La esquina de los hombres tranquilos Chapter 18
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Chapter 18

Mateo obligó a Daniel a levantarse del suelo con una fuerza que no admitía réplicas, agarrándolo por debajo de las axilas y elevando su cuerpo como si el abogado no pesara más que una de las vigas que manejaba a diario.

Con un movimiento decidido, despejó de un manotazo parte de la mesa de planos, haciendo que los rollos de papel cayeran al suelo, y sentó a Daniel en el borde del metal frío.

El contraste entre la superficie gélida de la mesa y el fuego que devoraba la piel de Daniel le hizo soltar un grito que se perdió en la boca de Mateo, que volvió a besarlo con una ferocidad renovada.

—Ábrete para mí, Daniel —gruñó Mateo entre beso y beso, separando las piernas del abogado para encajarse entre ellas.

Al hacerlo, sus sexos desnudos chocaron finalmente sin ninguna barrera.

La sensación del vello púbico de Mateo, áspero y denso, frotando contra el de Daniel fue el detonante de una nueva oleada de deseo.

Daniel rodeó la cintura de Mateo con sus piernas, cruzando sus tobillos en la espalda del capataz, atrayéndolo hacia sí con una desesperación que ya no buscaba la elegancia, sino la posesión.

Sus vientres maduros, el de Mateo más firme y velludo, el de Daniel más suave y marcado por la quietud del despacho, se fundieron en una sola superficie de calor y humedad.

El sudor de sus torsos se mezclaba, creando una lubricación natural que hacía que cada movimiento generara un sonido húmedo, rítmico y profundamente excitante.

Mateo tomó ambas erecciones con una sola mano, envolviéndolas en un abrazo de carne y deseo.

Empezó a moverlas juntas, obligando a que sus glandes, hinchados y calientes, se frotaran entre sí.

Daniel echó la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco, sintiendo cómo el líquido preseminal de ambos —un fluido viscoso, brillante y cargado del olor a hombre— impregnaba los dedos de Mateo y manchaba la piel de sus ingles.

—Mírame, Daniel. Mira cómo nos mezclamos —ordenó Mateo con una voz que era puro instinto.

Daniel bajó la vista y vio la imagen que lo perseguiría en sus sueños: la mano ruda de Mateo moviéndose rítmicamente sobre sus dos miembros, que palpitaban con una vida propia.

La luz amarillenta de la caseta hacía brillar los fluidos que ya goteaban sobre la mesa de planos, humedeciendo los diseños del edificio.

No había nada sucio en ello, solo una verdad biológica y emocional que los igualaba.

Daniel estiró su mano y buscó los testículos de Mateo, maravillándose de su peso, de la piel arrugada y caliente que los envolvía, sintiendo cómo se contraían ante la inminencia del orgasmo.

La fricción se volvió más rápida, más exigente.

Mateo empezó a embestir contra el cuerpo de Daniel, golpeando su pelvis contra la mesa, mientras su otra mano buscaba el pecho del abogado, apretando sus pezones con una intensidad que bordeaba el dolor.

El aire en la caseta estaba saturado del olor penetrante de la simiente latente, del sudor de dos cuerpos maduros y del aroma rancio del metal.

—No puedo... Mateo... me voy a romper —jadeó Daniel, sintiendo cómo una presión eléctrica nacía en la base de su columna y se extendía hacia su sexo.

—Suéltalo todo, Daniel. Lléname de ti. Ahora.

En un estallido que pareció fracturar el silencio de la noche, Daniel alcanzó el clímax.

El semen, espeso, blanco y ardiente, brotó en chorros potentes que salpicaron el pecho velludo de Mateo, enredándose en su vello gris y deslizándose por su abdomen.

El espasmo de la eyaculación de Daniel fue tan intenso que sus dedos se clavaron en los hombros de Mateo, buscando un ancla en medio de la tormenta.

Mateo, al sentir el calor de la simiente de Daniel y la vibración de su carne, soltó un rugido animal, un grito de victoria y rendición, y lo siguió apenas un segundo después.

Su propia eyaculación fue masiva, un fluido denso y abundante que se unió al de Daniel, creando una amalgama de olores y texturas que cubrió sus manos y sus vientres.

Se quedaron así durante lo que parecieron horas, jadeantes, con las frentes apoyadas la una contra la otra y los cuerpos todavía unidos por el rastro de sus fluidos.

El silencio volvió a la caseta, pero ya no era el silencio de la espera, sino el silencio pesado y sagrado de la plenitud.

Mateo no se apartó; mantuvo a Daniel contra la mesa, acariciando su rostro con una ternura que contrastaba con la ferocidad de los minutos anteriores.

—Ya no hay planos que valgan, abogado —susurró Mateo, limpiando con su pulgar una gota de sudor de la mejilla de Daniel—. Acabamos de levantar algo mucho más sólido que este edificio.

Daniel asintió, incapaz de hablar, sintiendo el latido del corazón de Mateo contra el suyo, un ritmo constante que le recordaba que, a pesar de los años, de los matrimonios y de las leyes, el cuerpo nunca olvida cómo reconocer su propio hogar en la piel de otro hombre.

En esa esquina de la ciudad, entre el hierro y el cemento, Daniel y Mateo habían encontrado, por fin, la paz que solo el deseo satisfecho puede otorgar.