La esquina de los hombres tranquilos Chapter 17
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Chapter 17

El beso se prolongó, transformándose de un saludo desesperado en una conversación de lenguas y alientos que sabía a café, a tabaco y a una verdad que ninguno de los dos podía ya seguir silenciando.

Mateo, con la urgencia grabada en sus manos, comenzó a despojar a Daniel de su armadura de abogado.

La chaqueta de lana fría cayó al suelo de madera, seguida por el chaleco, dejando a Daniel solo en una camisa de seda que transparentaba el sudor que empezaba a brotar de sus poros.

—Demasiadas leyes, Daniel —gruñó Mateo contra sus labios, mientras sus dedos gruesos forcejeaban con los botones de la camisa—. Necesito ver al hombre que hay debajo de todo este éxito.

Cuando la camisa se abrió por fin, la luz amarillenta de la caseta bañó el torso de Daniel.

Era el cuerpo de un hombre de cincuenta y seis años, un cuerpo que conservaba la dignidad de su estructura pero que cedía ante la gravedad con una honestidad conmovedora.

Su pecho, algo caído y cubierto por un vello canoso y suave, subía y bajaba con una respiración errática.

Mateo pasó sus manos por los costados de Daniel, hundiendo los dedos en la carne blanda de su cintura, deleitándose en el volumen de ese vientre que hablaba de una madurez sin artificios.

—Eres magnífico —murmuró Mateo, y su voz sonó como el roce de dos piedras—. Tienes la piel de alguien que ha esperado demasiado para ser reclamado.

Daniel, sintiéndose desbordado por la intensidad de la mirada de Mateo, respondió con la misma moneda.

Sus manos, más finas y cuidadas, se lanzaron a la conquista de la camisa de cuadros del capataz.

Al abrirla, se encontró con una geografía que lo dejó sin aliento: el pecho de Mateo era una muralla de vello gris, espeso y áspero, que se extendía desde las clavículas hasta perderse en el cinturón de su pantalón de trabajo.

Era el pecho de un oso, un hombre que no pedía disculpas por su peso ni por su edad.

Daniel hundió su rostro en ese vello, inhalando el aroma rancio y excitante de la piel de Mateo, lamiendo la sal del sudor que se acumulaba entre sus músculos potentes.

La tensión en la caseta se volvió insoportable.

Mateo no esperó más; deshizo el cinturón de Daniel y bajó la cremallera de su pantalón de traje con un siseo metálico que pareció resonar en las paredes de metal.

Introdujo su mano, rugosa y caliente, por debajo de la ropa interior del abogado, capturando su sexo con una firmeza que hizo que Daniel arqueara la espalda.

El glande de Daniel, ya hinchado y sensible, estaba bañado por una capa viscosa de preseminal, ese fluido transparente que anunciaba el hambre de su cuerpo.

—Mírate, abogado... —susurró Mateo, moviendo su pulgar sobre la punta humedecida del sexo de Daniel—. Estás llorando por mí antes de que empiece.

Daniel, incapaz de articular palabra, se dejó caer de rodillas sobre el suelo de madera, una sumisión que era, en realidad, una toma de poder.

Sus manos buscaron la bragueta de Mateo, liberando la virilidad del capataz.

Era un miembro impresionante, oscuro y pesado, con las venas marcadas como raíces que hubieran crecido a través del tiempo.

El glande, de un púrpura encendido y ensanchado por la sangre, estaba coronado por una perla brillante de preseminal que goteaba lentamente, perdiéndose en el vello púbico canoso y desordenado de Mateo.

El aroma que emanaba de la entrepierna del obrero era una mezcla embriagadora de orina limpia, sudor rancio y esa esencia seminal pura que define la masculinidad madura.

Daniel no dudó. Tomó la virilidad de Mateo entre sus manos, maravillándose de su peso muerto y de la calidez febril que desprendía.

Pasó la punta de su lengua por la hendidura del glande, recogiendo el sabor amargo y salado del líquido preeyaculatorio, antes de envolver la cabeza del pene de Mateo con sus labios, succionando con una lentitud que buscaba extraer cada gota de la esencia del otro hombre.

Mateo soltó un gruñido desgarrador, un sonido animal que vibró en el pecho de Daniel. Hundió sus manos en los hombros del abogado, sus dedos clavándose en la carne para no perder el equilibrio.

—¡Sí, Daniel! —exclamó Mateo, con la voz rota—. Cómeme así, como si fueras a beberte mi vida entera. Siente lo que me haces, siente cómo me pongo para ti.

Daniel continuó, deleitándose en la textura de la piel de Mateo en su boca, en el roce de sus labios contra la corona del glande y en el aroma sexual que lo envolvía todo.

Mateo empezó a empujar rítmicamente, sus embestidas acompañadas por el sonido sordo de sus testículos —pesados, llenos y cubiertos de vello gris— golpeando contra la barbilla de Daniel.

El aire en la caseta estaba ya saturado de la humedad de sus respiraciones y del olor penetrante de sus fluidos mezclados, creando un microclima de deseo absoluto donde el tiempo y las leyes del mundo exterior habían dejado de existir.