La esquina de los hombres tranquilos Chapter 8
12%

Chapter 8

La segunda cerveza siempre cambiaba un poco las cosas.

No porque emborrachara. Ni Daniel ni Mateo tenían ya edad ni ganas de beber de esa manera. Pero había algo en ese segundo gesto —levantar la botella, dar el primer trago, dejar que el líquido frío bajara por la garganta— que parecía relajar un grado más la conversación.

La primera cerveza era de reconocimiento.

La segunda era de estancia.

Mateo apoyó los dos antebrazos sobre la barra y miró la obra al otro lado de la calle. Las luces blancas seguían encendidas en algunos niveles del edificio a medio levantar. Dos focos colgaban de una estructura metálica y proyectaban sombras largas sobre el hormigón.

—Cuando empecé aquí —dijo de pronto— tenía veinte años.

Daniel giró ligeramente el cuerpo hacia él.

—¿En la construcción?

Mateo asintió.

—Sí. No aquí exactamente. En otra obra, al otro lado de la ciudad. Era más pequeño que ese edificio de ahí, pero para mí parecía enorme.

Se llevó la botella a los labios.

—El primer día pensé que no iba a durar ni una semana.

Daniel sonrió.

—Y aquí estás cuarenta años después.

Mateo dejó la botella en la barra.

—Cuarenta y uno.

Daniel levantó las cejas.

—Eso es una vida.

Mateo soltó una pequeña risa.

—Eso mismo dice mi mujer.

Daniel apoyó el codo en la barra.

—¿Y por qué pensaste que no durarías?

Mateo miró sus manos.

Las giró lentamente, como si las estuviera viendo por primera vez.

—Porque dolía todo.

Daniel esperó.

—Las manos. Los hombros. La espalda. Las piernas.

Mateo volvió a levantar la mirada.

—No sabía que el cuerpo podía doler en tantos sitios al mismo tiempo.

Daniel rió suavemente.

—Eso nos pasa a todos con la edad.

Mateo negó con la cabeza.

—No. A los veinte.

Daniel se quedó en silencio un momento.

Mateo siguió hablando, como si la noche le hubiera abierto un hilo de memoria que no tenía prisa por cerrar.

—Había un hombre mayor en aquella obra. Tendría sesenta años, quizá más. Para mí era casi un anciano.

Daniel lo escuchaba con atención.

—Un día me vio intentando mover unos sacos de cemento y me dijo: “Chaval, si sigues así, en cinco años no podrás ni levantarte de la cama”.

Mateo sonrió al recordarlo.

—Yo pensé que exageraba.

—¿Y exageraba?

Mateo levantó la botella.

—No.

Daniel observó sus manos otra vez.

Las venas gruesas bajo la piel.

Los nudillos marcados.

Las pequeñas cicatrices.

—Pero has aguantado.

Mateo se encogió de hombros.

—El cuerpo se acostumbra.

Luego añadió, más bajo:

—Y uno aprende a usarlo de otra manera.

Daniel notó algo en la frase.

Algo que no estaba solo en el trabajo.

Mateo lo miró.

—¿Qué?

Daniel negó con la cabeza.

—Nada.

Mateo sonrió de lado.

—Otra vez.

Daniel se rió.

—Te das cuenta de todo.

—Cuando llevas tantos años mirando gente, aprendes.

Mateo inclinó ligeramente la cabeza.

—Además, tú miras mucho.

Daniel apoyó la botella en la barra.

—¿Eso te molesta?

Mateo lo pensó un segundo.

—No.

Daniel sostuvo su mirada.

—Entonces estamos bien.

Mateo no respondió con palabras.

Pero su sonrisa cambió.

Fue más lenta.

Más tranquila.

El vendedor estaba atendiendo a dos chicos jóvenes al otro lado del puesto. Durante un momento, Mateo y Daniel quedaron casi solos en ese pequeño círculo de luz.

Mateo cambió ligeramente de postura.

El movimiento hizo que su hombro rozara el brazo de Daniel.

No fue un gesto deliberado.

Pero tampoco se apartó.

Daniel tampoco.

El contacto fue simple.

Tela contra tela.

Calor contra calor.

Daniel sintió algo curioso en el pecho.

No era nerviosismo.

Era más bien conciencia.

La conciencia repentina del cuerpo del otro.

Mateo habló sin apartarse.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este sitio?

Daniel miró hacia la plancha.

