La esquela de mañana CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

—De la copia de Leandro. De imágenes de servidor. De materiales de Inés.

—Yo solo he mencionado ahora el respaldo.

Saúl se encogió de hombros.

—Y yo estoy intentando entender qué habéis encontrado.

—Has dicho «la segunda copia».

—Una forma de hablar.

Mencía no insistió.

No porque no importara.

Porque quería recordar exactamente cómo había sonado.

Saúl volvió a sentarse.

—Si el teléfono seguía conectado al wifi, puede significar muchas cosas.

—Sí.

—Un registro mal fechado. Un identificador reutilizado. Una sesión que no se cerró. Una imagen manipulada.

—Sí.

—O que Inés volvió.

Mencía levantó la vista.

—¿Volvió?

Saúl se quedó quieto.

—Estoy diciendo que hay explicaciones.

—¿Tú la viste volver?

—No.

—Entonces no añadas una.

Él la miró con algo parecido a desprecio.

—Ya eres Tomás.

—No. Solo estoy cansada de terminar las frases de los demás.

El teléfono de Saúl vibró en el bolsillo.

Él lo sacó, miró la pantalla y la apagó.

Mencía vio solo una notificación de Vértice.

—¿Vas a adelantar la migración?

—He pedido que se adelante.

—¿Por qué?

—Porque nuestros sistemas llevan una semana siendo utilizados como escena del crimen.

—También como prueba.

—Precisamente por eso deben aislarse.

—Tomás ha pedido preservación.

—Y la tendrá.

—¿A las doce y media?

—Si el juez no dice otra cosa.

Mencía se inclinó hacia delante.

—¿Qué pasa mañana a las seis y veinte, Saúl?

Él miró su propia esquela.

—Nada.

—¿Vas a corregir la llamada?

—No tengo nada que corregir.

—¿Vas a entregar algo?

—No.

—¿Vas a explicar por qué Efrén dice que le diste la llave de Inés?

—Ya lo he explicado a la policía.

—¿Qué explicación?

—Que miente o que confunde una conversación de hace catorce años.

—¿Y Leandro?

—Lo mismo.

Mencía dejó pasar un momento.

—Dos personas distintas recuerdan que tú les pediste fabricar dos piezas distintas de la misma cronología.

—Dos personas que necesitan reducir su culpa.

—Candela también.

—Candela necesita explicar por qué cambió un informe médico.

—Tres.

—No conviertas una suma en una prueba.

La frase hizo daño porque era correcta.

—No lo haré.

Saúl pareció decepcionado.

Quizá había esperado que discutiera.

Mencía se levantó y recogió las dos esquelas.

—Entonces hemos terminado.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿No vas a preguntarme si maté a Inés?

Mencía se detuvo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si digo que sí, negarás. Si digo que no, me explicarás por qué todo es una conspiración. Ninguna de las dos cosas añade una prueba.

Saúl la miró durante varios segundos.

—Te has vuelto muy prudente.

—Tarde.

Mencía abrió la puerta.

Tomás estaba al otro lado.

No fingió no haber escuchado.

Saúl se levantó.

—Inspector.

—Saúl.

—Supongo que ya tienes lo que querías.

—No.

—Nunca.

Saúl salió del despacho.

Mencía esperó hasta que desapareció por el pasillo.

Después cerró la puerta.

Tomás entró.

—La segunda copia.

—Sí.

—No sabemos a qué se refería.

—No.

—No lo conviertas en más.

—No.

—Eso ha dolido.

—Muchísimo.

Mencía se sentó.

—También ha dicho que estaba en casa a la una y veinte.

—Lo he oído.

—¿Tenemos cómo comprobarlo?

—Estamos trabajando en ello.

—Y ha cambiado «Inés dijo que iba a ver a Tadeo» por «no recuerdo si dijo el nombre».

—Sí.

—Catorce años tarde.

—Sí.

Mencía apoyó la frente un instante en las manos.

—Su versión es buena.

—Tiene partes buenas.

—Lúa sí amenazó. Leandro sí necesita repartir culpa. Candela sí necesita explicar su informe. Efrén está muerto. Los registros pueden necesitar autenticación.

—Todo eso es verdad.

Mencía levantó la cabeza.

—Por eso funciona.

Tomás asintió.

—Las mejores versiones falsas no están hechas solo de cosas falsas.

Mencía miró el teléfono sobre la mesa.

