Chapter 11
Daniel durmió peor esa noche.
No fue un insomnio claro. Más bien una sucesión de despertares cortos, como si su cuerpo no terminara de encontrar una postura cómoda. Cada vez que abría los ojos, la oscuridad del dormitorio le parecía demasiado tranquila.
Al lado, su mujer dormía profundamente.
Daniel se quedó mirando el techo durante un rato largo.
La conversación con Mateo volvía en fragmentos.
Los hombres de nuestra edad suelen dejar de mirarse.
El cuerpo sigue importando.
Las preguntas que empiezan cuando uno se pregunta qué quiere realmente su cuerpo.
Daniel cerró los ojos otra vez.
Intentó decirse que aquello era solo una conversación rara en una noche rara. Dos hombres cansados hablando de más después de unas cervezas.
Pero el cuerpo no parecía aceptar esa explicación.
Seguía recordando cosas.
La proximidad.
La voz grave de Mateo.
El calor de su cuerpo cuando estaban en la obra.
Daniel se dio la vuelta en la cama.
Intentó concentrarse en el sonido regular de la respiración de su mujer.
No funcionó.
El problema no era solo la memoria.
Era la anticipación.
Sabía que iba a volver.
Y saberlo producía una sensación que no había experimentado en mucho tiempo.
Expectativa.
La mañana siguiente fue aún peor.
Daniel se descubrió mirando el reloj con demasiada frecuencia. Cada vez que terminaba una reunión, la cabeza volvía inevitablemente a la misma imagen: el puesto iluminado, el humo de la plancha, la figura de Mateo apoyada en la barra.
Intentó concentrarse en el trabajo.
Durante años había perfeccionado la capacidad de compartimentar su vida. Había aprendido a separar el despacho de la casa, la familia de los clientes, las emociones de las decisiones.
Pero aquella vez no funcionaba igual.
Algo en él estaba despierto.
Algo que no había tenido espacio durante mucho tiempo.
A media tarde, mientras hablaba con un cliente al teléfono, Daniel se descubrió observando su propia mano.
Los dedos largos.
La piel clara.
Las uñas cuidadas.
Pensó en las manos de Mateo.
Más grandes.
Más ásperas.
Más pesadas.
Cerró la mano sobre el escritorio como si quisiera detener el pensamiento.
No lo consiguió.
Cuando terminó la jornada, Daniel no fingió ni un segundo que iba a ir a otro sitio.
Tomó el abrigo.
Bajó al coche.
Y condujo directamente hacia la misma calle.
La noche era más fría que las anteriores. Un viento ligero recorría las aceras y hacía vibrar algunos carteles metálicos. Cuando dobló la esquina, el puesto apareció otra vez como una pequeña isla de luz en la oscuridad.
Mateo estaba allí.
Esta vez no estaba apoyado en la barra.
Estaba de pie junto a la plancha, hablando con el vendedor mientras sostenía un bocadillo envuelto en papel.
Cuando vio aparecer a Daniel, la conversación se interrumpió.
Mateo lo miró durante un segundo.
Luego sonrió.
Pero esa vez la sonrisa tenía algo distinto.
Más consciente.
—Sabía que volverías.
Daniel se acercó.
—Eso suena muy seguro.
Mateo dio un mordisco al bocadillo.
—Porque era bastante obvio.
Daniel apoyó las manos en la barra.
—¿Obvio?
Mateo terminó de masticar.
—Sí.
—Explícalo.
Mateo lo miró con calma.
—Volviste una segunda noche.
Daniel sostuvo su mirada.
—Y ahora es la tercera.
Mateo levantó el bocadillo ligeramente.
—Exacto.
Daniel sonrió.
—Tal vez me gusta la panceta.
Mateo soltó una risa grave.
—Tal vez.
El vendedor apareció delante de ellos.
—¿Lo de siempre?
Daniel asintió.
—Sí.
Mientras la carne empezaba a chisporrotear sobre la plancha, Mateo observó a Daniel con una atención que ya no intentaba disimular.
Sus ojos recorrieron el cuello de la camisa.
Los hombros bajo la chaqueta.
Las manos apoyadas en la barra.
Daniel lo notó.
—¿Qué?
Mateo se encogió de hombros.
—Nada.
Daniel rió suavemente.
—Ahora eres tú el que dice eso.
Mateo bebió un trago de cerveza.
—Estoy aprendiendo.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
Pero esta vez era un silencio cargado.
Mateo habló después de unos segundos.
—Hoy estás distinto.
Daniel levantó una ceja.
—¿Distinto cómo?
Mateo inclinó la cabeza.
—Más relajado.
Daniel pensó en ello.
Tal vez tenía razón.
—Tal vez me estoy acostumbrando.
Mateo lo miró fijamente.
—Eso puede ser peligroso.
Daniel apoyó un codo en la barra.
—Empiezas a decir mucho esa palabra.
Mateo sonrió.
—Porque algunas cosas lo son.
Daniel sostuvo su mirada.
—¿Como qué?
Mateo tardó un momento en responder.
—Como descubrir demasiado tarde que tu cuerpo todavía tiene preguntas.
Daniel sintió que el estómago se le tensaba ligeramente.
—¿Las tiene?
Mateo dio otro trago a la cerveza.
—Todos las tenemos.
Daniel se inclinó un poco hacia él.
—¿Y tú?
Mateo lo miró directamente.
—Claro.
Daniel no apartó la mirada.
—¿Y qué haces con ellas?
Mateo se acercó apenas un paso.
No era un movimiento grande.
Pero redujo la distancia suficiente para que Daniel notara otra vez el calor de su cuerpo.
Mateo habló con voz más baja.
—A veces las escucho.
El vendedor dejó el bocadillo frente a Daniel.
El vapor caliente subió entre ellos.
Pero ninguno de los dos apartó la mirada.
Daniel tomó el bocadillo.
Mateo seguía observándolo.
—Come —dijo finalmente—. Antes de que se enfríe.
Daniel sonrió.
—Sí, jefe.
Mateo rió.
—Encargado.
Daniel dio el primer mordisco.
Mateo lo miró con la misma curiosidad tranquila de las noches anteriores.
Pero ahora había algo más claro entre los dos.
No era solo conversación.
Era tensión.
Un hilo invisible que parecía tensarse cada vez que se miraban demasiado tiempo.
Daniel terminó el bocadillo.
Mateo ya había acabado el suyo.
La noche seguía abierta.
El puesto seguía iluminado.
Mateo apoyó las manos en la barra y dijo con una calma que no parecía casual:
—Después podemos dar otra vuelta por la obra.
Daniel levantó la mirada.
—¿Otra?
Mateo asintió.
—Sí.
Luego añadió, con una pequeña sonrisa:
—Si te atreves.
Daniel sintió que el pecho le latía un poco más rápido.
—Creo que sobreviviré.
Mateo lo miró unos segundos.
—Eso quiero verlo.