—La panceta.

Mateo soltó una risa baja.

—También.

Luego señaló la calle.

—Que aquí nadie pregunta demasiado.

Daniel entendió enseguida.

—Eso tiene su ventaja.

Mateo asintió.

—A mi edad uno empieza a agradecer los sitios donde no tiene que explicar quién es.

Daniel bebió un poco más de cerveza.

—¿Y quién eres?

Mateo lo miró.

La pregunta había salido casi sin pensar.

Mateo tardó un momento en responder.

—Un tipo que lleva muchos años haciendo lo mismo.

—Eso no dice mucho.

—Dice bastante.

Daniel lo observó con más atención.

La barba gris.

La piel curtida.

Los hombros amplios bajo la camisa.

El peso tranquilo de un hombre que no necesita demostrar nada.

—A mí me parece que dice muy poco.

Mateo se inclinó ligeramente hacia él.

—¿Y tú?

Daniel levantó la botella.

—Un abogado.

Mateo negó con la cabeza.

—Eso tampoco dice mucho.

Daniel lo pensó.

Luego dijo:

—Un hombre que ha pasado demasiados años haciendo lo que debía.

Mateo lo miró con interés.

—Eso ya suena más verdadero.

El vendedor regresó con un trapo y empezó a limpiar la barra.

—¿Algo más, chicos?

Mateo levantó la botella vacía.

—Otra.

El vendedor miró a Daniel.

Daniel dudó un segundo.

Luego asintió.

—Otra.

Las botellas nuevas aparecieron sobre la barra.

Mateo levantó la suya.

—Por los hombres que hacen lo que deben.

Daniel chocó la botella con la suya.

—Y por los que a veces dejan de hacerlo.

Mateo lo miró.

—Eso sí que suena peligroso.

Daniel bebió.

El silencio volvió.

Pero ahora no era solo cómodo.

Era cercano.

Mateo apoyó una mano grande sobre la barra, justo al lado de la mano de Daniel.

No la tocó.

Pero la proximidad era evidente.

Daniel notó el tamaño de esa mano.

El contraste con la suya.

La piel más oscura.

Más áspera.

Mateo también miró.

—Tus manos no han trabajado mucho con hormigón.

Daniel sonrió.

—No.

Mateo levantó la suya y la colocó sobre la barra.

La diferencia era clara.

—Las tuyas parecen de pianista.

Daniel soltó una risa.

—Nunca he tocado el piano.

Mateo lo miró con curiosidad.

—Pues podrías.

Daniel bajó la mirada hacia las dos manos.

Una junto a la otra.

La diferencia era casi cómica.

—Supongo que cada uno usa el cuerpo para lo que aprende.

Mateo asintió lentamente.

—Sí.

Pero no retiró la mano.

Daniel tampoco apartó la suya.

Durante unos segundos los dos se quedaron mirando ese pequeño espacio entre ambas.

Un espacio mínimo.

Un gesto que no era todavía nada.

Pero que podía convertirse en algo.

Mateo fue el primero en romper el momento.

Retiró la mano con naturalidad y dio un trago a la cerveza.

—Mi mujer dice que mis manos parecen herramientas.

Daniel levantó la mirada.

—¿Y a ti qué te parece?

Mateo se encogió de hombros.

—A veces lo son.

Daniel sonrió.

—Y otras veces no.

Mateo sostuvo su mirada un segundo.

—Y otras veces no.

La radio cambió de canción otra vez.

El vendedor empezó a cerrar una de las cajas de pan.

La noche seguía tranquila.

Mateo miró la hora.

—Mañana empezamos a las siete.

Daniel frunció ligeramente el ceño.

—Eso es muy temprano.

Mateo rió.

—Para ti.

Daniel terminó la cerveza.

—Supongo.

Mateo lo observó un momento más.

—Pero aun así has vuelto.

Daniel dejó la botella vacía sobre la barra.

—Sí.

Mateo inclinó la cabeza.

—Me alegro.

Daniel sintió algo pequeño moverse dentro del pecho.

Algo cálido.

Algo que llevaba mucho tiempo sin sentir en una conversación simple.

Miró el puesto.

Miró la obra.

Miró a Mateo.

Y entendió que lo que estaba ocurriendo entre ellos no era una casualidad que se repitiera dos noches seguidas.

Era el comienzo de algo.

Todavía sin forma.

Todavía frágil.

Pero real.