La esquela de mañana CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Saúl Neria

A las cuatro y diez de la tarde del domingo, Saúl aceptó hablar con Mencía.

No con Tomás.

No con Lúa.

Con Mencía.

La condición no sorprendió a nadie.

—Puedes negarte —dijo Tomás.

Mencía estaba de pie junto a la puerta de su despacho.

—No quiero negarme.

—Eso tampoco me sorprende.

—¿Vas a escuchar?

—Sí.

Saúl había pedido que la conversación fuera privada. Tomás había respondido que privada no significaba fuera de una investigación abierta y que Mencía no estaba obligada a aceptar ninguna condición.

Al final, la solución fue menos dramática.

Mencía entraría sola.

Tomás permanecería fuera.

Ella dejaría el teléfono sobre la mesa con la grabadora activada.

No para conseguir una confesión.

Para no tener que discutir después qué había dicho cada uno.

—No lo provoques —dijo Tomás.

—No sé hacerlo de otra manera.

—Aprende durante veinte minutos.

Mencía abrió la puerta.

Saúl esperaba sentado frente a la ventana.

No parecía un hombre que hubiera recibido una esquela esa mañana.

Tampoco parecía un hombre tranquilo.

Parecía cansado.

La diferencia importaba.

—Cierra —dijo.

Mencía cerró.

Dejó el teléfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba.

—Está grabando.

Saúl miró el aparato.

—Por supuesto.

—Puedes irte.

—No.

Mencía se sentó frente a él.

Durante unos segundos ninguno habló.

Saúl fue el primero.

—¿Qué crees que tienes?

—No he venido a acusarte.

—Entonces Tomás te está enseñando moderación.

—Estoy intentando aprenderla por mi cuenta.

Saúl apoyó un brazo en el respaldo.

—Mencía, una mujer ha entrado ilegalmente en nuestros sistemas, ha programado necrológicas para seis personas, tres de esas personas han muerto y tú estás tratando sus archivos como si fueran una auditoría independiente.

—Lúa ha reconocido los accesos y las amenazas.

—Eso no convierte en auténtico todo lo que entrega.

—No.

—Ni convierte a su padre en inocente.

Mencía sostuvo la mirada.

—Tampoco.

Saúl pareció sorprendido.

Muy poco.

—Bien.

—Pero las piezas que sostenían la cronología contra Tadeo están cayendo una a una.

—Están siendo reinterpretadas una a una.

—Nerea no vio salir a Inés.

—Nerea murió después de ser chantajeada.

—Antes de morir admitió que no la vio.

—Bajo una amenaza.

—El grabador confirma que Nerea se marchó antes de medianoche.

Saúl no respondió.

Mencía continuó.

—Octavio cambió la hora del vídeo.

—Octavio manipuló una exportación. Eso no convierte en inocente a Tadeo.

—Candela no podía situar inicialmente la muerte después de la una.

—Y después corrigió su estimación.

—A partir de una cronología externa.

—Como hacen los profesionales cuando reciben nueva información.

—Efrén movió el coche.

Saúl mantuvo la cara inmóvil.

—Eso dice una declaración de un hombre que apareció muerto horas después.

—Y dejó la llave, el recibo del taxi y una nota.

—Una nota.

—Sí.

—Leandro fabricó el correo.

Esta vez hubo una pausa.

Saúl miró el teléfono que grababa.

—Leandro era un ladrón de información.

—También.

—¿Te ha contado eso?

—Sí.

—¿Y ahora su palabra sirve porque apunta hacia mí?

—Su palabra no. La copia de recuperación demuestra que el correo se preparó antes de la una y se programó para las 01:18.

—Demuestra que Leandro lo hizo.

—Sí.

Saúl se inclinó hacia delante.

—Entonces dime qué tienes contra mí.

Mencía no contestó enseguida.

Había esperado esa pregunta durante días.

Ahora entendía que responderla mal podía regalarle a Saúl justo lo que necesitaba: saber qué parte seguía sin demostrar.

