CAPÍTULO 5 - El deseo que se nombra
Esa noche, el aire de la ciudad no soplaba; pesaba.
Era una masa invisible y húmeda que se adhería a las fachadas de granito y se filtraba por las rendijas de los coches, una calima que Daniel sentía como una presión constante sobre su pecho mientras conducía hacia la zona de obras.
El volante de cuero de su coche de alta gama se sentía extraño bajo sus manos, un objeto frío y aséptico que contrastaba con el fuego líquido que empezaba a ramificarse por sus muslos.
Al detenerse en la esquina habitual, Daniel se tomó un momento para mirarse en el retrovisor.
Vio a un hombre de cincuenta y seis años, un abogado de éxito con el nudo de la corbata todavía impecable, pero tras esa máscara de orden, sus ojos delataban una capitulación absoluta.
Estaba allí porque no podía estar en ningún otro sitio.
Al bajar del coche, el estruendo de la obra lo recibió como una bofetada de realidad.
El sonido de los compresores y el choque del metal eran el latido de un mundo crudo, un mundo que no entendía de leyes ni de sentencias, sino de fuerza y resistencia.
Daniel caminó hacia la valla, sintiendo cómo el calor del asfalto atravesaba las suelas de sus zapatos de marca.
A lo lejos, junto a la caseta metálica que servía de oficina improvisada, divisó la silueta de Mateo.
El capataz estaba de espaldas, con las piernas ligeramente abiertas y las manos apoyadas en la cintura, observando el esqueleto de hormigón que sus hombres habían levantado durante el día.
Su cuerpo, a los sesenta y un años, era una declaración de principios: ancho, pesado, con una espalda que parecía capaz de sostener el peso de todo el edificio.
Mateo se giró antes de que Daniel llegara a su altura, como si tuviera un sensor interno para detectar la presencia del abogado. Su rostro, surcado por arrugas que eran surcos de experiencia y sol, se iluminó con una sonrisa mínima que no llegó a los labios, pero que encendió sus ojos grises.
—Llegas con el tiempo justo de ver cómo se apaga la luz, Daniel —dijo Mateo. Su voz era una vibración profunda que Daniel sintió en la base de la columna, un tono barítono que parecía arrastrar consigo el polvo y la virilidad de la obra.
—A veces, la luz que queda es la más reveladora —respondió Daniel, deteniéndose a un paso de él.
La cercanía fue inmediata. Daniel pudo oler a Mateo antes incluso de tocarlo: era un aroma denso, embriagador, una mezcla de tabaco de liar, serrín húmedo y el olor animal y honesto de un hombre que ha pasado el día sudando bajo el sol.
No era un olor desagradable; era una esencia primaria que despertaba en Daniel un hambre que ninguna cena de gala había logrado saciar jamás.
Mateo no retrocedió. Al contrario, acortó la distancia, permitiendo que el calor que emanaba de su cuerpo —un calor que parecía traspasar la camisa de cuadros— envolviera a Daniel.
—Entra —ordenó Mateo, señalando la puerta de la caseta—. Aquí fuera el polvo se mete en los pulmones. Y tengo algo que quiero enseñarte que no figura en los planos.
Al entrar en la caseta, el espacio se contrajo.
El habitáculo olía a metal recalentado y a café frío.
Mateo cerró la puerta a sus espaldas con un golpe seco que selló el mundo exterior.
En la penumbra, iluminados solo por un flexo que arrojaba una luz amarillenta sobre una mesa llena de planos, la tensión sexual se volvió algo sólido, una presencia que respiraba con ellos.
—Estás muy tenso, abogado —susurró Mateo, situándose detrás de Daniel.
Daniel sintió, más que vio, cómo Mateo levantaba una mano.
Cuando la palma de Mateo, ancha y rugosa como el papel de lija, se posó en el hombro de Daniel, el abogado soltó un suspiro entrecortado.
El peso de esa mano era inmenso. Daniel sintió cada callosidad, cada cicatriz del trabajo duro a través de la lana fina de su chaqueta.
Mateo no se limitó a tocarlo; empezó a masajear el músculo del trapecio con una fuerza que buscaba la rendición.
Sus dedos, gruesos y calientes, se hundieron en la carne de Daniel, deshaciendo los nudos de tensión acumulados durante el día.
—Demasiada responsabilidad sobre estos hombros —murmuró Mateo al oído de Daniel, dejando que su aliento cálido rozara el lóbulo de su oreja—. Necesitas soltar lastre. Necesitas recordar que debajo de ese traje hay un hombre que todavía respira.
Mateo deslizó su mano desde el hombro hacia la nuca, rodeando el cuello de Daniel con un gesto posesivo.
Los dedos de Mateo se enredaron en el cabello cano y corto de la base del cráneo, tirando ligeramente hacia atrás.
Daniel cerró los ojos, entregándose a esa dominación tranquila.
Podía sentir el vientre de Mateo, esa curva sólida y masculina de un hombre bear, presionando contra su zona lumbar.
Era un contacto masivo, un choque de dos cuerpos maduros que no buscaban la perfección estética, sino la verdad táctil.
—Mírame —ordenó Mateo con suavidad.
Cuando Daniel giró la cabeza, se encontró con los labios de Mateo a apenas un centímetro de los suyos.
El capataz no esperó. Capturó los labios de Daniel en un beso que no tuvo nada de tentativo.
Fue un beso hambriento, exploratorio, con sabor a tabaco y a una urgencia largamente contenida.
Daniel respondió con la misma intensidad, hundiendo sus manos en la camisa de Mateo, buscando la solidez de sus costados, maravillándose de la anchura de ese cuerpo que se sentía como un refugio de carne y hueso.