CAPÍTULO 6 - Aprender el cuerpo del otro
Aquel pequeño apartamento que Daniel mantenía como refugio ocasional para sus noches de trabajo interminable olía a cerrado, a muebles de madera noble y a ese silencio estéril que solo el dinero puede comprar.
Sin embargo, al cruzar el umbral con Mateo, el aire cambió de naturaleza.
Ya no era un espacio de retiro profesional; se había convertido en un santuario, en el escenario donde las máscaras de abogado impecable y de capataz rudo iban a ser sacrificadas en el altar de la piel.
Daniel cerró la puerta y se apoyó contra ella un instante, sintiendo el pulso en sus oídos.
La luz de la calle se filtraba por las lamas de la persiana, dibujando rayas de sombra y ámbar sobre el pecho de Mateo, que se mantenía de pie en el centro del salón, ocupando el espacio con una solidez abrumadora.
—Aquí no hay planos, Daniel —dijo Mateo, y su voz, en la acústica perfecta de la habitación, sonó más profunda, cargada de una intención que hizo que a Daniel se le erizara el vello de los brazos—. Aquí solo estamos nosotros.
Mateo no esperó a que Daniel diera el primer paso.
Con una parsimonia que resultó casi insoportable, empezó a desabrocharse la camisa de cuadros, esa prenda que Daniel había llegado a considerar la piel externa del otro hombre.
Daniel observó, hipnotizado, cómo los ojales cedían ante los dedos gruesos de Mateo.
Cuando la tela finalmente se abrió y cayó al suelo, el impacto visual fue absoluto.
Mateo era una montaña de hombre. Su pecho, ancho y poderoso, estaba cubierto por un vello canoso, denso y arremolinado que parecía atrapar la escasa luz de la estancia.
No era el cuerpo de un joven de gimnasio; era la anatomía de un hombre de sesenta y un años que había aceptado su volumen con una dignidad feroz.
Daniel contempló la curva de su vientre, una superficie sólida y generosa que hablaba de décadas de vida, de cenas compartidas y de una fuerza que no necesitaba ser magra para ser imponente.
—Tu turno, Daniel —murmuró Mateo, su mirada fija en el nudo de la corbata del abogado.
Daniel, con las manos temblando de una forma que nunca se permitiría en un juicio, se despojó de la chaqueta de traje.
Cada prenda que caía era un lastre menos en su biografía.
Cuando quedó solo en ropa interior, frente a la mirada evaluadora y encendida de Mateo, Daniel sintió una punzada de vergüenza que fue rápidamente sofocada por la admiración que veía en los ojos del otro.
Sus cuerpos, marcados por la gravedad, por el tiempo y por la falta de sol, se reconocieron en su imperfección.
Mateo se acercó. Al estar frente a frente, el calor que emanaba de su piel desnuda envolvió a Daniel como un vaho.
Daniel extendió una mano y, por primera vez con total libertad, hundió los dedos en el vello del pecho de Mateo.
Era áspero, cálido y olía a una mezcla de jabón neutro y a esa esencia profunda de hombre maduro que Daniel encontraba devastadora.
Sus dedos recorrieron los hombros de Mateo, admirando la anchura de la estructura ósea, la firmeza de la carne bajo la grasa protectora.
—Eres tan real... —susurró Daniel, su aliento rozando el pecho de Mateo.
Mateo tomó el rostro de Daniel entre sus manos.
Sus palmas, callosas y calientes, encajaron perfectamente en las mejillas del abogado.
Inclinó la cabeza y buscó su boca en un beso que ya no tenía la urgencia del hambre de la caseta, sino la profundidad de quien sabe que tiene toda la noche para aprenderse al otro de memoria.
Fue un beso lento, húmedo, donde las lenguas se exploraron con una paciencia casi religiosa, intercambiando sabores y promesas silenciosas.
Daniel sintió cómo su propio sexo, ya duro y palpitante, presionaba contra el vientre de Mateo.
La fricción de sus pubis, el roce del vello gris de ambos entrelazándose por primera vez, generó una electricidad que le nubló la vista.
Mateo soltó un gruñido bajo, un sonido de satisfacción animal, y bajó sus manos hacia la espalda de Daniel, apretándolo contra sí, permitiendo que sus cuerpos se fundieran en una sola masa de calor y deseo latente.