—Tienes una esquela —dijo.

Saúl soltó una risa seca.

—También tú.

—La mía era falsa.

—Todas eran falsas.

—No me refiero a eso.

Mencía sacó una copia impresa de la suya y otra de la de Saúl.

Las dejó sobre la mesa.

—La de Lúa te da hasta mañana a las seis y veinte para corregir lo que dijiste.

—Lúa no tiene derecho a darme plazos.

—No.

—¿Entonces?

—Yo tampoco te doy un plazo.

Saúl miró las hojas.

—Pero has venido a ofrecerme una confesión.

—He venido a darte la oportunidad de corregir tu versión antes de que publiquemos cualquier cosa sobre la llamada.

—¿Qué vais a publicar?

—Lo que podamos demostrar.

—Eso no responde.

—Es la respuesta que debí darte hace catorce años a muchas preguntas.

Saúl la observó.

—Te estás construyendo una redención muy elegante.

Mencía sintió el golpe y no lo esquivó.

—Puede ser.

—Te culpas lo justo. Nunca de haber acusado a un inocente. De haber quitado matices. Es más presentable.

—No sabía que era inocente.

—Exacto. Esa es tu salida.

—No es una salida.

—Lo será cuando publiques.

Saúl señaló la portada invisible detrás de ella.

—La gran directora reconoce que cometió errores editoriales, culpa a cinco personas, unas muertas y otras mentirosas, salva a la hija del condenado y entrega al abogado del periódico como villano final. El diario sobrevive. Tú sobrevives.

Mencía lo dejó terminar.

—Esa es una historia muy cerrada.

Saúl sonrió apenas.

—Has aprendido una frase nueva.

—Y tú sigues necesitando que todo tenga una explicación única.

—Porque normalmente la tiene.

—¿Cuál es la tuya?

Él se acomodó.

—Lúa Barral lleva años buscando una manera de destruir el caso contra su padre.

—Diecisiete años tenía cuando lo detuvieron.

—Y treinta y uno ahora.

—Sigue.

—Consigue entrar en el archivo durante la migración. Encuentra versiones antiguas, contradicciones normales, errores, borradores. Construye una teoría. Después crea las esquelas para aterrorizar a quienes participaron en el caso.

—Eso lo ha admitido.

—Cuando Nerea muere, Lúa entiende que ya no necesita una confesión. Necesita que cada muerte parezca una consecuencia de una mentira antigua.

Mencía no interrumpió.

—Octavio muere. Candela casi muere. Efrén muere. Y cada vez aparecen documentos que encajan mejor con la historia de Lúa.

—¿Dices que los falsificó?

—Digo que una persona con acceso a sistemas antiguos, imágenes de servidor, metadatos y archivos digitalizados puede alterar mucho más de lo que tú entiendes.

—Los originales de Octavio estaban en una caja bancaria.

—Puede haber sabido que existían.

—Las notas de Candela estaban bajo custodia de la propia Candela.

—Y Candela estaba asustada.

—La llave de Efrén estaba en un trastero que él mismo señaló antes de morir.

Saúl se encogió de hombros.

—No necesito resolver cada pieza para señalar que el origen común es una persona que ha reconocido una campaña de amenazas.

—Eso es exactamente lo que llevamos una semana intentando no hacer.

—Y mientras intentáis no hacerlo, tres personas están muertas.

Mencía guardó silencio.

Saúl aprovechó.

—Tadeo pudo ser inocente.

La frase fue tan inesperada que Mencía tardó en reaccionar.

—¿Qué?

—He dicho que pudo ser inocente.

—Hace catorce años estabas seguro.

—Hace catorce años todos lo estábamos.

—No todos.

—La policía lo detuvo. Un juez lo procesó. Un tribunal lo condenó. Hubo recursos.

—Y una cronología contaminada.

—Eso no invalida automáticamente todo lo demás.

Mencía observó su rostro.

