, hundiendo sus dedos en el cabello cano de Daniel, guiando el ritmo con una desesperación que ya no entendía de tiempos.

—¡Daniel, voy a...! —el grito de Mateo se cortó cuando el abogado intensificó el vacío.

El aire en la construcción estaba saturado de su olor: el aroma del semen latente, del sudor rancio de la jornada laboral y del hormigón húmedo.

Daniel sentía el peso de los testículos de Mateo golpeando rítmicamente contra su barbilla, una sensación de plenitud y virilidad que le hacía vibrar hasta los huesos.

Mateo lo levantó de nuevo, pegándolo contra la columna, y empezó a frotar sus cuerpos con una violencia sorda.

El roce de sus vientres, el sudor mezclándose, el sonido húmedo de sus sexos chocando.

.. todo convergía en un punto de no retorno.

En un estallido de placer que pareció sacudir los cimientos del edificio, Daniel se corrió.

El semen, espeso y blanco, brotó en chorros calientes que mancharon la camisa de Mateo y se deslizaron por sus propios muslos.

Apenas un segundo después, Mateo lo siguió con un gemido desgarrador, eyaculando con una fuerza que hablaba de décadas de soledad satisfecha.

Su simiente, densa y abundante, se unió a la de Daniel, cubriendo sus manos y la superficie fría del pilar, un sello de vida en medio de la estructura inerte.