CAPÍTULO 31
La migración
Mencía llegó detrás.
No porque él se lo hubiera pedido.
—Arriba —dijo Tomás sin volverse.
—No.
Él ya estaba hablando con el agente que custodiaba el acceso. La puerta principal de la planta no respondía a las credenciales habituales. El panel mostraba una luz roja fija.
—He dicho arriba.
—Y yo he dicho no.
Tomás la miró solo el tiempo suficiente para dejar claro que aquella conversación no había terminado.
El teléfono del agente sonó.
Tomás atendió el suyo al mismo tiempo.
Mencía miró a través del vidrio reforzado de la puerta.
El corredor técnico estaba encendido.
Vacío.
Más allá, a unos treinta metros, una segunda puerta aparecía cerrada.
—El agente que bajó con ellos está fuera del recinto interior —dijo Tomás al colgar—. Está bien.
Pudo respirar un poco mejor.
—¿Y Noel?
—Con él.
—¿Lúa?
Tomás no respondió.
No hacía falta.
El agente del acceso explicó que la separación había durado menos de un minuto.
Cuando llegaron al armario M-4, una alarma de puerta se activó en el corredor lateral.
El agente y el técnico salieron a comprobarla.
Noel se quedó junto al armario. Una mampara de seguridad descendió entre ambos espacios.
—¿Y Lúa?
—Estaba al otro lado de Noel —dijo Tomás—. Junto a M-4.
—¿Cómo entra Saúl?
—Todavía no sabemos que esté dentro.
Mencía miró la puerta.
—Tomás.
—Todavía no lo sabemos.
La respuesta correcta.
La odió.
A las 01:04, Noel llamó.
Tomás puso el altavoz.
—Estoy bien —dijo Noel antes de que nadie preguntara—. El agente también. La puerta interior está cerrada y no responde al control local.
—¿Ves a Lúa? —preguntó Tomás.
—No.
—¿La oyes?
—No desde aquí.
—¿Has visto entrar a alguien?
—No.
—¿La mampara cayó sola?
—Después de que saltara una alarma en el corredor de servicio.
Tomás miró al técnico policial que acababa de llegar.
—¿Puede hacerse a distancia?
—El sistema de migración puede aislar sectores por incidencia eléctrica o de seguridad. Pero quiero ver registros antes de decir qué ocurrió.
—Hazlo.
Mencía recordó el depósito.
Una puerta.
Otra puerta.
Una ruta que se cerraba detrás de una mujer.
La semejanza apareció demasiado deprisa.
No la aceptó todavía.
A las 01:06, la puerta principal de la planta técnica se abrió.
No por la policía.
Desde dentro.
Noel apareció en el corredor exterior y levantó una mano.
—No he sido yo.
Tomás entró primero.
Mencía intentó seguirlo.
Él la detuvo con un brazo.
—Tú no.
—Es mi edificio.
—Ahora mismo eso no es un argumento.
—Conozco la planta.
—No mejor que Noel.
Noel llegó hasta ellos.
—Hay una segunda entrada a la sala exterior desde el núcleo de redacción. Una puerta vieja de mantenimiento.
—La de reprografía.
—Sí.
Tomás giró la cabeza.
—¿Dónde sale?
—En la antesala de migración. No en el recinto de servidores.
Mencía ya se estaba moviendo.
—No.
—Tomás, si el acceso principal está bloqueado y esa puerta sigue en el circuito antiguo…
—Va un agente contigo.
—Bien.
—Y no cruzas ninguna puerta interior.
—Bien.
Tomás la señaló.
—No ha sonado convincente.
—Es lo máximo que vas a conseguir.
Mencía subió medio tramo, cruzó el pasillo de reprografía y bajó por una escalera estrecha que llevaba años sin utilizar. Un agente iba detrás.
La puerta de mantenimiento seguía donde la recordaba.
Gris.
Sin rótulo.
Durante años había servido para que técnicos y operarios entraran sin atravesar la redacción.
Mencía pasó la tarjeta.
