La esquina de los hombres tranquilos CAPÍTULO 2 - La segunda noche
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CAPÍTULO 2 - La segunda noche

El bocadillo tardó más en hacerse que la noche anterior.

No porque hubiera más gente. De hecho, la calle estaba casi vacía, apenas atravesada de vez en cuando por algún coche que pasaba demasiado rápido o por la sombra de un peatón que no se detenía. El puesto parecía una pequeña burbuja de luz cálida en mitad del frío.

Pero Daniel tuvo la sensación de que todo ocurría más despacio.

El ruido de la plancha.

El vapor del aceite.

El gesto con el que el vendedor daba la vuelta a la carne.

Todo parecía estirarse ligeramente en el tiempo.

Mateo seguía apoyado en la barra, con una mano en el bolsillo del pantalón de trabajo y la otra alrededor de la botella de cerveza. Tenía la camisa abierta un par de botones más que la noche anterior. El pecho ancho, cubierto de vello gris, asomaba bajo el chaleco reflectante manchado de polvo.

Daniel intentó no mirar demasiado.

No lo consiguió del todo.

Mateo lo notó.

—Hoy vienes más temprano.

Daniel se apoyó en la barra con naturalidad estudiada.

—Hoy salí antes.

Mateo levantó una ceja.

—Los abogados saliendo antes… eso sí que es raro.

Daniel sonrió.

—No todos los días uno tiene un puesto de panceta que visitar.

Mateo soltó una risa corta, grave.

—Así que es por la panceta.

—Claro.

Mateo dio un trago a la cerveza y lo miró con calma.

—Claro.

La forma en que repitió la palabra hizo que Daniel sintiera un pequeño calor subirle por el cuello.

El vendedor dejó el bocadillo sobre la plancha y empezó a cortar pan.

Mateo habló sin apartar la vista de Daniel.

—¿Te gustó?

—Mucho.

—Lo digo por el sitio.

Daniel sostuvo la mirada.

—Sí.

Hubo un silencio breve.

No incómodo.

Más bien un silencio que parecía comprobar algo.

Mateo apoyó los dos antebrazos sobre la barra metálica. El movimiento hizo que el chaleco se abriera un poco más. Daniel vio entonces las manchas oscuras de grasa seca, la tela gastada, las pequeñas cicatrices en los brazos.

Todo en aquel hombre hablaba de una vida física.

De años de trabajo con el cuerpo.

Daniel se dio cuenta de que estaba observando con una atención que rozaba lo indecente.

Mateo inclinó la cabeza.

—¿Qué?

Daniel apartó la vista hacia la plancha.

—Nada.

Mateo sonrió.

—Eso dijiste ayer.

Daniel soltó una risa pequeña.

—Tal vez soy poco original.

—Tal vez miras mucho.

Daniel se quedó callado un segundo.

Luego respondió:

—Tal vez.

Mateo pareció satisfecho con la respuesta.

El vendedor puso el bocadillo en papel y lo dejó sobre el mostrador.

—Aquí tienes.

Daniel pagó.

Esta vez Mateo no intentó detenerlo.

—¿Hoy invitas tú también?

—Es educación.

Mateo negó con la cabeza.

—No.

Se inclinó un poco hacia él.

—Es costumbre.

La proximidad fue mínima.

Pero suficiente para que Daniel notara el olor de Mateo.

No era un perfume.

Era algo más simple y más real: cerveza, humo de plancha, jabón barato y ese olor seco de la ropa de trabajo que ha pasado todo el día entre polvo y metal.

Extrañamente, le gustó.

Abrió el papel del bocadillo.

El vapor caliente subió hacia su cara.

Mateo lo observaba con la misma curiosidad tranquila de la noche anterior.

—¿Siempre cenas así tarde?

—No siempre.

—¿Y hoy?

Daniel mordió el bocadillo antes de responder.

—Hoy sí.

Mateo inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Por qué?

Daniel masticó despacio.

Podría haber inventado cualquier excusa. Un informe, una reunión, una llamada tardía. Era experto en construir explicaciones creíbles.

Pero dijo la verdad.

—Porque quería volver.

Mateo lo miró en silencio.

No hubo gesto de sorpresa.

Solo un leve cambio en su expresión. Algo más serio, quizá.

—Eso está bien.

Daniel bebió un trago de cerveza.

—¿Por qué?

Mateo se encogió de hombros.

—Porque a veces uno vuelve a los sitios donde se encuentra a gusto.

Daniel apoyó la botella en la barra.

—¿Tú también?