—¿Qué intentas decirme?

—Que estás a punto de hacer lo contrario de lo que dices haber aprendido.

—Explícamelo.

—Antes convertiste seis indicios en una historia demasiado segura. Ahora vas a convertir seis fallos de esa historia en otra demasiado segura.

Mencía pensó en Tomás detrás de la puerta.

En su forma de repetir posible , probado , todavía no .

Saúl conocía el punto exacto que podía hacerla dudar.

Porque era real.

—Por eso no he publicado que mataste a Inés.

Saúl sostuvo su mirada.

—Todavía.

—Por eso no he publicado que mataste a Nerea, Octavio o Efrén.

—Todavía.

—Por eso sigo aquí.

Saúl dejó de sonreír.

—No estás aquí para escucharme.

—Sí.

—Estás aquí para conseguir una frase que encaje.

Mencía miró el teléfono.

—Entonces no me la des.

Saúl se levantó y caminó hacia la ventana.

—Lúa ha falsificado una necrológica con mi nombre.

—La escribió antes de que muriera nadie.

—Eso solo demuestra premeditación.

—¿Premeditación de qué?

—De destruir reputaciones.

—Eso ya lo admite.

Saúl se volvió.

—¿Y Tadeo? ¿Qué le contó a su hija durante años?

—Murió hace dieciocho meses.

—Antes pudo enseñarle qué buscar. Qué versiones comparar. Qué enemigos señalar.

—Tadeo llevaba años diciendo que la cronología era falsa.

—Porque estaba condenado.

—También decía que el correo no tenía sentido.

—Porque lo perjudicaba.

Mencía sintió algo familiar.

Cada explicación era posible.

Ninguna necesitaba ser falsa para ser útil.

—¿Y Leandro? —preguntó.

—Leandro ha intentado salvarse.

—Dice que tú le pediste fabricar el correo.

—Leandro sabía que su copia lo incriminaba. Necesitaba repartir responsabilidad.

—¿Y Efrén?

—Muerto.

—Eso no responde.

—Precisamente. No puede defender lo que escribió ni explicar por qué guardó una nota con mi nombre.

—Candela está viva.

Saúl tardó medio segundo.

—Candela lleva una clínica que puede perder. Dirá lo que haga falta para separar su error de ella misma.

Mencía observó aquella pausa.

Pequeña.

Insuficiente.

—¿Y la llamada? —preguntó.

—¿Qué pasa con la llamada?

—Catorce segundos.

—Sí.

—Dijiste que hablaste con Inés.

—Hablé con Inés.

—¿Qué te dijo?

—Lo he declarado varias veces.

—Dímelo otra vez.

Saúl suspiró.

—Que se iba. Que estaba cansada. Que tenía que ver a alguien antes de volver a casa.

—¿Dijo Tadeo?

—No recuerdo si dijo el nombre.

Mencía sintió un pequeño movimiento.

—Hace catorce años dijiste que iba a reunirse con Tadeo.

—Hace catorce años reconstruí lo que entendí después.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Mencía mantuvo la voz baja.

—¿Dónde estaba ella?

—No lo sé.

—¿Dónde estabas tú?

—En casa cuando recibí la llamada.

—¿Seguro?

—Sí.

Mencía dejó que la respuesta quedara grabada.

No sabía todavía si era mentira demostrable.

Pronto quizá sí.

—¿Y por qué el teléfono de Inés seguía conectado a la red del periódico?

Saúl no reaccionó enseguida.

La pausa fue más larga que las anteriores.

—¿Eso dice Lúa?

—No he dicho quién lo dice.

—Entonces ya habéis recuperado el respaldo.

Mencía no contestó.

Saúl continuó demasiado rápido.

—O la segunda copia.

La frase pareció detenerse dentro de ella.

—¿Qué segunda copia?

Saúl la miró.

Un segundo.

Dos.

—Habéis hablado toda la semana de copias.

—De muchas cosas.