La esquela de mañana CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Catorce segundos

A las ocho y cuarenta y seis de la noche, el juzgado de guardia ordenó suspender el adelanto de la migración.

No la migración.

El adelanto.

Mencía leyó la resolución dos veces porque la diferencia parecía escrita para ella.

El sistema no podía apagarse a las doce y media como había pedido Saúl. La operación prevista para las cuatro y media del lunes se mantenía, pero bajo preservación judicial y con presencia policial durante cualquier intervención sobre los servidores heredados.

—Cuatro horas —dijo Noel.

—Cuatro horas y algo —corrigió Tomás.

—No me estropees el regalo.

La sala de Sistemas llevaba todo el día iluminada como si no existiera el domingo. Dos técnicos de la unidad trabajaban junto a Noel. Lúa permanecía a cierta distancia, sin teclado delante, señalando únicamente rutas y nombres de carpetas cuando se lo pedían.

Mencía seguía mirando la resolución.

—Entonces Saúl ha perdido.

—Ha perdido el adelanto.

—Eso he dicho.

—No.

Mencía dobló la hoja.

—Empiezo a entender por qué nadie quiere darte buenas noticias.

A las nueve y doce, recuperaron la identificación histórica de otro dispositivo.

Noel no celebró.

Se limitó a levantar una mano.

—Creo que tengo algo.

Mencía se acercó.

En la pantalla había una tabla parecida a la que ya había visto con el teléfono de Inés.

Direcciones que no entendía.

Horas.

Nombres de puntos de acceso.

Noel señaló una línea.

—Este identificador pertenece al teléfono corporativo que utilizaba Saúl entonces.

—¿Seguro?

—El inventario de dispositivos de 2012 lo vincula a su usuario —respondió Noel—. Tenemos además conexiones normales de ese mismo terminal durante meses desde su despacho. La identificación es bastante sólida, aunque la unidad tendrá que autenticar todo.

Tomás se inclinó sobre la pantalla.

—Enséñame la noche.

Noel filtró.

00:16:22.

Conexión.

AP-ARCHIVO-2.

El número de la hora pesó más que cualquier nombre.

Saúl había dicho que estaba en casa.

—¿Hasta cuándo?

Noel bajó.

01:31:08.

Desconexión.

Durante una hora y cuarto, el teléfono de Saúl había permanecido asociado al punto de acceso de la planta de archivo.

La misma zona en la que seguía conectado el de Inés.

—A la una y veinte —dijo Mencía.

—Los dos —respondió Noel.

Tomás levantó una mano.

—Despacio.

Nadie hablaba deprisa.

—¿Puede quedar una sesión abierta cuando el teléfono ya se ha ido? —preguntó.

—Durante un margen corto, sí. No una hora y cuarto con renovaciones periódicas.

—¿Puede alguien llevar el teléfono de Saúl?

—Sí.

—¿Puede estar mal asociado el identificador?

—Es posible, pero tenemos meses de correspondencia con el mismo terminal y su ficha corporativa.

Tomás miró a uno de los técnicos.

El hombre asintió.

—Necesitamos preservar el original y documentar la cadena. Pero como lectura provisional, los dos dispositivos están en la planta de archivo durante la franja relevante.

Mencía dejó de mirar la pantalla.

—Entonces no estaba en casa.

—Su teléfono no estaba en casa —dijo Tomás.

Ella respiró.

—Su teléfono.

—Eso.

Lúa permanecía detrás.

No dijo nada.

Mencía agradeció que nadie utilizara la palabra culpable .

Todavía.

A las nueve y treinta y ocho, apareció el segundo elemento.

No salió de la red inalámbrica.

Estaba en la copia de comunicaciones que Lúa había rastreado durante semanas sin poder reconstruirla completa.

Noel abrió un registro de operador archivado dentro del expediente técnico de la época.

—La llamada existe —dijo.

Durante un instante, aquella confirmación pareció devolverlos a la versión antigua.

—Eso ya lo sabíamos.

—Sabíamos que había un registro de catorce segundos. Ahora tenemos el detalle original que se exportó entonces.

Tomás se acercó.

—¿Qué añade?

—Hora de establecimiento, hora de cierre y números de origen y destino. Nada de contenido.

—¿Duración?

—Catorce segundos.

—¿Contestada?

Noel leyó.

—Sí. Conexión establecida.

Mencía frunció el ceño.

—Entonces pudo haber conversación.

—Técnicamente, sí.

Ella no necesitaba la advertencia.

—Pero ambos teléfonos estaban aquí.

—Eso es lo que indican los registros de red —dijo Noel.

Mencía regresó a la pantalla.

Dos dispositivos.

Misma planta.

Catorce segundos.

Una llamada que Saúl había utilizado durante catorce años para demostrar que una mujer se encontraba fuera del periódico.

—Podía estar llamándola desde una habitación a otra —dijo.

