Chapter 5
Daniel no sabía exactamente por qué se quedó.
Podría haber cogido el bocadillo y haber seguido caminando.
Podría haber vuelto a casa con la sensación vaga de haber descubierto un sitio curioso en una calle que no solía pisar.
Podría haber hecho lo que llevaba haciendo toda su vida con casi todo lo que se apartaba un poco de lo previsto: mirar, registrar, seguir adelante.
Pero no lo hizo.
Se quedó apoyado en el borde metálico del puesto, con el papel del bocadillo abierto entre las manos, sintiendo el calor de la plancha en un lado del cuerpo y el aire frío de la calle en el otro. Era una sensación extraña, agradable. Como estar exactamente en medio de dos mundos.
El vendedor seguía trabajando en silencio.
Daba la vuelta a la carne, cortaba pan, apretaba botellas de salsa con el gesto automático de quien ha repetido lo mismo miles de noches.
Detrás del puesto, una radio pequeña dejaba escapar una canción antigua que apenas se entendía bajo el siseo del aceite.
Mateo terminó su cerveza, dejó la botella vacía sobre la barra y miró un momento hacia la obra.
Desde allí, iluminada por focos altos y blancos, la estructura del edificio a medio hacer parecía una especie de esqueleto industrial suspendido sobre la noche. Había algo casi hermoso en aquella violencia quieta del hormigón.
—¿Sales siempre tan tarde? —preguntó Mateo sin girarse todavía.
Daniel tardó un segundo en responder.
—Casi siempre.
—Mal oficio.
Daniel soltó una sonrisa pequeña.
—Supongo que el tuyo tampoco es exactamente cómodo.
Mateo se giró al fin y apoyó un antebrazo en la barra.
—No, pero el mío al menos se nota en el cuerpo y se acabó. El tuyo tiene pinta de quedarse aquí.
Se dio un toque con dos dedos en la sien.
Daniel bajó los ojos al bocadillo.
—Sí. Aquí también.
Mateo asintió, como si aquella respuesta le pareciera suficiente.
Daniel siguió comiendo en silencio. Lo hacía despacio, más por tener algo entre las manos que por hambre real. Se daba cuenta de que, de una manera un poco absurda, estaba administrando el último trozo para no irse todavía. Eso lo incomodó y le hizo gracia al mismo tiempo.
Hacía muchos años que no se sorprendía a sí mismo.
Mateo le lanzó una mirada lateral.
—No te pega mucho este sitio.
—Eso ya me lo has dicho.
—Y sigo pensándolo.
Daniel sonrió con más claridad esta vez.
—¿Y qué me pega, entonces?
Mateo se lo pensó unos segundos, observándolo con esa calma de hombre que no necesita decir las cosas deprisa.
—Una mesa de madera oscura. Un mantel blanco. Un vino caro que nadie disfruta de verdad porque todos están más pendientes de la factura que de beberlo.
Daniel se quedó mirándolo.
—Eso ha sido bastante preciso.
Mateo se encogió de hombros.
—He ido a sitios así alguna vez.
—No parece que te gustaran.
—No he dicho eso.
—Pero lo has pensado.
Mateo soltó una risa grave, breve.
—Eres abogado de verdad.
La forma en que lo dijo, sin burla y sin admiración, lo hizo sonar casi íntimo.
Daniel dio el último mordisco al bocadillo y se limpió las manos con una servilleta.
A su lado, Mateo seguía ocupando espacio de una manera que no tenía nada de agresiva.
Era simplemente un hombre grande, acostumbrado a su tamaño, a su peso, a la vida física.
Daniel sintió por primera vez una curiosidad casi dolorosa por ese tipo de presencia.
No solo por el cuerpo, aunque el cuerpo estaba allí, evidente.
También por la forma en que parecía habitarlo sin conflicto.
Él llevaba décadas habitándose como quien lleva un traje demasiado correcto.
—¿Y tú? —preguntó Daniel—. ¿Sales siempre a esta hora?
Mateo miró la hora en un reloj de esfera amplia y arañada.
—Depende de la faena. Hoy hemos acabado tarde con unos hierros del quinto nivel. Cuando se enreda una cosa, se enredan todas.
Luego añadió:
—Y a veces me quedo un rato más aunque haya terminado.
—¿Por qué?
Mateo lo miró.
—Porque en casa ya no siempre me esperan despiertos.
La frase cayó entre los dos con una naturalidad inesperada.
Daniel asintió muy despacio.
—Ya.
No era un “ya” vacío. Era un “ya” lleno de habitaciones en penumbra, televisores encendidos en silencio, cenas tapadas con un plato, rutinas tan asentadas que ya no dolían porque se habían vuelto paisaje.
Mateo pareció notarlo.
—¿Tú también?
Daniel apoyó los codos en la barra, cuidando de no rozar la grasa del borde.
—Mi mujer se duerme pronto.
Le sorprendió decirlo con tanta facilidad.
Mateo no reaccionó con exageración. Solo bajó un poco la cabeza.
—La mía también.
Durante unos segundos no hubo nada más. Solo el ruido de la plancha y la radio lejana.
Pero el aire entre ellos había cambiado.
Ya no eran solo un hombre de traje y un hombre de obra compartiendo una noche rara en una esquina.
Ya sabían algo el uno del otro que los sacaba del territorio de la anécdota.
