La esquina de los hombres tranquilos
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CAPÍTULO 1 - El traje en la noche
La ciudad de noche siempre le había parecido más honesta.
Durante el día todo estaba lleno de ruido, prisas y conversaciones que nadie escuchaba realmente. Pero a partir de cierta hora, cuando las oficinas empezaban a apagarse y las calles perdían su ritmo de batalla, la ciudad cambiaba de piel.
Respiraba más despacio.
Daniel lo notaba cada vez que salía tarde del despacho.
Aquella noche eran casi las once y media cuando cerró la carpeta del último informe. El reflejo de la lámpara de escritorio se extendía sobre el cristal de la mesa como una mancha de luz amarilla. Más allá, el resto de la planta estaba completamente vacía.
Cuarenta años trabajando para llegar allí.
Socio senior.
Despacho grande.
Trajes caros.
Respeto.
Silencio.
Se quedó unos segundos mirando el ordenador apagado. Luego suspiró, cogió la chaqueta del respaldo de la silla y se la puso con ese gesto automático que había repetido miles de veces en su vida.
La ciudad lo recibió con aire frío cuando salió del edificio.
Era finales de otoño. Las calles olían a humedad, a asfalto mojado y a esa mezcla indefinible de gasolina, pan recién hecho y humo que tienen las ciudades grandes cuando cae la noche.
Daniel caminó sin rumbo claro durante unos minutos.
Le gustaba ese pequeño espacio de libertad antes de volver a casa.
Su mujer probablemente ya estaría dormida. O viendo alguna serie en el salón con el volumen bajo. Su matrimonio llevaba años instalado en esa tranquilidad educada donde ya casi nada se discute.
Ni se desea.
Ni se pregunta.
Giró una esquina que normalmente no tomaba.
Fue entonces cuando vio el puesto.
No era más que una pequeña estructura metálica iluminada por una cadena de bombillas amarillas. Una plancha grande ocupaba el centro, y el humo de la carne al hacerse subía hacia el aire frío formando una nube aromática que podía olerse desde media calle.
El olor le golpeó de lleno.
Carne.
Pan tostado.
Cebolla.
Daniel se dio cuenta de que tenía hambre.
Se acercó.
El hombre del puesto estaba cortando carne sobre una tabla de madera con un cuchillo grande. Levantó la vista cuando oyó pasos.
—Buenas noches.
Daniel asintió.
—Buenas.
La voz del vendedor era tranquila, cansada. De esas voces que han pasado muchas horas hablando en entornos ruidosos.
—¿Qué te pongo?
Daniel miró el menú improvisado escrito con rotulador sobre una pizarra.
Bocadillo de lomo
Bocadillo de panceta
Hamburguesa
Cerveza
Nada sofisticado.
Nada que ver con los restaurantes donde solía cenar con clientes.
—Un bocadillo de panceta.
El hombre del puesto asintió.
—Ahora mismo.
Fue entonces cuando Daniel lo vio.
A la izquierda del mostrador, apoyado contra la barra metálica del puesto, había un hombre grande.
Muy grande.
Estaba terminando un bocadillo envuelto en papel mientras sostenía una botella de cerveza en la otra mano.
La primera palabra que le vino a la cabeza fue sólido.
No musculoso de gimnasio.
Sólido.
Hombros anchos.
Brazos gruesos.
Barriga pesada bajo una camisa abierta y un chaleco reflectante lleno de manchas de polvo y grasa.
Tenía la cabeza completamente calva, pero llevaba una barba espesa y gris que le cubría casi toda la mandíbula. La piel de sus brazos estaba marcada por años de trabajo al sol.
Parecía un hombre hecho de hormigón.
El hombre levantó la vista justo cuando Daniel lo estaba mirando.
Sus ojos se encontraron.
No fue una mirada larga.
Pero tampoco fue breve.
Fue exactamente el tipo de mirada que dura lo suficiente para que dos personas sepan que el otro ha estado observando.
El hombre sonrió.
No era una sonrisa grande.
Era una sonrisa lateral, tranquila, casi divertida.
Daniel apartó la vista primero.
Se sintió ligeramente incómodo consigo mismo. No estaba acostumbrado a mirar así a otros hombres. No conscientemente.
El sonido de la carne chisporroteando en la plancha llenó el silencio.
—¿Trabajas por aquí? —preguntó la voz grave a su izquierda.
Daniel giró la cabeza.
El hombre grande lo estaba mirando directamente ahora.
De cerca parecía aún más mayor de lo que había pensado al principio. Tal vez sesenta. Quizá un poco más.
Pero sus ojos estaban vivos.
Muy vivos.
—Sí —respondió Daniel—. En ese edificio.
Señaló con un gesto de cabeza hacia el bloque de oficinas que sobresalía al final de la calle.
El hombre asintió lentamente.
—Abogado.
Daniel arqueó una ceja.
—¿Cómo lo sabes?
El hombre dio otro trago a la cerveza.
—El traje.
Daniel miró su propio traje oscuro, impecable incluso a esas horas.
—Podría ser muchas cosas.
El hombre soltó una pequeña risa grave.
—No.
Señaló con la botella hacia los zapatos de Daniel.
—Zapatos caros.
Luego hacia el reloj.
—Reloj caro.
Y finalmente hacia el gesto tranquilo con el que Daniel estaba de pie.
—Abogado.
Daniel no pudo evitar sonreír.
—Buen intento.
El hombre extendió la mano.
Era una mano enorme.
Callosa.
—Mateo.
Daniel dudó un segundo antes de estrechársela.
La mano de Mateo era cálida y áspera al mismo tiempo.
—Daniel.
El vendedor dejó el bocadillo sobre el mostrador envuelto en papel.
—Aquí tienes.
Daniel pagó mientras el vapor de la plancha seguía subiendo entre ellos como una neblina tibia.
Mateo dio otro trago a su cerveza.
—Primera vez que te veo por aquí.
Daniel abrió el papel del bocadillo.
—Primera vez que paso.
Mateo asintió.
—Yo trabajo ahí.
Señaló hacia la obra que se levantaba al otro lado de la calle.
Ahora Daniel la veía con más claridad. Grúas, estructuras metálicas, focos blancos iluminando esqueletos de hormigón que parecían gigantes detenidos en mitad de la noche.
—Encargado —añadió Mateo.
Daniel dio el primer mordisco al bocadillo.
La panceta estaba caliente, salada, perfecta.
Se dio cuenta de que no recordaba cuándo había sido la última vez que había comido algo tan simple y tan bueno.
Mateo lo observaba mientras comía.
No de forma incómoda.
Más bien con una especie de curiosidad tranquila.
—No pareces de bocadillo de panceta —dijo.
Daniel se limpió la comisura de los labios con la servilleta.
—¿Y de qué parezco?
Mateo sonrió.
—De restaurante caro.
Daniel se encogió de hombros.
—A veces uno necesita algo distinto.
Mateo asintió lentamente.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio.
Un silencio cómodo.
Daniel dio otro mordisco al bocadillo y, sin saber muy bien por qué, volvió a mirar a Mateo.
Esta vez lo observó con más atención.
La piel curtida.
Las cicatrices pequeñas en los antebrazos.
Las manos enormes.
El pecho ancho cubierto de vello gris que asomaba por la camisa abierta.
Un cuerpo que no pertenecía a los gimnasios ni a las revistas.
Un cuerpo real.
Mateo lo miró también.
Y esta vez no apartó la vista.
La sonrisa volvió.
Tranquila.
Como si algo muy pequeño acabara de empezar.