La esquina de los hombres tranquilos Chapter 14
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Chapter 14

El humo de la plancha subía lentamente entre ellos.

Daniel tenía el bocadillo todavía en la mano, pero había dejado de comer. No porque no tuviera hambre. Al contrario. Pero la conversación había cambiado de temperatura y su atención estaba en otra parte.

Mateo seguía apoyado sobre la plancha con la espátula en la mano.

La luz amarilla del puesto caía sobre su cabeza calva y hacía que su piel curtida pareciera más oscura. La barba gris, espesa, proyectaba una sombra irregular sobre su pecho abierto.

Daniel notó que estaba mirándolo otra vez.

Mateo lo notó también.

—¿Otra vez?

Daniel respiró suavemente.

—No puedo evitarlo.

Mateo dejó la espátula sobre la plancha.

El sonido metálico fue breve.

—¿Evitar qué?

Daniel tardó un segundo en responder.

—Mirarte.

Mateo no apartó la mirada.

Durante unos segundos ninguno habló.

La frase había caído entre ellos con una claridad que ya no permitía fingir.

Mateo finalmente sonrió.

No era una sonrisa burlona.

Era tranquila.

—Eso es peligroso.

Daniel respondió con calma.

—Lo dijiste tú primero.

Mateo inclinó la cabeza.

—Sí.

Daniel dejó el bocadillo sobre el papel.

—Y sigo pensando lo mismo.

Mateo cruzó los brazos sobre la barra.

—¿Sobre qué?

Daniel sostuvo su mirada.

—Sobre el cuerpo.

Mateo permaneció en silencio.

Daniel continuó:

—Ayer dijiste que después de cierta edad los hombres dejan de mirarse.

Mateo asintió ligeramente.

—Sí.

Daniel dio un paso más cerca de la plancha.

La distancia entre ellos se redujo.

El calor del fuego llegaba ahora a su rostro.

—Creo que tenías razón.

Mateo lo observó con atención.

—¿Ah, sí?

Daniel apoyó ambas manos en la barra.

—Creo que dejamos de mirarnos porque pensamos que ya no importa.

Mateo lo escuchaba sin interrumpir.

Daniel añadió:

—Pero el cuerpo sigue ahí.

Mateo respondió en voz más baja.

—Siempre.

El silencio volvió a instalarse.

La calle estaba prácticamente vacía.

El vendedor estaba al fondo del puesto, ocupado con una caja de bebidas.

Por primera vez desde que se conocían, Mateo levantó la mano de forma deliberada.

No para ajustar la camisa.

No para apartar polvo.

Simplemente apoyó la mano sobre el antebrazo de Daniel.

El contacto fue firme.

Caliente.

Daniel sintió cómo todo su cuerpo se volvía consciente de ese punto.

Mateo no retiró la mano inmediatamente.

Sus dedos permanecieron ahí un segundo más de lo necesario.

Luego habló.

—¿Ves?

Daniel lo miró.

—¿Qué cosa?

Mateo deslizó la mano ligeramente sobre el brazo de Daniel antes de retirarla.

—El cuerpo sigue ahí.

Daniel respiró más despacio.

No era un gesto grande.

Pero el efecto fue inmediato.

Mateo apoyó los dos antebrazos en la barra.

—Tu mujer debe de pensar que eres un hombre muy tranquilo.

Daniel soltó una risa breve.

—Eso dicen de mí.

Mateo inclinó la cabeza.

—Y tú.

—¿Yo qué?

Mateo lo miró directamente.

—¿Crees que eres tranquilo?

Daniel pensó un momento.

Luego respondió:

—Creo que llevo muchos años siéndolo.

Mateo asintió.

—Eso también puede ser peligroso.

Daniel sonrió.

—Empiezas a repetir esa palabra mucho.

Mateo se inclinó ligeramente hacia él.

La distancia entre los dos era ahora mínima.

Daniel podía notar el calor de su respiración.

—Es que algunas cosas lo son.

Daniel no se movió.

—¿Como esta?

Mateo sostuvo su mirada.

—Sí.

La tensión entre los dos era ahora evidente.

No era algo que pudiera disimularse.

Pero tampoco tenía prisa.

Era una tensión lenta.

Madura.

El vendedor se alejó un momento del puesto para hablar por teléfono en la esquina.

Por primera vez quedaron completamente solos.

Mateo apoyó las manos sobre la barra.

—La obra está abierta.

Daniel lo miró.

—Lo sé.

Mateo sonrió apenas.

—Pero hoy está más vacía que ayer.

Daniel sintió el corazón un poco más rápido.

—Eso suena a invitación.

Mateo respondió con calma.

—Lo es.

Daniel tomó su cerveza.

Bebió el último trago.

Luego dejó la botella sobre la barra.

—Entonces vamos.

Mateo no dijo nada.

Pero su sonrisa se volvió un poco más lenta.

Un poco más profunda.

Cruzaron la calle otra vez.

Esta vez el silencio entre los dos era distinto.

Más cargado.

Más consciente.

La puerta metálica de la obra volvió a chirriar al abrirse.

Entraron.

El interior estaba casi completamente oscuro.

Solo quedaba encendido un foco en el segundo nivel.

Mateo caminó delante.

Daniel lo siguió.

Los pasos resonaban sobre el suelo de hormigón.

Cuando llegaron a la misma plataforma de la noche anterior, Mateo se detuvo.

Daniel también.

Esta vez ninguno habló inmediatamente.

Mateo dio un paso más cerca.

Daniel sintió cómo el espacio entre los dos desaparecía.

Mateo levantó una mano otra vez.

Esta vez no hacia la camisa.

La apoyó suavemente sobre el pecho de Daniel.

El contacto fue directo.

Lento.

Consciente.

Daniel sintió el calor de esa mano atravesar la tela de la camisa.

Mateo habló en voz baja.

—¿Ves?

Daniel apenas respiró.

—Sí.

Mateo mantuvo la mano ahí un segundo más.

Luego dijo:

—El cuerpo todavía tiene preguntas.

Daniel levantó la mirada hacia él.

—Y respuestas.

Mateo sonrió.

Pero esta vez no se apartó.

Y ninguno de los dos parecía tener prisa por romper esa distancia.