La esquela de mañana CAPÍTULO 31 #2
91%

CAPÍTULO 31 #2

—Vas a hacer que parezca que ella intentó borrar el sistema.

Tomás no dijo nada.

Mencía siguió.

—Incidente de migración. Acceso ilegal. La autora de las esquelas dentro de la sala. Un soporte con su nombre.

Saúl apoyó el dispositivo sobre la mesa.

—Estás haciendo exactamente lo que dices haber aprendido a no hacer.

—Estoy viendo una historia demasiado preparada.

La expresión de Saúl cambió entonces.

No miedo.

Irritación.

—Todo te parece preparado ahora.

—Porque antes me gustaban demasiado las cosas preparadas.

Lúa miró hacia uno de los monitores.

—Está copiando un paquete de registros a mi usuario antiguo.

Tomás reaccionó.

—¿Puede hacerlo?

Noel respondió desde el corredor, donde había aparecido detrás de los agentes.

—No debería.

—¿Puede?

—Si conserva una autorización de servicio antigua vinculada a la migración, quizá pueda generar un trabajo con ese identificador. Eso no demostraría que Lúa lo creó.

Saúl lo miró.

—Gracias, Noel.

—No era para ayudarte.

En la pantalla apareció una barra de progreso.

Mencía no entendió qué copiaba.

No necesitaba.

La intención era visible.

No borrar primero.

Atribuir primero.

Luego borrar.

—Quieres que el sistema falle después —dijo.

Saúl la observó.

—¿Perdón?

—Dejas una exportación a nombre de Lúa. Después ocurre un incidente durante la migración. Los datos que os comprometen se pierden y queda una contratista que ya ha confesado accesos ilegales.

—Eso es una fantasía.

—Una bastante ordenada.

Saúl volvió a mirar la pantalla.

Tomás habló por radio.

—Cortad su sesión. No la alimentación. La sesión.

Noel levantó la mano.

—Espera.

—¿Qué?

—Si forzamos el cierre desde fuera mientras hay un trabajo de escritura, puede dejar el volumen inconsistente.

Saúl sonrió.

—Por fin alguien entiende.

Tomás no apartó la vista.

—Entonces no tocamos nada.

—Eso os deja conmigo —dijo Saúl.

Mencía vio la puerta de emergencia detrás de él.

El corredor de carga.

El chaleco.

La credencial de Vértice.

Una ruta de salida.

Y recordó la noche de Inés.

El cuerpo salió por una zona de carga.

El coche apareció en otro sitio.

Una salida inventada.

Una persona convertida en alguien que ya no estaba donde realmente estaba.

Saúl no necesitaba morir.

Solo necesitaba que pareciera que algo le había ocurrido dentro cuando él ya hubiera salido por otro lado.

La idea llegó completa.

Mencía no la dijo como certeza.

—¿Qué hay en el corredor de carga?

Saúl no.

Ese fue el detalle.

—¿Por qué? —preguntó Tomás.

—Porque ha traído un chaleco de Vértice y una credencial de visitante.

Saúl bajó la vista hacia la mesa.

Muy poco.

Tomás habló por radio.

—Quiero el corredor de carga cerrado ya. Identificad a todo el personal que salga de la planta. Nadie se mueve sin identificación física, no solo tarjeta.

Saúl dejó de sonreír.

Había acertado en algo.

No sabía todavía cuánto.

Lúa aprovechó el instante.

No corrió.

Solo dio dos pasos atrás.

Saúl extendió un brazo y le bloqueó el paso hacia la puerta interior.

No llegó a tocarla.

—Quédate.

Tomás cambió la voz.

—No vuelvas a moverte hacia ella.

Saúl lo miró.

—No la estoy tocando.

—No he dicho eso.

La sala quedó inmóvil.

Mencía podía oír los ventiladores detrás del vidrio.

El mismo sonido de la llamada.

No era una pista misteriosa.

Era solo el ruido del lugar donde estaba Lúa.

Eso también importaba.

A la 01:19, la barra de progreso llegó al cien por cien.

Saúl cerró una ventana.

—Ya está.

—¿Qué has hecho? —preguntó Mencía.

—Nada que no pueda deshacerse.

Noel miraba desde fuera su propio portátil.

—Ha generado una exportación bajo el identificador antiguo de Lúa.

—¿De qué?

—Registros de acceso, necrológicas y parte del paquete de recuperación.

Tomás preguntó:

—¿Los originales?

—No. Una copia de trabajo.

Mencía entendió la precisión.

Saúl no estaba destruyendo aún la verdad.

Estaba preparando la mentira que explicaría su destrucción.

—¿Y ahora? —preguntó.

Saúl miró el reloj de la consola.

01:20.

Exactamente.

El número apareció otra vez.

Mencía sintió una repulsión casi física.

—Te gustan las horas.

—A ti también.

—Ya no.

—Claro que sí. Sigues mirándolas.

Mencía no negó.

Saúl se inclinó sobre la mesa.

—A las cuatro y media este sistema cambia de manos. A las seis y veinte tú publicarás algo que creerás mejor que lo que publicaste hace catorce años. Y dentro de unos meses descubrirás que también te faltaban cosas.

—Seguro.

Saúl pareció no esperar la respuesta.

—¿Seguro?

—Seguro que me faltarán cosas.

Mencía lo miró a través del cristal.

—Por eso esta vez voy a escribir cuáles.

Saúl bajó la vista.

Tomás se acercó a la puerta interior.

—Abre.

—No.

—No tienes salida.

Saúl miró un instante hacia el corredor de carga que Tomás acababa de ordenar cerrar.

—Eso dices.

Mencía entendió entonces que Tomás tenía razón en una cosa más.

Todavía no habían terminado.

Saúl no estaba encerrado con Lúa.

Estaba esperando una ventana.

Una transición.

Un corte.

Una confusión.

La migración.

Mencía sacó el teléfono.

Tomás la vio.

—¿Qué haces?

—Lo que debería haber hecho antes de venir aquí.

Abrió el documento de la rectificación.

No lo publicó.

Todavía no.

Empezó a preparar copias fuera del periódico.

Saúl la observó desde el otro lado del vidrio.

—¿Qué haces, Mencía?

Ella no respondió.

Por primera vez en catorce años, no necesitaba que la historia estuviera terminada antes de ponerla a salvo.