Rojo.
Probó una segunda vez.
Rojo.
El agente llamó a Tomás.
Mencía miró el marco.
Debajo del lector había un cilindro mecánico.
—Hay llave de emergencia.
—No la toques —dijo el agente.
—No tengo llave.
Eso pareció tranquilizarlo.
Entonces la puerta se abrió desde dentro.
Solo unos centímetros.
Mencía retrocedió.
El agente se adelantó.
—¡Policía!
No hubo respuesta.
La puerta quedó entreabierta.
Tomás habló por el teléfono del agente.
—No entréis.
Mencía miró a través de la rendija.
Vio una mesa.
Dos monitores.
Un armario abierto.
Y, al fondo, una mampara de vidrio que separaba la sala exterior del recinto de servidores.
Detrás de ella estaba Lúa.
Viva.
Mencía empujó la puerta entreabierta hasta abrirla del todo antes de que Tomás pudiera repetir la orden.
El agente entró con ella.
No era el recinto interior.
Era la antesala.
La diferencia importaba.
Lúa estaba de pie a unos quince metros, al otro lado del vidrio.
Tenía una mano apoyada sobre una mesa técnica.
La otra no se veía.
Saúl estaba detrás.
No la sujetaba.
No necesitaba.
Una puerta de emergencia a su espalda daba acceso al corredor de carga del equipo de migración.
En la mesa, junto a Lúa, había tres soportes de almacenamiento y varias etiquetas impresas.
Mencía reconoció una.
COPIA_2
No el objeto recuperado por la policía.
Una etiqueta nueva.
Preparada.
Saúl la vio.
—Sabía que vendrías.
Su cuerpo quiso convertir la frase en una victoria.
No le dejó.
—Tomás está detrás.
—También lo sé.
El sonido de una sirena breve recorrió la planta y se apagó.
Saúl no se movió.
Mencía observó a Lúa.
No parecía herida.
Tenía el rostro pálido y los ojos fijos en ella.
—¿Estás bien? —preguntó Mencía.
Lúa tardó un segundo.
—Sí.
Saúl sonrió.
—Eso es importante. Que quede claro.
Mencía miró el cristal.
—¿Qué quieres?
—Terminar la migración.
—A la fuerza.
—Al contrario. Quiero que ocurra como estaba previsto antes de que convirtierais cada servidor en una escena del crimen.
—El juez ha ordenado preservación.
—Y no estoy tocando la preservación.
Mencía señaló los soportes de la mesa.
—¿Qué son?
—Copias de trabajo.
Lúa habló.
—Quiere saber cuál contiene los volúmenes que recuperé.
—No te he pedido que hables.
—No me estás interrogando tú.
La voz de Lúa no tembló.
Mencía sintió algo parecido al miedo por eso.
—¿Qué volúmenes? —preguntó.
Saúl no respondió.
Lúa sí.
—El respaldo de red. Las sesiones. Las referencias de Mirador Norte. Quiere saber qué está duplicado fuera del servidor original.
Saúl apoyó una mano sobre la mesa.
—Quiero saber qué datos contaminados por accesos ilegales vais a presentar mañana como verdad.
—La copia del servidor ya está bajo custodia —dijo Mencía.
—Una copia.
La palabra quedó entre ellos.
Mencía pensó en el despacho.
O la segunda copia.
—No sabes cuántas hay —dijo.
Saúl miró a Lúa.
—Por eso está aquí.
Mencía comprendió entonces algo que no necesitaba que nadie le explicara.
Saúl no había retenido a Lúa porque fuera la hija de Tadeo.
La había retenido porque era la única persona que había recorrido el archivo durante meses y podía distinguir copias reales, copias automáticas y referencias rotas.
Necesitaba su memoria.
—No puede ayudarte —dijo Mencía—. Ya no tiene acceso.
—No necesito acceso. Necesito que mire.
Lúa señaló con la barbilla los tres soportes.
—Le he dicho que no sé cuál es cuál.
—Pero sabes qué etiquetas faltan.
