Chapter 22
Mateo se incorporó, todavía jadeante, y se sentó sobre sus talones, con Daniel tumbado frente a él.
Tomó ambos miembros con sus manos, uniendo las dos erecciones en un solo puño.
Empezó a masturbarlos juntos, forzando un roce íntimo donde los glandes se golpeaban y se deslizaban el uno sobre el otro, lubricados por la mezcla de sus fluidos preeyaculatorios y el sudor de sus manos.
—Míranos, Daniel —dijo Mateo, con la mirada fija en el punto donde sus carnes se encontraban—. Esto es lo que somos. Sin juicios. Sin leyes. Solo dos hombres que se necesitan.
Daniel miró. Vio la mano ruda de Mateo moviéndose rítmicamente sobre sus sexos palpitantes.
Vio cómo las gotas de preseminal, brillantes y viscosas, salpicaban sus vientres y se perdían en el vello púbico de ambos.
El placer era una marea que subía, pesada y ardiente, desde la base de su columna hasta el último rincón de su cerebro.
El contacto visual entre ambos, una mirada de reconocimiento total, de aceptación de sus cuerpos de oso, de sus canas y de su deseo tardío, fue el empujón final.
—Mateo... voy a... —balbuceó Daniel, sintiendo que su cuerpo ya no le pertenecía.
—Hazlo conmigo, Daniel. Ahora.
En un estallido de placer que pareció detener el tiempo en el apartamento, Daniel se corrió.
El semen, espeso, blanco y caliente, brotó en chorros potentes que mancharon el pecho de Mateo y se mezclaron con el sudor de sus torsos.
Apenas un segundo después, Mateo soltó un gruñido profundo, un sonido que nació en lo más hondo de sus pulmones, y eyaculó con una fuerza que hizo que Daniel sintiera el calor de la simiente del otro sobre su propio vientre.
El fluido de Mateo era denso, abundante, una descarga de vida que hablaba de décadas de contención.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, con los cuerpos entrelazados, las respiraciones tratando de recuperar un ritmo normal y el olor penetrante de su propia simiente llenando la estancia.
No hubo palabras de inmediato. El silencio era denso, sagrado, el silencio de dos hombres que acababan de aprender el lenguaje del cuerpo del otro.
Mateo se dejó caer al lado de Daniel, abrazándolo con un brazo pesado y protector.
Daniel hundió su rostro en el pecho velludo de Mateo, inhalando el aroma de la victoria y la paz.
Sus pieles, todavía húmedas por el esfuerzo y por los fluidos compartidos, se pegaban la una a la otra en una unión que Daniel sabía que no podría romper jamás.
Habían aprendido sus cuerpos, sí, pero sobre todo habían aprendido que en la madurez, el deseo no es un fuego que se apaga, sino una brasa que, cuando encuentra el aire adecuado, es capaz de incendiar el mundo entero.