CAPÍTULO 3 - El cuerpo que despierta
Durante un momento ninguno de los dos se movió.
La obra estaba completamente en silencio. No era un silencio vacío, sino un silencio lleno de pequeños sonidos: el zumbido lejano de un foco eléctrico, el crujido ocasional de una chapa movida por el viento, el eco suave de algún coche pasando en la avenida.
Daniel notaba el corazón ligeramente más rápido de lo normal.
No sabía si era por el frío o por la cercanía de Mateo.
Estaban a menos de un paso.
Demasiado cerca para ser solo dos hombres hablando.
Mateo seguía mirándolo.
No con agresividad.
Tampoco con timidez.
Era una mirada tranquila, pero muy presente. Una mirada que parecía detenerse en detalles que normalmente pasarían desapercibidos.
El cuello de la camisa de Daniel.
La forma en que la tela se tensaba en el pecho.
Las manos largas apoyadas sobre el hormigón.
Daniel sintió esa mirada recorrerlo con una lentitud que le resultó nueva.
No era la mirada rápida con la que los hombres suelen evaluarse.
Era algo más.
Algo más atento.
Mateo habló finalmente.
—Te estás manchando los zapatos.
Daniel bajó la vista.
Una pequeña nube de polvo gris cubría ya la puntera de cuero oscuro.
—Supongo que sobrevivirán.
Mateo sonrió.
—Son buenos zapatos.
Daniel levantó la mirada.
—¿También sabes eso?
Mateo levantó un hombro.
—Llevo toda la vida mirando pies.
Daniel rió suavemente.
—Eso ha sonado raro.
Mateo negó con la cabeza.
—En las obras uno aprende mucho mirando cómo caminan los hombres.
Daniel inclinó la cabeza.
—¿Cómo caminan?
Mateo dio un paso lento alrededor de él, observándolo con la misma calma que había mostrado antes.
No había nada amenazante en el gesto.
Pero sí algo profundamente físico.
Mateo habló mientras caminaba.
—Los que pisan fuerte están acostumbrados a mandar.
—Los que pisan rápido tienen prisa por llegar a casa.
—Los que miran el suelo demasiado… suelen estar cansados de pensar.
Se detuvo otra vez frente a él.
—Tú caminas como si estuvieras midiendo el espacio.
Daniel sostuvo su mirada.
—¿Eso es bueno o malo?
Mateo se encogió de hombros.
—Es interesante.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Daniel notó el calor del foco cercano en un lado del cuerpo y el frío de la noche entrando por la estructura abierta en el otro.
Era una sensación extraña.
Como estar en medio de dos temperaturas.
Mateo volvió a apoyar el hombro en el pilar.
—Nunca había visto a un abogado aquí de noche.
Daniel cruzó ligeramente los brazos.
—Nunca había visto a un encargado de obra analizando cómo caminan los abogados.
Mateo rió.
—Eso es porque nunca habías conocido a este encargado.
Daniel sonrió también.
Pero algo dentro de esa sonrisa tenía ahora otro peso.
Mateo lo estaba mirando otra vez.
No a la cara.
Al cuerpo.
Daniel lo notó con una claridad que le recorrió la espalda.
Mateo habló con voz más baja.
—Te mantienes bien.
Daniel tardó un segundo en comprender.
—¿Perdón?
Mateo señaló su pecho con un gesto mínimo.
—Para tu edad.
Daniel soltó una risa corta.
—Eso ha sido muy directo.
Mateo no parecía arrepentido.
—Es verdad.
Daniel apoyó las manos en la cadera.
—¿Y cuál crees que es mi edad?
Mateo lo observó con calma.
—Cincuenta y cinco… cincuenta y siete.
Daniel levantó las cejas.
—Cincuenta y seis.
Mateo asintió.
—Más o menos.
Daniel negó con la cabeza.
—Ahora me toca a mí.
Mateo sonrió.
—Adelante.
Daniel lo miró de arriba abajo.
No con prisa.
Con la misma atención que Mateo había usado antes.
La cabeza calva.
La barba gris.
El pecho ancho bajo la camisa abierta.
La barriga sólida.
Los brazos pesados.
La fuerza tranquila de un hombre que ha trabajado toda la vida.
Daniel dijo finalmente:
—Sesenta.
Mateo levantó un poco la barbilla.
—Sesenta y uno.
Daniel sonrió.
—Te mantienes bien.
Mateo soltó una carcajada grave.
—Eso sí que ha sonado raro.
Daniel apoyó una mano en el pilar detrás de él.
—Es verdad.
Mateo lo observó unos segundos más.
Luego dijo algo que hizo que el aire cambiara ligeramente.
—Los hombres de nuestra edad suelen dejar de mirarse.
Daniel frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Mateo levantó una mano y señaló vagamente entre los dos.
—A esto.
Daniel entendió.
Y esa comprensión produjo un pequeño silencio más denso que los anteriores.
Mateo continuó.
—Después de cierta edad, la gente supone que el cuerpo ya no importa.
Daniel lo miró fijamente.
—¿Y tú qué supones?
Mateo sostuvo su mirada.
—Que sigue importando.
El silencio volvió.
Pero esta vez estaba lleno de algo muy concreto.
Deseo.
No un deseo joven, impulsivo.
Algo más lento.
Más consciente.
Daniel respiró hondo.
Mateo estaba muy cerca.
Lo suficiente para notar el calor que salía de su cuerpo.
Lo suficiente para ver los pequeños hilos plateados en su barba.
Mateo habló de nuevo.
—Tu mujer debe de pensar que eres un hombre muy serio.
Daniel respondió sin apartar la mirada.
—La tuya debe de pensar que eres un hombre muy fuerte.
Mateo sonrió apenas.
—Las mujeres suelen ver lo que esperan ver.
Daniel sintió que algo en esa frase abría una puerta peligrosa.
—¿Y tú qué ves?
Mateo no respondió inmediatamente.
Miró el pecho de Daniel.
Sus manos.
Sus hombros.
Luego levantó los ojos.
—A un hombre que ha pasado muchos años sin hacer ciertas preguntas.
Daniel sintió un pequeño golpe en el estómago.
—¿Qué preguntas?
Mateo respondió con una calma sorprendente.
—Las que empiezan cuando uno se pregunta qué quiere realmente su cuerpo.
Daniel no habló.
El viento nocturno pasó entre las estructuras metálicas de la obra y produjo un sonido suave, casi musical.
Mateo se apartó finalmente del pilar.
—Será mejor que te lleve a la salida antes de que te pierdas entre los pisos.
Daniel tardó un segundo en moverse.
—Claro.
Caminaron juntos hacia la puerta.
Esta vez más despacio.
Cuando salieron otra vez a la calle, el puesto ya estaba apagando las últimas luces.
La noche parecía más fría.
Mateo se detuvo junto a la acera.
—¿Volverás mañana?
La pregunta fue directa.
Daniel lo miró.
—¿Tú estarás?
Mateo sonrió.
—Probablemente.
Daniel asintió.
—Entonces sí.
Mateo metió las manos en los bolsillos.
—Buenas noches, Daniel.
—Buenas noches, Mateo.
Daniel caminó unos metros.
Luego se detuvo un instante.
No se giró.
Pero sabía, con una certeza muy clara, que Mateo seguía allí mirándolo alejarse.
Y esa certeza le produjo una sensación nueva.
Una mezcla de inquietud y excitación tranquila.
Algo que llevaba mucho tiempo dormido.
Algo que aquella noche había empezado a despertar.