CAPÍTULO 7 - La costumbre de buscarse
El silencio que siguió a la tormenta no fue un vacío, sino una presencia física, una manta de quietud que se asentó sobre los dos hombres mientras sus respiraciones, antes espasmódicas y rotas, buscaban un ritmo común.
Daniel permanecía con los ojos cerrados, sintiendo el peso masivo del brazo de Mateo rodeando sus hombros.
La piel de ambos estaba cubierta por una pátina de sudor y fluidos mezclados, un rastro brillante que empezaba a enfriarse sobre sus vientres y que Daniel sentía como una medalla al valor, la prueba irrefutable de que ese cuerpo suyo, que creía destinado solo al decoro de los juzgados, seguía siendo un territorio de conquista.
Mateo se movió con una lentitud que denotaba una fatiga satisfecha.
Se incorporó levemente, apoyado en un codo, y observó a Daniel.
Su mirada no tenía la ferocidad de antes, sino una ternura ruda, una aceptación de la vulnerabilidad que ambos habían compartido.
Con la otra mano, Mateo empezó a limpiar, con gestos pausados, el semen que todavía descansaba sobre el abdomen de Daniel.
No fue un acto de higiene aséptica, sino una caricia prolongada, un reconocimiento de la simiente del otro sobre su propia carne.
—Mírate —susurró Mateo, y su voz era ahora un murmullo de grava y terciopelo—. Tienes el olor de un hombre que por fin se ha encontrado. No dejes que el traje te lo vuelva a quitar mañana.
Daniel abrió los ojos y vio a Mateo: el vello canoso de su pecho estaba apelmazado por el sudor, sus hombros anchos parecían ocupar toda la estancia y sus manos, esas herramientas de trabajo que lo habían llevado al límite, ahora lo trataban con una delicadeza que le oprimía el corazón.
Daniel levantó su propia mano y acarició la barba gris de Mateo, sintiendo el picor de los pelos cortos contra sus yemas.
Bajó por su cuello hasta el pecho, deteniéndose en el latido rítmico y potente del corazón del capataz.
—Mañana volveré a ser el abogado —respondió Daniel, con una voz que apenas reconocía como suya—, pero esta noche, en este cuarto, solo soy la piel que tú has querido tocar.
Mateo sonrió, una curva leve que iluminó su rostro cansado.
Se inclinó y besó la frente de Daniel, un beso largo que supo a refugio.
Luego, bajó hacia sus pezones, lamiendo los restos de sudor con una parsimonia que volvió a encender una chispa de deseo en el vientre de Daniel.
Se quedaron así, entrelazados, dejando que sus cuerpos pesados y maduros se acomodaran el uno al otro, encontrando los huecos perfectos entre sus curvas y sus vellos.
El aroma en el dormitorio era denso: una mezcla de la fragancia seminal que lo inundaba todo, el olor a piel caliente y el rastro del tabaco que todavía impregnaba los poros de Mateo.
Era el olor de la verdad. Daniel comprendió que lo que acababa de ocurrir no era solo un encuentro sexual; era una reconstrucción.
Mateo había levantado en él algo más sólido que cualquier edificio de la ciudad.
—Quédate así —pidió Mateo, apretándolo más contra su pecho velludo—. Deja que el mundo siga girando ahí fuera. Aquí dentro, el tiempo se ha detenido para nosotros.
Daniel cerró los ojos de nuevo, sintiendo el calor de Mateo, su volumen, su realidad de oso protector.
Supo que el rastro de esa noche, el sabor de Mateo en su boca y la sensación de su simiente secándose sobre su piel, lo acompañarían mucho después de que se pusiera de nuevo la camisa y la corbata.
Había aprendido el cuerpo de Mateo, sí, pero en el proceso, había recuperado el suyo propio.
En la penumbra del apartamento, dos hombres tranquilos descansaban sobre las ruinas de sus antiguos miedos, listos para despertar en un mundo que, por fin, tenía sentido.