Chapter 25
Mateo guio a Daniel hacia el interior del edificio en construcción, un laberinto de puntales y sombras donde el eco de sus pasos sobre el cemento virgen sonaba como un latido.
Se detuvieron en lo que sería una futura estancia, un espacio sin paredes definitivas pero protegido de las miradas ajenas por la propia estructura.
Allí, rodeados de la pureza del material de obra, el erotismo se volvió más carnal, más urgente.
—Mírame, Daniel —pidió Mateo, soltando el casco y dejando que rodara por el suelo.
Mateo empezó a despojarse de su camisa de trabajo con una falta de prisa que resultó casi insoportable.
Daniel observó cómo el pecho de Mateo emergía de la tela: esa muralla de vello cano, denso y poderoso que cubría unos pectorales anchos y maduros.
El vello brillaba con una fina capa de sudor, fruto del esfuerzo físico del día.
Daniel extendió las manos y las hundió en esa masa de pelo gris, sintiendo la textura áspera y el calor que emanaba de la piel de Mateo.
—Llevo todo el día deseando hacer esto —confesó Daniel, pasando sus manos por los hombros masivos de Mateo, apretando los músculos que sostenían esa estructura de oso.
Mateo respondió bajando las manos hacia el pantalón de Daniel.
No hubo sutilezas. La erección del abogado, ya evidente bajo la tela fina, fue recibida por la mano ruda de Mateo con un gruñido de aprobación.
Mateo rodeó el bulto con su palma, apretando rítmicamente, obligando a Daniel a arquear la espalda contra la columna de hormigón.
El contraste entre la frialdad de la piedra a su espalda y el fuego de la mano de Mateo en su entrepierna hizo que Daniel soltara un suspiro entrecortado.
—Estás tan lleno de ganas, abogado —murmuró Mateo, pegando su cara a la de Daniel—. Tan duro que pareces parte de la estructura.
Mateo desabrochó el cinturón de Daniel y dejó que el pantalón cayera.
Al liberar el sexo de Daniel, ya húmedo por un rastro brillante de líquido preseminal, Mateo soltó un suspiro pesado.
Tomó el miembro de Daniel entre sus dedos, maravillándose de la suavidad de la piel y del calor que palpitaba en su interior.
Empezó a masturbarlo con una lentitud deliberada, usando el propio preseminal de Daniel para lubricar el movimiento, mientras con la otra mano buscaba el pecho del abogado, pellizcando sus pezones a través de la camisa entreabierta.
Daniel se sentía desbordado. La sensación de la mano callosa de Mateo rodeando su glande, el olor a hombre que lo inundaba todo y la visión de Mateo desnudo de cintura para arriba, con su vientre generoso y velludo presionando contra el suyo, era una sobrecarga sensorial.
Daniel hundió su rostro en el cuello de Mateo, lamiendo la sal de su piel, sintiendo cómo el deseo se acumulaba en su bajo vientre como una marea de fuego líquido.