Daniel notó, sin querer, su propia alianza al mover la mano sobre la barra. El aro dorado captó la luz amarilla del puesto. Vio que Mateo también llevaba la suya. Una alianza más ancha, más gastada, casi comida por los años y por el trabajo.
Por alguna razón, esa pequeña coincidencia le apretó algo en el pecho.
Mateo siguió su mirada y levantó la mano.
—Treinta y ocho años —dijo.
Daniel tardó en comprender.
—¿Casado?
Mateo asintió.
—Treinta y ocho.
Daniel dejó escapar una exhalación breve.
—Treinta en mi caso.
Mateo levantó las cejas.
—No está mal.
—Depende de cómo se mire.
—Eso es verdad.
El vendedor apareció delante de ellos con un trapo húmedo al hombro.
—¿Otra cerveza?
Mateo miró a Daniel.
No preguntó nada. Solo lo miró. Como si la elección no fuera la cerveza, sino otra cosa.
Daniel supo que debería decir que no. Que ya era tarde. Que tenía que conducir. Que mañana madrugaba. Que cualquier cosa razonable bastaría.
—Sí —dijo.
Mateo sonrió de nuevo, esta vez con menos reserva.
—Dos.
Las botellas llegaron frías, con una ligera escarcha en el cristal. El vendedor las abrió y las dejó sobre la barra. Daniel tomó la suya y dio un trago corto. No bebía cerveza a diario y, sin embargo, aquella le supo bien. Honesta. Sin pretensiones. Como el lugar.
—¿Hijos? —preguntó Mateo.
Daniel negó.
—No.
Mateo sostuvo la botella entre las manos grandes.
—Yo dos. Ya mayores.
—¿Y nietos?
Mateo sonrió, pero esta vez la sonrisa fue distinta. Más blanda.
—Uno. Una niña. Tiene cuatro años y manda más que todos nosotros juntos.
Daniel soltó una risa breve, sincera.
—Eso suele pasar.
—Sí. Menuda jefa.
Le habló entonces, sin alardear, de la niña.
De cómo le había pedido un casco pequeño de obra porque quería parecerse al abuelo.
De cómo se enfadaba si él la llamaba “mi reina” en vez de “capataza”.
De cómo corría por el salón de su casa con unas botas de agua dos números más grandes creyendo que así parecía fuerte.
Daniel lo escuchó en silencio.
Había algo profundamente desarmante en ver a aquel hombre enorme, curtido, con el chaleco manchado y las manos de hormigón, hablar con esa ternura desprevenida. Algo que rompía la primera impresión y al mismo tiempo la completaba.
—¿Y tú? —preguntó Mateo al terminar—. ¿Nunca quisisteis?
Daniel sostuvo la botella sin beber.
La pregunta no era agresiva. Ni siquiera era indiscreta. Pero le abrió una puerta interior que normalmente prefería dejar cerrada.
—Al principio sí —dijo, al fin—. Luego lo fuimos posponiendo. El trabajo, un cambio de casa, un mal momento. Ya sabes cómo se van aplazando las cosas hasta que un día dejan de ser una posibilidad real y pasan a ser una conversación que nadie quiere tener.
Mateo lo miró sin pestañear.
—Sí. Lo sé.
Daniel no quiso preguntarle qué era lo que sabía exactamente. Le bastó el modo en que lo había dicho. No todos los silencios vienen del mismo sitio, pero se reconocen entre ellos.
Se quedaron callados un rato. La calle, a esa hora, parecía pertenecerles solo a ellos y a dos repartidores que cruzaron sin mirar. Daniel se dio cuenta de que estaba cómodo. Más cómodo de lo razonable para estar hablando con un desconocido. O quizá ya no era del todo un desconocido.
Mateo señaló la botella de Daniel.
—Bebes la cerveza como si estuvieras leyendo un contrato.
Daniel soltó una carcajada pequeña.
—¿Eso qué significa?
—Que la piensas demasiado antes de tragar.
—Tú observas mucho.
—Es deformación profesional.
—¿De encargado de obra?
—De hombre mayor.
Daniel giró un poco el cuello para mirarlo de frente.
La luz cálida del puesto le marcaba las arrugas alrededor de los ojos, la piel curtida de la frente, la sombra gris de la barba.
Sí, era un hombre mayor. Pero había en él una firmeza terrenal que no tenía nada que ver con apagarse.
Daniel pensó, de forma tan rápida que casi fue un latigazo, que nunca había mirado a un hombre de esa edad como estaba mirándolo a él en ese momento.
No con esa atención completa. No con esa mezcla rara de curiosidad, simpatía y algo más peligroso, más hondo, que prefirió no nombrar.
Mateo sostuvo su mirada sin moverse.
—¿Qué? —preguntó al fin.
Daniel negó con la cabeza.
—Nada.
Mateo sonrió apenas.
—Eso también lo dicen mucho los abogados cuando no quieren decir la verdad.
Daniel bajó la vista hacia la cerveza y dejó escapar el aire por la nariz, casi riéndose.
—Puede ser.
—¿Y cuál es la verdad?
La pregunta fue suave. Casi amistosa. Pero cayó dentro de Daniel con más peso del que habría esperado.
Miró la espuma que aún quedaba en el cuello de la botella. La noche alrededor. La plancha encendida. La estructura blanca de la obra al fondo.
Y dijo algo que no había pensado decir:
—Que este sitio me gusta más de lo que debería.
Mateo no respondió enseguida.
—A lo mejor no es el sitio.
Daniel alzó la mirada.