La grabación seguía corriendo.

La detuvo.

A las cinco y treinta y ocho, la situación de Lúa cambió.

Su abogada salió de la sala con Tomás y regresó veinte minutos después.

Mencía esperó.

No preguntó.

Fue Lúa quien se acercó después.

—Me dejan ir.

—¿Irte?

—No estoy detenida. Sigo investigada por los accesos y las amenazas. Tengo que estar localizable y mis credenciales siguen bloqueadas; no puedo entrar en ningún sistema salvo con el equipo técnico y bajo supervisión.

—¿Y te vas?

Lúa miró hacia Sistemas.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Noel cree que puedo ayudar a identificar la ruta del respaldo antes de la migración. Puedo señalar dónde vi las referencias, sin entrar yo en nada.

Mencía miró a Tomás.

—¿Eso está autorizado?

—Con un técnico delante y sin credenciales propias.

—Bien.

Lúa la observó.

—No hace falta que me vigile usted también.

—No era mi intención.

—Claro.

A las seis y siete, Noel encontró una referencia nueva.

No el respaldo.

Una ruta.

ARCHIVO_FOTO / NEGATIVOS / I.A. / COPIA_2

La expresión de Saúl regresó antes que sus palabras.

O la segunda copia.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Lúa se acercó sin tocar el teclado.

—No lo sé.

—¿Inés trabajaba con negativos físicos?

—Tadeo sí.

Mencía miró la ruta.

No era un archivo de telefonía.

Parecía un índice de material.

Noel abrió solo los metadatos.

—La referencia está en un inventario antiguo de la carpeta de Inés. No hay contenido digital asociado.

—¿Ubicación física?

—La etiqueta remite a archivo fotográfico. Parte de ese material pasó por el depósito.

Mencía recordó la nave.

Las cajas.

El fuego.

—¿Se recuperó?

Tomás llamó desde la puerta.

—Noel.

El técnico se volvió.

—Todavía no abras nada más.

—Solo estoy mirando índice.

—Pues conserva el índice.

Mencía señaló la pantalla.

—Saúl dijo «segunda copia» hace menos de dos horas.

Tomás leyó la ruta.

No cambió de expresión.

—Puede ser coincidencia.

—Sí.

—Puede haber visto esa etiqueta durante años de gestión.

—Sí.

—Puede referirse a otra cosa.

—Sí.

—Estás aprendiendo demasiado.

—Empiezo a odiarte por razones profesionales.

A las siete y veintitrés, Saúl salió del edificio.

La policía no tenía orden para impedirlo.

Tomás había pedido que lo siguieran de manera discreta.

A las siete y treinta y uno, el coche de Saúl salió del aparcamiento subterráneo.

A las siete y cuarenta y dos, uno de los agentes informó de que lo había perdido durante varios minutos en una zona de tráfico denso junto al puente.

A las siete y cincuenta y seis, el coche apareció estacionado frente a su domicilio.

Saúl no estaba dentro.

No constaba que hubiera entrado en casa.

Su teléfono dejó de actualizar ubicación poco después.

Mencía recibió la información sentada junto a Noel.

—¿Lo habéis perdido? —preguntó.

Tomás no respondió de inmediato.

—Tenemos su coche.

—No he preguntado por el coche.

—No.

—¿Y su teléfono?

—Sin datos útiles.

Lúa estaba a unos metros, repasando con un técnico las rutas antiguas del archivo.

Mencía miró hacia ella.

Tomás siguió su mirada.

—No.

—No he dicho nada.

—No hace falta.

—Si Saúl sabe que seguimos buscando…

—Lúa no está sola.

—¿Cuántos agentes?

—Mencía.

Ella se calló.

A las ocho y doce, Vértice confirmó que mantenía la solicitud de adelantar el corte a las 00:30 salvo orden judicial.

Tomás seguía esperando la resolución.

Noel continuaba trazando la ruta del respaldo.

Lúa seguía allí porque era la única que recordaba en qué imagen había visto por primera vez aquella referencia.

Y Saúl Neria, por primera vez en toda la semana, ya no estaba donde todos esperaban que estuviera.

El reloj marcaba las 20:13.

Faltaban cuatro horas y diecisiete minutos para la migración adelantada.

Y diez horas y siete minutos para las seis y veinte.

Por primera vez desde que apareció la primera esquela, no sabía qué cuenta atrás era la peligrosa.