Tomás asintió.

—Podía.

—Aunque acabara de afirmar que estaba en casa.

—Sí.

—Podía haber dejado su teléfono aquí y estar en casa.

—Podía.

—Dime una cosa que no pueda.

Tomás no sonrió.

—No puede utilizar esa llamada como prueba de que Inés estaba fuera del periódico.

Mencía volvió a mirar los registros.

Eso sí estaba cerrado.

La llamada había existido.

Lo inexistente era la función que le habían atribuido.

No demostraba una mujer caminando hacia Tadeo.

No demostraba una despedida.

No demostraba que Inés estuviera viva.

Demostraba que dos teléfonos establecieron una conexión de catorce segundos mientras ambos figuraban en la misma planta del periódico.

—Necesitamos más —dijo Tomás.

Mencía sintió una protesta.

La dejó morir antes de hablar.

—¿Qué?

—Autenticar el servidor original. Cruzar el identificador del terminal de Saúl con documentación independiente. Y saber si hay datos que sitúen físicamente a Saúl, no solo su teléfono.

Lúa habló desde detrás.

—Efrén.

Tomás se volvió.

—¿Qué?

—Efrén dijo que Saúl estaba dentro.

—Antes de la una.

—Sí.

—Y Leandro recibió su llamada a las doce cuarenta y tres.

—Sí.

—Eso lo sitúa usando un teléfono, no necesariamente en el edificio.

Lúa apretó los labios.

—Entiendo.

Mencía la miró.

Aquella semana todos estaban aprendiendo la misma lengua a golpes.

A las diez y diecisiete, Tomás recibió confirmación de que el vehículo de Saúl seguía frente a su domicilio.

Saúl no había aparecido.

Su teléfono seguía sin aportar una ubicación utilizable.

—¿Orden de detención? —preguntó Mencía.

—Estoy pidiendo una medida urgente con lo que tenemos.

—¿Por el asesinato de Inés?

—Por el conjunto. No conviertas una solicitud judicial en un titular antes de verla.

—No tengo titular.

Tomás miró su portátil.

LO QUE SABÍAMOS Y LO QUE DIJIMOS QUE SABÍAMOS

—Tienes demasiados.

A las diez y cuarenta y seis, la policía recuperó del depósito una caja que el fuego no había alcanzado.

La etiqueta exterior estaba parcialmente ennegrecida.

NEGATIVOS / I.A.

Mencía supo lo que buscaban antes de que Tomás terminara de explicarlo.

—¿COPIA_2?

—La etiqueta interna coincide.

—¿Qué hay?

—Todavía no lo sabemos.

—¿La vais a abrir aquí?

—No.

—Era una pregunta excelente.

—Y la respuesta sigue siendo no.

El hallazgo no resolvía la llamada, pero cambiaba otra cosa.

Saúl había pronunciado segunda copia antes de que ellos supieran que el índice antiguo remitía a una caja física con ese nombre.

Podía haber conocido el inventario.

Podía haberlo visto catorce años atrás.

Podía seguir siendo una coincidencia.

Mencía se obligó a escribir las tres opciones en su documento.

No solo la que quería.

A las once y veintiuno, Noel consiguió algo mejor que otra teoría.

El servidor original seguía encendido.

Bajo supervisión policial, compararon la imagen recuperada por Nexo con los volúmenes que aún conservaba la máquina.

Mencía no entendió el procedimiento.

Esta vez no pidió que se lo explicaran en castellano hasta el final.

Esperó.

Noel tardó treinta y siete minutos.

Cuando se quitó las gafas, tenía los ojos rojos.

—Coincide.

Tomás no reaccionó.

—¿Qué coincide?

—Los bloques donde están los registros inalámbricos. La imagen no los inventó después. Los datos que sitúan los dos terminales en el archivo están en el servidor preservado.

—¿Los dos?

—Inés y Saúl.

Tomás miró al técnico policial.

—¿Puedes sostenerlo?

—Con la cautela normal de un informe preliminar, sí. La adquisición forense completa llevará más, pero ya tenemos correspondencia verificable.

Mencía miró la hora.

23:58.

Habían tardado catorce años y treinta y ocho minutos en convertir la llamada más segura de la cronología en una pregunta.

Tomás salió de la sala para llamar.

Lúa se quedó junto a la pantalla.

—Mi padre no podía saber esto —dijo.

Mencía negó.

—No.

—Solo sabía que ella no llegó.

—Sí.

—Y siguió diciendo que el correo y la llamada no tenían sentido.

Mencía cerró el documento que tenía abierto.

—No porque tuviera una prueba.

—No.

—Porque estaba allí esperando.

Lúa la miró.

—Eso también era un hecho.

Mencía no encontró una defensa.

—Sí.

A las 00:07 del lunes llegó la orden judicial de detención.

