Chapter 9
La tercera cerveza no llegó.
No porque ninguno de los dos la quisiera especialmente, sino porque algo en la noche parecía haber alcanzado ya un punto suficiente de equilibrio.
El vendedor empezó a recoger algunas bandejas de metal y a reorganizar los panes sobre la estantería.
No era un gesto de cierre todavía, pero sí una señal suave de que el tiempo había avanzado más de lo que parecía.
Mateo miró hacia la obra.
Las luces blancas seguían encendidas en el tercer nivel del edificio. Dos focos iluminaban una zona de estructura metálica donde las vigas formaban una especie de entramado oscuro contra el cielo.
—Tengo que dar una vuelta por ahí —dijo.
Daniel siguió su mirada.
—¿Ahora?
Mateo asintió.
—Siempre reviso antes de irme. Ver si todo está cerrado, si nadie ha dejado herramientas por ahí, si algún chaval se ha olvidado una radial enchufada.
Dio un golpe suave con los nudillos sobre la barra.
—Costumbre.
Daniel observó el esqueleto de hormigón del edificio.
Desde el puesto, la obra parecía otra ciudad dentro de la ciudad. Un lugar suspendido entre la luz y la sombra, lleno de huecos, pasarelas improvisadas, escaleras temporales y pilares desnudos.
—Debe de ser impresionante verla vacía —dijo.
Mateo lo miró.
—Lo es.
Hubo una pausa pequeña.
Luego Mateo añadió:
—Si quieres verla, puedes venir.
La frase fue dicha con naturalidad.
Sin énfasis.
Como si se tratara de la invitación más sencilla del mundo.
Daniel tardó un segundo en reaccionar.
—¿A la obra?
—Sí.
Mateo señaló hacia la estructura.
—De noche es distinta.
Daniel miró otra vez hacia el edificio.
Luego volvió a mirar a Mateo.
Había algo en su expresión que no era exactamente desafío ni expectativa. Más bien una calma segura, como si estuviera acostumbrado a ofrecer ese tipo de cosas sin necesidad de insistir.
—¿Se puede entrar? —preguntó Daniel.
Mateo sonrió.
—Soy el encargado.
Daniel soltó una risa breve.
—Claro.
El vendedor apareció delante de ellos con el trapo en el hombro.
—¿Cerramos ya?
Mateo asintió.
—Sí, yo me voy también.
Pagó su cerveza y dejó unas monedas extra sobre la barra.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, Mateo —respondió el vendedor.
Daniel hizo lo mismo.
El aire de la calle estaba más frío ahora. La noche había avanzado y el silencio de la zona era más profundo. Apenas se oía el ruido lejano de algún coche en la avenida principal.
Mateo se metió las manos en los bolsillos del pantalón de trabajo.
—Ven.
Cruzaron la calle juntos.
La obra se levantaba delante de ellos como un animal dormido de hormigón y hierro. Desde cerca era mucho más grande de lo que parecía desde el puesto.
Mateo empujó una puerta metálica que chirrió al abrirse.
—Cuidado con el escalón.
Daniel entró detrás de él.
El interior estaba iluminado por algunos focos colgados de cables. La luz blanca rebotaba en el polvo suspendido en el aire y creaba una atmósfera extrañamente tranquila.
El olor era distinto.
Hormigón húmedo.
Metal.
Madera.
Daniel caminó despacio, mirando alrededor.
—Es enorme.
Mateo asintió.
—Lo será más cuando esté terminado.
Avanzaron entre pilares y montones de materiales. El suelo estaba cubierto de polvo fino que crujía bajo los zapatos de Daniel.
Mateo caminaba con la seguridad de quien conoce cada rincón del lugar.
—Aquí irán los ascensores —dijo señalando un hueco grande en el centro de la estructura.
Luego indicó otro espacio.
—Y allí la escalera principal.
Daniel levantó la vista.
Las plantas superiores se abrían unas sobre otras como balcones incompletos. Desde abajo se podían ver las líneas de las vigas recortándose contra el cielo nocturno.
—Nunca había estado en una obra así —dijo.