Mateo tardó un momento en responder.

—Yo trabajo aquí.

—Eso no es lo mismo.

Mateo sonrió apenas.

—No.

La radio del puesto cambió de canción.

Un tema antiguo, lento, que ninguno de los dos reconoció pero que parecía encajar con el ritmo de la noche.

Daniel terminó el bocadillo con más hambre de la que esperaba.

Mateo lo miraba sin esconder la curiosidad.

—Te gusta de verdad.

Daniel limpió los dedos con una servilleta.

—Mucho.

—Tienes pinta de hombre de restaurante caro.

—Eso ya lo dijiste.

Mateo señaló el puesto con la botella.

—Pues mira dónde estás ahora.

Daniel siguió el gesto con la mirada.

La barra metálica.

Las manchas de grasa.

Las botellas de salsa.

El vapor que salía de la plancha.

—Supongo que uno se cansa de lo correcto.

Mateo soltó una risa baja.

—Eso suena peligroso.

—¿Por qué?

—Porque lo correcto suele ser lo que mantiene todo en pie.

Daniel lo miró.

—¿Tú nunca te cansas?

Mateo no respondió inmediatamente.

Apoyó la botella vacía sobre la barra y se frotó la barba con la mano.

—Claro que sí.

—¿Y qué haces?

Mateo lo miró directamente.

—Me quedo un rato más aquí.

Daniel entendió.

No completamente.

Pero lo suficiente.

El vendedor pasó delante de ellos con una bolsa de pan.

La noche seguía tranquila.

Mateo miró la obra al otro lado de la calle.

—Hoy hemos levantado tres columnas más.

—¿Eso es mucho?

Mateo pensó un momento.

—Depende del día.

Daniel apoyó un codo en la barra.

—¿Te gusta tu trabajo?

Mateo respondió sin pensar demasiado.

—Sí.

—¿Por qué?

Mateo señaló la estructura iluminada.

—Porque al final puedes mirar algo y decir: eso lo hicimos nosotros.

Daniel siguió su mirada.

El esqueleto del edificio recortado contra el cielo negro parecía casi monumental.

—Supongo que eso debe de sentirse bien.

Mateo asintió.

—Sí.

Luego miró a Daniel.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿Puedes señalar algo y decir lo mismo?

Daniel pensó unos segundos.

—No de esa manera.

—¿Entonces cómo?

Daniel giró la botella entre los dedos.

—En mi trabajo lo que construyes no se ve.

Mateo sonrió.

—Eso suena aún más peligroso.

Daniel soltó una risa.

—Tal vez.

El silencio volvió a caer entre los dos.

Pero esta vez tenía algo distinto.

Algo más cómodo.

Mateo se inclinó un poco más sobre la barra.

—¿Sabes qué es lo curioso?

—¿Qué?

—Que ayer pensé que no volverías.

Daniel levantó la vista.

—¿Por qué?

Mateo se encogió de hombros.

—El traje.

Daniel miró su propio traje oscuro.

—¿Qué tiene?

Mateo sonrió.

—Los hombres de traje suelen desaparecer cuando se acaba la curiosidad.

Daniel sostuvo su mirada.

—Tal vez no era curiosidad.

Mateo lo observó durante un segundo más largo de lo normal.

Luego dijo:

—Tal vez no.

Y esa vez ninguno de los dos apartó la vista.

El momento duró apenas unos segundos.

Pero dentro de esos segundos había algo nuevo.

Algo que no estaba la noche anterior.

Un reconocimiento.

Una pregunta.

Algo que todavía no tenía forma, pero que los dos parecían haber percibido al mismo tiempo.

Mateo fue el primero en romper el silencio.

—¿Otra cerveza?

Daniel miró su botella vacía.

Luego lo miró a él.

—Sí.

Mateo levantó dos dedos hacia el vendedor.

—Dos más.

Mientras esperaban, Daniel sintió algo curioso.

No urgencia.

No nervios.

Más bien una especie de calma extraña.

Como si hubiera entrado en un territorio nuevo sin saber exactamente cuándo había cruzado la frontera.

Mateo apoyó el hombro contra el suyo al cambiar de postura.

El contacto fue leve.

Pero esta vez ninguno de los dos se apartó.

Las nuevas cervezas llegaron.

Mateo levantó la suya.

—Por la panceta.

Daniel chocó la botella con la suya.

—Por la panceta.

Bebieron.

Y por primera vez desde que se conocían, los dos empezaron a hablar como si la noche fuera larga y no hubiera ninguna prisa por marcharse.