Saúl habló con la paciencia con que antes explicaba contratos.
—La migración va a empezar a las cuatro y media. Si hay material no inventariado, debe identificarse antes.
—¿Para preservarlo? —preguntó Mencía.
—Para saber qué existe.
—No es lo mismo.
—A veces sí.
Mencía miró alrededor.
La sala exterior estaba demasiado ordenada.
Un bolso de transporte abierto.
Credenciales de visitante de Vértice.
Un chaleco de trabajo doblado.
Una caja de herramientas.
Nada parecía improvisado.
Eso no demostraba un plan de fuga.
Pero parecía preparado para que alguien pudiera dejar de parecer Saúl Neria durante unos minutos y convertirse en otro trabajador de madrugada.
Mencía no dijo nada.
Al otro lado del cristal, Lúa miró hacia la puerta de emergencia.
Saúl siguió su mirada.
—No.
No levantó la voz.
Lúa no se movió.
Tomás apareció por el corredor detrás de Mencía.
No entró de golpe.
Se detuvo junto al agente.
Saúl lo vio.
—Inspector.
—Saúl.
—Supongo que traes una orden.
—Sí.
Saúl asintió.
—Entonces ya hemos dejado de fingir.
Tomás se acercó hasta quedar junto a Mencía.
—Lúa, aléjate de la mesa.
Saúl apoyó la palma sobre una consola lateral.
—No.
Tomás se detuvo.
—¿Qué controlas desde ahí?
Saúl sonrió.
—Nada dramático.
—Entonces quita la mano.
—No.
Mencía miró la consola.
Había una cuenta atrás en una esquina.
MIGRATION WINDOW — 03:24:11
No era un explosivo.
No era un mecanismo secreto.
Era el tiempo que faltaba para el corte previsto de las cuatro y media.
Saúl utilizaba una pantalla normal como si fuera una amenaza.
Otra vez.
Una hora convertida en algo que parecía tener poder por sí misma.
—No puedes borrar una investigación apagando un servidor —dijo Mencía.
—No quiero borrar una investigación.
—¿Qué quieres?
—Evitar que una copia manipulada sustituya a un sistema original que nadie entiende ya.
Tomás habló sin apartar los ojos de él.
—Saúl, estás detenido. Aléjate de la consola y abre la puerta.
Saúl no lo hizo.
—¿Por qué delito?
—No voy a discutir la resolución a través de un cristal.
—Entonces tendrás que entrar.
Él ya estaba hablando por radio.
No ordenó romper el vidrio.
Pidió control del corredor de carga, corte de cualquier salida técnica y bloqueo remoto de la migración.
Saúl escuchó.
Por primera vez pareció perder una fracción de calma.
—No podéis cortar el sistema ahora.
—No vamos a cortarlo —dijo Tomás—. Vamos a impedir que tú lo controles.
Saúl miró a Lúa.
—Dime cuál.
Ella negó.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—Sé dónde encontré las referencias. No sé qué ha clonado después la policía.
—No te pregunto por la policía.
Lúa mantuvo la vista en Mencía.
—Entonces no puedo ayudarte.
Saúl apartó la mano de la consola.
Durante medio segundo, Mencía creyó que iba a abrir.
En lugar de eso, cogió una de las etiquetas impresas y la pegó sobre un soporte vacío.
BARRAL_LUA / EXPORT
Mencía sintió frío.
—¿Qué haces?
Saúl levantó el soporte.
—Documentar.
—Eso no contiene nada.
—Todavía.
Tomás dio un paso.
—Déjalo.
Saúl no obedeció.
Mencía miró las otras etiquetas.
Una decía:
ACCESO NO AUTORIZADO / NECROLÓGICAS
Otra:
MIGRACIÓN — INCIDENTE / 04:30
Demasiado limpio.
Otra historia preparada antes de que ocurriera.
—Vas a dejarla aquí —dijo Mencía.
—¿A quién?
—A Lúa.
Él sonrió sin alegría.
—No conviertas una etiqueta en una profecía.