La esquina de los hombres tranquilos Chapter 12
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Chapter 12

Cuando terminaron las cervezas, la calle estaba casi desierta.

El vendedor empezó a apagar algunas luces del puesto. La plancha seguía caliente, pero el ritmo de la noche se había vuelto más lento. A esa hora solo quedaban los que no tenían prisa por ir a ningún sitio.

Mateo dejó la botella vacía sobre la barra.

—Vamos.

Daniel no preguntó a dónde.

Ya lo sabía.

Cruzaron la calle otra vez.

Esta vez Daniel caminó con más seguridad entre los montones de material y las columnas de hormigón. El sonido de sus pasos resonaba en el interior de la obra como si el edificio aún estuviera aprendiendo a reconocer los ruidos de la vida.

Mateo avanzaba delante.

El chaleco reflectante colgaba abierto sobre su espalda ancha. La camisa estaba arremangada hasta los codos, dejando ver los antebrazos fuertes, marcados por venas gruesas y pequeñas cicatrices.

Daniel no pudo evitar fijarse en el movimiento de esos brazos cuando Mateo empujó una puerta metálica.

Entraron.

El silencio interior los envolvió de inmediato.

Solo quedaban encendidos dos focos en el segundo nivel. La luz blanca caía sobre el polvo suspendido en el aire y hacía que todo pareciera un poco irreal.

Mateo caminó unos metros y se detuvo.

—Aquí arriba se ve mejor.

Subieron una escalera provisional de metal. Daniel sintió el frío de los peldaños a través de la suela de sus zapatos. Cuando llegaron al segundo nivel, el espacio se abrió ante ellos como una terraza improvisada.

Desde allí se veía la calle.

El puesto.

Las luces lejanas de la ciudad.

Mateo se apoyó en una barandilla temporal hecha con tablones.

Daniel se colocó a su lado.

El viento nocturno entraba por la estructura abierta y movía ligeramente la camisa de Mateo.

Daniel lo notó.

Mateo también notó que lo estaba mirando.

—¿Otra vez?

Daniel sonrió apenas.

—Tal vez.

Mateo no parecía molesto.

Al contrario.

Había algo en su expresión que se parecía mucho a una invitación silenciosa.

—¿Qué miras?

Daniel tardó un segundo en responder.

—Tu cuerpo.

Mateo levantó una ceja.

—Eso ha sido muy directo.

Daniel se encogió de hombros.

—Lo aprendí de ti.

Mateo soltó una risa grave.

—Justo.

Daniel continuó:

—Es diferente.

Mateo inclinó la cabeza.

—¿Diferente cómo?

Daniel miró sus brazos, su pecho ancho, la forma sólida de su cuerpo.

—Es un cuerpo que ha vivido.

Mateo lo observó en silencio.

—Eso es una forma elegante de decir que estoy viejo.

Daniel negó con la cabeza.

—No.

Dio un paso más cerca.

—Es una forma de decir que es real.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.

Más denso.

Más consciente.

Mateo estaba ahora muy cerca.

Daniel podía ver con claridad los pequeños puntos plateados en su barba, las arrugas alrededor de los ojos, la textura de su piel curtida.

Mateo habló en voz más baja.

—Los hombres de traje no suelen decir cosas así.

Daniel respondió sin apartar la mirada.

—Los hombres de obra tampoco suelen escuchar.

Mateo sonrió.

—Puede ser.

Durante un momento ninguno se movió.

El viento cruzó la estructura y agitó una lámina metálica que hizo un ruido seco.

Mateo levantó una mano.

No para tocarlo directamente.

Solo para ajustar el cuello de la camisa de Daniel, que se había torcido ligeramente con el viento.

El gesto fue lento.

Sus dedos rozaron la tela.

Daniel sintió el contacto incluso antes de que ocurriera.

El corazón empezó a latirle un poco más rápido.

Mateo dejó la mano un segundo más de lo necesario.

Luego habló.

—Estás temblando.

Daniel exhaló suavemente.

—Hace frío.

Mateo negó con una pequeña sonrisa.

—No.

Daniel lo miró.

—¿No?

Mateo sostuvo su mirada.

—No es frío.

Daniel sintió que algo se tensaba dentro del pecho.

Mateo seguía muy cerca.

Lo suficiente para que Daniel notara el calor que salía de su cuerpo.

Lo suficiente para que cada respiración se volviera consciente.

Daniel habló despacio.

—Mateo…

Mateo respondió igual de despacio.

—Sí.

Daniel no sabía exactamente qué iba a decir.

Pero tampoco quería moverse.

Mateo tampoco parecía tener prisa.

El silencio entre los dos se volvió más intenso.

Sus rostros estaban ahora muy cerca.

No tanto como para tocarse.

Pero lo suficiente para que la posibilidad estuviera ahí.

Suspendida.

Mateo habló primero.

—Esto puede complicarse.

Daniel no apartó la mirada.

—Sí.

Mateo añadió:

—Los dos estamos casados.

Daniel asintió.

—Lo sé.

Mateo respiró hondo.

—Y aun así estás aquí.

Daniel respondió con la misma calma.

—Tú también.

Mateo sonrió apenas.

—Eso es verdad.

El viento volvió a cruzar la obra.

Por un instante Daniel pensó que Mateo iba a acercarse un poco más.

Pero Mateo no lo hizo.

En lugar de eso, dio medio paso atrás.

No era un rechazo.

Era algo más complejo.

Algo que parecía contener tanto deseo como prudencia.

Mateo se pasó una mano por la barba.

—Será mejor que bajemos.

Daniel tardó un segundo en reaccionar.

—Sí.

Bajaron la escalera en silencio.

Cuando volvieron a la calle, el puesto estaba ya completamente cerrado.

Las luces se habían apagado.

Solo quedaba el resplandor lejano de los faroles.

Mateo se detuvo junto a la acera.

Daniel también.

Durante unos segundos ninguno habló.

Mateo finalmente dijo:

—Mañana trabajo hasta tarde.

Daniel lo miró.

—Yo también.

Mateo asintió.

—Entonces supongo que nos veremos otra vez.

Daniel respondió sin dudar.

—Sí.

Mateo sonrió.

—Buenas noches, Daniel.

—Buenas noches, Mateo.

Daniel empezó a caminar.

Pero esta vez, antes de doblar la esquina, se giró.

Mateo seguía allí.

Apoyado en la barandilla de la obra.

Mirándolo.

La distancia entre ellos era ya de varios metros.

Pero la tensión seguía intacta.

Como un hilo invisible que ninguno de los dos había querido romper.