La esquina de los hombres tranquilos CAPÍTULO 4 - El día después del casi
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CAPÍTULO 4 - El día después del casi

Daniel se despertó antes de que sonara el despertador.

No fue un despertar brusco. Más bien la sensación de que algo dentro de él llevaba ya un rato despierto, esperando a que el resto del cuerpo lo alcanzara.

La habitación estaba en penumbra.

La luz gris de la mañana apenas se filtraba entre las cortinas. A su lado, su mujer dormía todavía profundamente, con la respiración lenta y regular que había aprendido a reconocer durante años.

Daniel permaneció inmóvil unos segundos.

El recuerdo volvió de inmediato.

La obra.

La luz blanca sobre el hormigón.

Mateo de pie frente a él.

El gesto lento de su mano ajustando el cuello de la camisa.

La proximidad.

Ese momento suspendido en el que había estado claro para ambos que algo estaba a punto de cruzar una línea.

Daniel exhaló lentamente.

Se sentó en el borde de la cama y se pasó una mano por el rostro.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había sentido algo así.

No se trataba exactamente de deseo inmediato.

Era algo más complejo.

Expectativa.

Curiosidad.

Una inquietud corporal que no recordaba haber experimentado desde hacía años.

Entró en el baño.

Mientras se afeitaba, observó su propio reflejo con más atención de lo habitual.

El cabello plateado.

Las líneas suaves en la frente.

La forma del cuello bajo la camisa abierta.

Se preguntó, con una mezcla extraña de incomodidad y curiosidad, qué había visto Mateo cuando lo miraba.

La pregunta no tenía una respuesta clara.

Pero tampoco parecía absurda.

Se duchó.

Se vistió.

Tomó café con su mujer.

Hablaron de cosas pequeñas: una llamada que había que devolver, una visita familiar el fin de semana, la compra que faltaba en casa.

Daniel respondió a todo con normalidad.

Pero por debajo de esa normalidad, su cuerpo seguía recordando.

El calor cercano de Mateo.

El olor de la obra.

La proximidad de sus manos.

Cuando salió del piso, el aire frío de la mañana le despejó un poco la cabeza.

Condujo hacia la oficina intentando concentrarse en el día que tenía por delante.

Reuniones.

Documentos.

Llamadas.

El tipo de jornada que siempre había sido capaz de atravesar sin esfuerzo.

Pero esa mañana había una especie de corriente subterránea acompañándolo.

Una sensación de espera.

En la oficina, Daniel funcionó con la misma eficacia de siempre.

Firmó documentos.

Dirigió una reunión con dos asociados.

Resolvió una discusión contractual en menos de veinte minutos.

Nadie habría notado nada extraño en su comportamiento.

Pero él sí.

Cada vez que tenía un momento de silencio entre tareas, la mente volvía inevitablemente al mismo punto.

Mateo.

La obra.

La noche anterior.

En un momento, mientras revisaba un contrato, Daniel se descubrió observando sus propias manos otra vez.

Las movió lentamente sobre el escritorio.

Pensó en las manos de Mateo.

Más grandes.

Más pesadas.

Más ásperas.

El contraste entre ambas le producía una sensación difícil de explicar.

Algo cercano a la fascinación.

Apartó el pensamiento.

No lo consiguió del todo.

Cuando el día terminó, Daniel no intentó engañarse.

No buscó otro restaurante.

No pensó en volver directamente a casa.

Tomó el abrigo.

Bajó al coche.

Y condujo hacia la misma calle.

La noche estaba más tranquila que las anteriores.

El viento había cesado y el aire parecía inmóvil.

Cuando dobló la esquina, el puesto volvió a aparecer como un pequeño punto de luz cálida.

Mateo estaba allí.

Pero esta vez no estaba apoyado en la barra.

Estaba detrás del puesto.

Hablando con el vendedor mientras sujetaba una espátula sobre la plancha.

Daniel frunció ligeramente el ceño mientras se acercaba.

Mateo lo vio.

Sonrió de inmediato.

—Hoy trabajo aquí.

Daniel se apoyó en la barra.

—Eso no me lo esperaba.

Mateo dio la vuelta a una tira de panceta sobre la plancha.

El aceite chisporroteó.

—El dueño tenía que irse antes.

—¿Y tú te ofreciste?

Mateo se encogió de hombros.

—Me gusta este sitio.

Daniel sonrió.

—A mí también.

Mateo levantó la mirada.

—Eso ya lo sé.

El vendedor apareció con dos cervezas.

—Las de siempre.

Daniel tomó una.

Mateo siguió manejando la plancha con la naturalidad de quien está acostumbrado a cocinar al aire libre.

El movimiento de sus brazos era firme.

Seguro.

Daniel se dio cuenta de que estaba observándolo otra vez.

Mateo lo notó.

—¿Qué?

Daniel negó con la cabeza.

—Nada.

Mateo soltó una risa.

—Eso ya no te lo creo.

Daniel levantó la botella.

—Estoy intentando entender cómo un encargado de obra termina cocinando panceta a medianoche.

Mateo apoyó la espátula.

—A veces es bueno hacer cosas con las manos.

Daniel lo miró.

—¿Eso también es una metáfora?

Mateo sonrió.

—Tal vez.

El humo de la plancha subió entre ellos.

La luz cálida iluminaba la piel curtida de Mateo y hacía que la barba gris pareciera casi plateada.

Daniel sintió otra vez esa tensión suave.

Esa conciencia del cuerpo del otro.

Mateo colocó un bocadillo frente a él.

—Come.

Daniel tomó el papel caliente.

—Gracias.

Mateo se inclinó ligeramente sobre la barra mientras Daniel daba el primer mordisco.

—¿Sabes qué es lo curioso?

Daniel masticó.

—¿Qué?

Mateo lo miró con calma.

—Que ayer casi hicimos algo.

Daniel sintió el pulso un poco más fuerte en el cuello.

—Sí.

Mateo no apartó la mirada.

—Y aun así has vuelto.

Daniel sostuvo su mirada.

—Tú también.

Mateo sonrió lentamente.

—Eso es verdad.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

La tensión estaba ahí.

Clara.

Pero también tranquila.

Como si ambos estuvieran aprendiendo a reconocerla sin precipitarse.

Mateo finalmente habló.

—Esta noche la obra está completamente vacía.

Daniel levantó la vista.

Mateo añadió, con una pequeña sonrisa:

—Completamente.