Chapter 21
Daniel se deslizó hacia abajo, dejando que su cuerpo recorriera la geografía de Mateo hasta quedar entre sus piernas.
La visión que se abrió ante él era de una virilidad rotunda y honesta.
El sexo de Mateo, una columna de carne oscura y gruesa, se alzaba desde un nido de vello cano y denso.
El glande, ensanchado y de un color púrpura profundo, estaba ya coronado por una perla de líquido preseminal que brillaba bajo la luz tenue de la habitación, un fluido denso que prometía el sabor de la masculinidad más pura.
El olor que emanaba de la entrepierna de Mateo era una mezcla embriagadora de sudor rancio, orina limpia y esa esencia seminal que Daniel sentía como el perfume más caro del mundo.
Sin dudarlo, Daniel rodeó la base del pene de Mateo con su mano, sintiendo la presión de las venas que latían bajo la piel tirante.
Acercó su rostro y lamió el glande, recogiendo con su lengua el sabor salado y amargo de la preeyaculación, un fluido que le quemó la garganta de deseo.
—¡Dios, Daniel! —exclamó Mateo, hundiendo sus manos en las sábanas y apretándolas con fuerza—. Hazlo... no te detengas.
Daniel envolvió el sexo de Mateo con sus labios, sintiendo cómo su boca se llenaba por completo.
La textura de la piel de Mateo, la calidez que emanaba de su centro y la respuesta física del capataz, que empezó a empujar rítmicamente contra la cara del abogado, crearon una sinfonía de sensaciones.
Daniel succionaba con una lentitud deliberada, saboreando cada centímetro, mientras sus dedos jugaban con los testículos de Mateo, pesados, llenos y cubiertos de ese vello gris que Daniel encontraba tan excitante.
Mateo no pudo aguantar mucho tiempo la pasividad.
Agarró a Daniel por los hombros y lo obligó a subir de nuevo, devorando su boca en un beso que sabía a los fluidos que acababan de intercambiar.
El sabor de la preseminal de Mateo en la boca de Daniel, y la de Daniel en la de Mateo, selló un pacto de intimidad que ninguna palabra podría expresar.
—Ahora yo —susurró Mateo con una voz que era puro instinto.
Mateo se posicionó sobre Daniel y, con una mano, guio el sexo del abogado hacia su propia boca.
El contraste entre la barba canosa y áspera de Mateo rozando los muslos de Daniel y la calidez húmeda de su boca envolviendo su glande hizo que Daniel soltara un grito desgarrador.
Mateo lo comía con una voracidad ruda, sin florituras, buscando el centro mismo del placer de Daniel.
El abogado sentía cómo el líquido preseminal brotaba de él en pequeñas oleadas, lubricando la boca de Mateo y facilitando una succión que lo estaba llevando al límite de su resistencia.
El aire en la habitación estaba saturado de su respiración entrecortada, del olor a sexo, a sudor y a esa fragancia seminal que lo inundaba todo.
Sus cuerpos, dos masas de carne madura y deseosa, estaban ya cubiertos de una pátina de humedad que los hacía brillar.
Daniel sentía el peso de Mateo sobre sus piernas, la solidez de su presencia, y supo que el clímax no sería solo una liberación física, sino una comunión de sus propias esencias.