La esquina de los hombres tranquilos Chapter 20
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Chapter 20

El camino hacia la cama fue un trayecto corto en metros pero infinito en sensaciones.

Cada roce de sus muslos al caminar, el contacto de sus manos entrelazadas —la aspereza de Mateo contra la finura de Daniel—, actuaba como un conductor eléctrico que mantenía el deseo en un estado de vibración constante.

Al sentarse en el borde del colchón, el peso de sus cuerpos hizo que la estructura cediera con un crujido suave, un sonido doméstico que subrayaba la realidad de lo que estaba ocurriendo.

Mateo empujó suavemente a Daniel para que se recostara, quedando él por encima, apoyado en sus antebrazos.

La masa de su cuerpo, ese volumen de hombre maduro y potente, fue una revelación para Daniel.

Sentir el pecho velludo de Mateo presionando contra el suyo, el roce de sus vientres que se buscaban con una urgencia callada, hizo que Daniel soltara un suspiro que fue más un reconocimiento que un alivio.

—Quiero tocarte todo —susurró Mateo, y su voz, tan cerca de la boca de Daniel, sabía a la promesa de una noche eterna—. Quiero saber dónde guardas toda esa rectitud de abogado para poder deshacerla.

Mateo empezó a explorar los hombros de Daniel.

Sus manos, acostumbradas a manejar la piedra y el acero, se movieron con una delicadeza inesperada, trazando la línea de las clavículas y perdiéndose en la suavidad de la piel que el sol rara vez alcanzaba.

Daniel cerró los ojos, concentrándose en el tacto de esas palmas callosas que recorrían su pecho, deteniéndose en los pezones que se endurecían bajo la presión de los pulgares de Mateo.

No era un contacto rápido; era una cartografía minuciosa, un aprendizaje de cada pliegue, de cada peca, de cada cana que asomaba en el vello del pecho de Daniel.

Cuando las manos de Mateo bajaron hacia el abdomen de Daniel, el abogado se tensó por un instante, víctima de esa antigua vergüenza por el cuerpo que ya no es joven.

Pero Mateo, como si leyera sus pensamientos, se detuvo allí.

Hundió sus dedos en la suavidad del vientre de Daniel, acariciando la curva generosa con una veneración que Daniel nunca había experimentado.

—No te escondas —gruñó Mateo, bajando su rostro para besar la piel del abdomen—. Este es el cuerpo de un hombre que ha vivido, Daniel. Y no hay nada en el mundo que me parezca más hermoso que esta verdad de carne y hueso.

Daniel sintió el calor de la lengua de Mateo trazando un camino de humedad sobre su ombligo, mientras sus manos bajaban más, buscando la cintura y las nalgas del abogado.

Al sentir la presión de los dedos de Mateo hundiéndose en su carne, Daniel arqueó la espalda, su cuerpo respondiendo con un latido violento en su entrepierna.

Sus manos buscaron la espalda de Mateo, maravillándose de la inmensidad de sus hombros y de la firmeza de los músculos que sostenían esa estructura de oso.

La piel de Mateo estaba ardiendo, una superficie de calor puro que Daniel quería consumir.

La tensión sexual en la habitación se volvió espesa, casi líquida.

Daniel se giró, quedando ahora él sobre Mateo, permitiéndose explorar el cuerpo del capataz con la misma libertad.

Se detuvo en la espalda de Mateo, un territorio vasto marcado por los años de esfuerzo, y luego bajó hacia sus nalgas, sólidas y potentes.

Al sentir el contacto de sus sexos desnudos —el de Mateo, una presencia masiva y caliente; el suyo, palpitando con un ritmo desesperado—, Daniel comprendió que no había vuelta atrás.

Sus fluidos ya empezaban a mezclarse en la fricción de sus vientres, un rastro brillante y viscoso que era el primer sello de su unión.