CAPÍTULO 7 - La costumbre de buscarse
Daniel descubrió que la oficina, ese espacio de mármol y silencios procesales donde había construido su prestigio, se había vuelto un lugar extraño.
El peso de las leyes y los expedientes parecía ahora una distracción trivial frente al recuerdo táctil de Mateo que llevaba grabado en las yemas de sus dedos.
Durante toda la semana, el roce de su propia camisa contra su pecho le recordaba la aspereza del vello de Mateo; el sabor del café matutino le traía el eco del sabor seminal y cálido que habían compartido en la caseta.
Ya no era un encuentro fortuito; era una costumbre que se le había instalado en la sangre, una adicción a la verdad de su propio cuerpo que solo Mateo sabía despertar.
Cuando llegó a la obra esa tarde, no hubo la vacilación de las primeras veces.
Daniel aparcó el coche y caminó hacia la estructura de hormigón con el paso de quien vuelve a casa.
La luz del crepúsculo teñía el cielo de un violeta sucio, pero para Daniel, el único punto de luz era la silueta de Mateo, que lo esperaba apoyado en una de las columnas maestras, con el casco de seguridad en la mano y la camisa abierta, desafiando el fresco de la tarde con su propio calor interno.
—Has tardado diez minutos más que ayer —dijo Mateo, y en su tono no había reproche, sino una posesividad tranquila que hizo que Daniel sintiera una punzada de deseo en el bajo vientre—. Empezaba a pensar que la cordura te había ganado la partida.
—La cordura es un lujo que ya no puedo permitirme, Mateo —respondió Daniel, deteniéndose a escasos centímetros de él, dejando que el aroma a cemento y hombre maduro lo invadiera de nuevo.
Mateo no dijo nada. Simplemente alargó la mano y agarró a Daniel por la nuca, atrayéndolo hacia las sombras que proyectaba el pilar de hormigón.
El contacto de la palma de Mateo, caliente y firme, fue como el cierre de un circuito eléctrico.
Daniel cerró los ojos, dejando que su frente descansara en el hombro de Mateo, inhalando la mezcla de sudor y polvo de obra que ahora era su fragancia favorita.
—Te he echado de menos en la piel, Daniel —susurró Mateo, y su voz vibró contra la sien del abogado—. He pasado el día levantando muros mientras deseaba derribar los tuyos.
La mano de Mateo bajó por la espalda de Daniel, trazando la línea de la columna con una presión que buscaba el reconocimiento.
A través de la tela del traje, Daniel sentía cada dedo, cada callosidad de Mateo como una promesa.
La tensión sexual en ese rincón de la obra era una entidad viva, una presión que hacía que el aire fuera escaso.
Daniel respondió rodeando la cintura de Mateo, hundiendo sus manos en la carne sólida de su espalda, maravillándose de cómo su cuerpo parecía haber sido diseñado para encajar exactamente en el volumen del capataz.
Eran dos hombres maduros, pesados, cargados de responsabilidades, pero en ese abrazo, bajo el esqueleto del edificio, solo eran dos seres humanos recuperando el tiempo perdido.