Chapter 5 #2
Por un instante pensó que el otro iba a dar un paso más allá. No sabía hacia dónde exactamente, pero lo sintió. Una cuerda tensa, una posibilidad suspendida entre dos hombres que ya no eran jóvenes y que, sin embargo, parecían estar rozando una forma nueva de inquietud.
Pero Mateo solo dio un trago a la cerveza.
—A veces uno necesita un sitio donde no tenga que parecer otra cosa.
Daniel escuchó la frase como si alguien hubiera dicho en voz alta algo que llevaba muchos años circulándole por dentro sin palabras.
—Sí —respondió—. Supongo que sí.
Mateo dejó la botella vacía y la hizo girar un poco sobre la barra.
—Mi mujer dice que cuando llego del trabajo tengo cara de haber estado peleándome con el mundo.
—¿Y tú qué le dices?
—Que el mundo gana por puntos.
Daniel sonrió.
—La mía dice que llego como si siguiera dentro de una reunión.
Mateo soltó una risa seca.
—Eso tiene pinta de ser peor.
—Lo es.
—Entonces estamos empatados.
Daniel lo miró y, sin saber muy bien por qué, sintió una gratitud pequeña e inmediata hacia aquella frase absurda. Hacía tiempo que no tenía con nadie una conversación tan ligera y tan extrañamente importante al mismo tiempo.
El vendedor empezó a recoger algunas cosas del mostrador.
No iba a cerrar aún, pero el gesto de ordenar introdujo por fin la idea del tiempo. Daniel miró su reloj. Más de medianoche.
—Debería irme —dijo.
Mateo asintió, como si lo hubiera sabido desde antes de que él lo dijera.
—Sí.
Daniel dejó la botella a un lado y buscó la cartera en el bolsillo interior de la chaqueta. Pagó las dos cervezas antes de que Mateo pudiera decir nada.
—No hacía falta —protestó él.
—La próxima invitas tú.
Lo dijo casi en broma. O al menos eso quiso hacer creer.
Mateo se quedó quieto un segundo.
Luego sonrió de una manera más lenta, más clara.
—Eso ha sonado a plan.
Daniel sintió un pequeño golpe de calor en mitad del pecho. Nada visible. Nada que pudiera explicarse. Solo un breve desorden interior que la noche, la cerveza y el cansancio no justificaban del todo.
—Ha sonado a educación.
Mateo negó con la cabeza.
—No. A plan.
El vendedor se apartó un momento para servir a un chico joven que acababa de llegar.
Daniel recogió la chaqueta, aunque seguía llevándola puesta, y se preparó para irse.
No sabía cómo se despedía uno de una conversación así.
No era una cita con un amigo. No era una charla casual con un desconocido cualquiera.
Había sido algo intermedio, y precisamente por eso pesaba más.
—Buenas noches, Mateo.
—Buenas noches, Daniel.
Daniel dio un paso atrás.
Y entonces ocurrió un gesto tan pequeño que, de no haber estado pendiente de todo con una atención casi física, quizá ni lo habría registrado.
Al pasar junto a él, Mateo levantó una mano para apartarlo ligeramente de la esquina caliente de la plancha que sobresalía del puesto. No lo hizo con brusquedad. Apenas un roce en la parte baja de la espalda, firme y breve, como una guía instintiva.
Pero el cuerpo de Daniel lo sintió entero.
El contacto duró menos de un segundo.
Aun así, al alejarse tuvo la sensación absurda de seguir notando la huella de aquella palma grande a través de la camisa, del forro de la chaqueta, de todo.
Mateo retiró la mano enseguida.
—Cuidado.
Eso fue todo.
Daniel asintió.
—Sí.
Y se fue.
Caminó de vuelta a casa con las manos en los bolsillos y la cabeza demasiado despierta para la hora que era.
Las calles se habían vaciado aún más. Pasó junto a escaparates apagados, portales cerrados, semáforos en rojo para nadie.
Pero la ciudad ya no le parecía del todo la misma que una hora antes.
Tenía la impresión de que algo se había movido de sitio.
No una gran cosa. No todavía.
Solo una pieza pequeña. Un ligero crujido dentro de la rutina.
Subió al piso procurando no hacer ruido.
En casa estaba todo a oscuras salvo la luz azulada del router en el recibidor.
Se quitó los zapatos despacio y dejó la chaqueta sobre una silla.
Desde la puerta del dormitorio vio a su mujer dormida de lado, con un brazo bajo la almohada.
La escena era conocida, casi tierna. También le produjo una tristeza leve, antigua, de esas que ya no se discuten porque han aprendido a vivir con uno.
Se desabrochó la camisa frente al espejo del baño.
No solía mirarse mucho más de lo necesario, pero esa noche lo hizo.
El cabello gris, peinado aún hacia atrás. Las arrugas suaves alrededor de los ojos. El torso correcto, conservado, un poco más blando que diez años antes. La elegancia intacta de un hombre que había envejecido con cuidado.
Pensó en Mateo.
En el peso de sus brazos.
En la piel curtida.
En la barriga sólida bajo la camisa abierta.
En las manos.
En la manera de sonreír.
Y apartó la vista del espejo como si lo hubieran sorprendido.
Se lavó la cara con agua fría. Se metió en la cama sin hacer ruido. Su mujer se movió apenas, medio dormida, y murmuró algo que no llegó a entender. Daniel respondió con un sonido tranquilo y se quedó boca arriba, mirando la oscuridad.
No debería haber sido nada.
Un puesto de comida.
Una cerveza.
Un hombre de obra hablando de su nieta y de lo tarde que era.
No debería haber sido nada.
Sin embargo, mientras cerraba los ojos, lo último que sintió antes de rendirse al cansancio no fue el peso del día ni el alivio de estar en casa.
Fue el recuerdo exacto de aquella mano grande en su espalda.
Y la certeza incómoda, limpia, casi luminosa, de que al día siguiente iba a volver a pasar por esa calle.