Mateo lo miró de reojo.
—Se nota.
Daniel sonrió.
—¿Por qué?
Mateo señaló sus zapatos.
—Porque caminas como si el suelo fuera a desaparecer.
Daniel bajó la vista.
Era cierto.
Mateo rió suavemente.
—No te preocupes. Esto aguanta más peso que nosotros dos juntos.
Daniel se relajó un poco.
Siguieron caminando.
El sonido de sus pasos resonaba en el espacio vacío de la estructura.
Mateo se detuvo en un punto donde la pared aún no estaba levantada del todo. Desde allí se veía la calle y, al fondo, el pequeño puesto iluminado.
—Desde aquí se ve todo —dijo.
Daniel se acercó.
El viento nocturno entraba por la abertura y movía ligeramente los cables de los focos.
—Es bonito.
Mateo apoyó un hombro contra el pilar.
—Eso no lo dice mucha gente de una obra.
Daniel miró el entramado de hierro.
—Tal vez porque casi nadie la ve así.
Mateo lo observó.
Durante un momento ninguno dijo nada.
El silencio de la estructura era distinto al del puesto. Más profundo. Más envolvente.
Daniel sintió algo curioso.
Una mezcla de calma y alerta.
Mateo estaba a menos de un metro.
El tamaño de su cuerpo se percibía aún más en ese espacio vacío.
Los hombros anchos.
El pecho pesado bajo la camisa.
Las manos grandes colgando a los lados.
Mateo se dio cuenta de que Daniel lo estaba mirando.
—¿Qué?
Daniel negó con la cabeza.
—Nada.
Mateo soltó una risa baja.
—Otra vez.
Daniel respiró hondo.
—Supongo que estoy intentando imaginar cómo es pasar toda la vida en sitios así.
Mateo miró alrededor.
—Es solo trabajo.
Daniel negó suavemente.
—No parece solo eso.
Mateo se encogió de hombros.
—Tal vez cuando llevas muchos años, el trabajo y la vida se mezclan.
Daniel apoyó una mano sobre el pilar de hormigón.
La superficie estaba fría y rugosa.
—Eso también pasa en mi trabajo.
Mateo lo miró.
—Pero el tuyo no te deja polvo en la ropa.
Daniel sonrió.
—No.
Mateo se acercó un paso.
No fue un gesto brusco.
Simplemente redujo la distancia.
Daniel notó el cambio inmediatamente.
El espacio entre ellos se volvió más denso.
Mateo señaló la camisa de Daniel.
—Te vas a manchar.
Daniel miró hacia abajo.
Un rastro de polvo gris había quedado en la tela blanca.
Mateo levantó la mano.
La misma mano grande que la noche anterior había tocado su espalda.
Sacudió suavemente el polvo con los dedos.
El gesto fue lento.
Cuidadoso.
Daniel sintió el contacto a través de la tela.
Mateo retiró la mano.
—Listo.
Daniel tardó un segundo en responder.
—Gracias.
Mateo lo miró.
Muy cerca ahora.
Los dos hombres permanecieron quietos un momento.
No había nada explícito en la escena.
Solo la proximidad.
El silencio.
La respiración tranquila de dos hombres mayores en una obra vacía a medianoche.
Mateo habló primero.
—Es raro.
—¿Qué cosa?
—Que hayas vuelto.
Daniel sostuvo su mirada.
—Tal vez no tanto.
Mateo inclinó ligeramente la cabeza.
—¿No?
Daniel pensó en la noche anterior.
En la conversación.
En la cerveza.
En la forma en que había sentido el contacto de su mano.
—No.
Mateo lo observó unos segundos más.
Luego sonrió.
Una sonrisa tranquila.
—Entonces me alegro.
Daniel sintió algo moverse dentro del pecho otra vez.
Algo pequeño.
Algo cálido.
Y entendió que aquella obra, aquella noche y aquel hombre estaban empezando a ocupar un espacio en su vida que no había previsto.
Uno que no sabía todavía cómo nombrar.
Pero que ya no podía ignorar.