Tomás regresó con la expresión de alguien que ya no necesitaba discutir la diferencia entre sospecha y actuación.

—Vamos a detener a Saúl.

Mencía sintió el cambio físico de la frase.

No queremos .

No estamos valorando .

—¿Dónde?

—Primero, domicilio y lugares de trabajo. Hay equipos en movimiento.

—No está en casa.

—Lo sabemos.

—¿Y aquí?

—El edificio está controlado.

Noel levantó la cabeza.

—La sala de migración no está en este edificio.

Mencía se volvió.

—¿Dónde está?

—El nodo físico que recibe el volcado está en el centro técnico del grupo, en la zona portuaria. Pero los servidores antiguos siguen aquí hasta el corte.

Tomás miró a Noel.

—¿Quién tiene que estar en el centro técnico esta noche?

—Equipo de Vértice. Dos personas de Sistemas. Nadie del periódico salvo si hay incidencia.

Mencía miró a Lúa.

—¿Tú?

—No.

—¿Has estado allí?

—Sí. Al principio del proyecto.

Tomás sacó el teléfono otra vez.

—Quiero un equipo allí.

A las doce y diecinueve, la caja COPIA_2 llegó a dependencias policiales.

No la abrieron delante de Mencía.

Tomás recibió una fotografía de la etiqueta interna.

Era suficiente para confirmar que la referencia física existía.

Dentro había un soporte de almacenamiento antiguo y varios sobres de negativos.

—¿De Inés? —preguntó Mencía.

—Eso parece.

—¿Qué contiene el soporte?

—No lo sé.

—¿Cuándo lo sabremos?

—Cuando lo examinen.

—Saúl sabía que había una segunda copia.

—Sabía o utilizó una expresión que coincide.

—Sí.

—Sigue siendo así.

No necesitaba que cada pista se convirtiera ya en una certeza.

Tenían otra.

La llamada.

A las doce y treinta, la migración adelantada no comenzó.

El sistema siguió encendido.

Mencía sintió una satisfacción pequeña e impropia.

—Una cuenta atrás menos.

Noel negó.

—Solo la hemos movido.

La nueva hora seguía siendo las cuatro y media.

El reloj marcaba las 00:31.

Cinco horas y cuarenta y nueve minutos para las seis y veinte.

Tomás estaba hablando por teléfono en el pasillo cuando un técnico llamó a Lúa.

—Necesito que mires una cosa del mapa antiguo —dijo—. No el sistema. Solo las etiquetas de sala.

Lúa consultó a su abogada, que seguía presente en el edificio, y después a Tomás.

Él terminó la llamada.

—¿Dónde?

—Planta técnica de este edificio. Sala de migración local —respondió Noel—. Hay un armario que en el plano actual figura como M-4 y en los inventarios viejos aparece con otro código. Ella puede saber si es el mismo.

—Va con vosotros.

—Sí.

—Y con un agente.

—Sí.

Lúa cogió su chaqueta.

Mencía la vio prepararse.

—¿Cuánto tardas?

Lúa se encogió de hombros.

—Diez minutos.

—No tienes que ir.

—Ya lo sé.

—Era por decir algo que no fuera una orden.

Lúa casi sonrió.

—Está mejorando.

Se marchó con Noel, el técnico y un agente.

Mencía volvió a su despacho.

A la una menos cuarto recibió la primera noticia de los equipos que buscaban a Saúl.

No estaba en su domicilio.

No estaba en el despacho jurídico del grupo.

No había entrado oficialmente en el centro técnico de Vértice.

—Oficialmente —repitió Mencía.

Tomás no respondió.

A las 00:52, Noel envió un mensaje.

Encontrado M-4. Era el armario antiguo. Volvemos en cinco.

Mencía siguió escribiendo.

A las 00:58 recibió otro.

No era de Noel.

Era de Lúa.

Una llamada.

Mencía contestó.

—¿Lúa?

No hubo respuesta.

Solo un sonido constante.

Bajo.

Mecánico.

Ventiladores.

Servidores.

Mencía se puso de pie.

—¿Lúa?

Nada.

Después oyó un golpe corto.

No una voz.

Un golpe contra algo metálico.

La llamada siguió abierta.

Mencía miró a Tomás.

Él ya estaba acercándose.

Ella puso el altavoz.

El ruido llenó el despacho.

Tomás no preguntó qué creía que significaba.

—¿Dónde está el agente?

Mencía negó.

No lo sabía.

Tomás llamó de inmediato.

La línea de Lúa seguía abierta.

Ventiladores.

Un zumbido eléctrico.

Luego, muy lejos, una puerta.

Mencía cerró los ojos.

No intentó rellenar el silencio.

No dijo que había oído a Saúl.

No dijo que Lúa estaba retenida.

No convirtió ruido en una historia.

Esperó.

A las 01:00, la llamada se cortó.

Tomás ya estaba corriendo hacia la planta técnica.