La esquela de mañana CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Seis mentiras separadas

A las nueve y cuatro del domingo, Leandro volvió a estar vivo.

No para el resto del mundo, porque el resto del mundo nunca había sabido que hubiera muerto.

Para el pequeño grupo al que Tomás había utilizado durante la operación.

Mencía recibió la noticia con menos emoción de la que habría esperado. El alivio estaba ahí, pero le llegó amortiguado por el agotamiento.

—¿Se lo has dicho ya?

—Sí.

—¿Qué ha respondido?

—Que quiere su teléfono.

—Entonces está recuperado.

Tomás cerró la carpeta que llevaba bajo el brazo.

—También ha dicho que la próxima vez diseña él el operativo.

—Eso ya es preocupante.

Lúa esperaba en la sala de reuniones con su abogada. Noel había colocado una pantalla grande al fondo y una unidad de la policía tecnológica trabajaba desde un portátil sin conexión al sistema general del periódico.

Sobre la mesa había seis hojas.

No seis personas.

Seis piezas.

Mencía se detuvo antes de sentarse.

Nerea.

Octavio.

Candela.

Efrén.

Leandro.

Saúl.

Durante catorce años los había visto como una cronología.

Durante una semana los había visto como sospechosos, víctimas, mentirosos y fuentes.

Por primera vez los vio como lo que eran en realidad.

Problemas distintos.

Tomás tomó la primera hoja.

—Vamos a quitar una idea de en medio antes de empezar.

Lúa levantó la vista.

—¿Cuál?

—Que hubo seis personas reuniéndose para fabricar una historia.

—Nunca he dicho eso.

—Mencía sí la ha escrito varias veces en borradores.

—No con esas palabras.

—Por eso he dicho borradores.

Ella no discutió.

Tomás dejó la hoja de Nerea sobre la mesa.

—Nerea mintió porque había estado con Inés, porque se llevó un grabador y porque necesitaba ocultar hasta qué punto conocía lo que Inés iba a publicar. Tenemos la grabación. Tenemos su salida antes de medianoche. Tenemos su falsa declaración de la 01:12.

Pasó a Octavio.

—Octavio modificó una exportación de vídeo. Sabemos que el archivo original marca 01:26:43 y que él lo convirtió en 01:08:43. Sabemos también que había facilitado información policial a personas vinculadas a Mirador Norte.

Candela.

—Candela estrechó una horquilla forense que inicialmente permitía una muerte anterior. Sabemos que Saúl utilizó su supuesta conversación de la 01:20 para convencerla de que su primera estimación debía estar mal.

Efrén.

—Efrén movió el coche. Saúl le dio la tarjeta y la llave de Inés. Efrén, por miedo a que salieran sus propios accesos irregulares, terminó diciendo que había sido Inés.

Leandro.

—Leandro fabricó el correo. Saúl le pidió que lo hiciera. Leandro aceptó porque Inés lo había sorprendido robando información y temía quedar expuesto.

Tomás dejó la sexta hoja intacta.

—Y Saúl sostiene que habló con Inés a la 01:20.

Lúa miró las cinco primeras.

—Eso es lo que intentaba encontrar.

—No exactamente —dijo Tomás.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué falta?

—En dos de esas piezas todavía no hemos demostrado que Saúl estuviera detrás.

Mencía supo cuáles antes de que él las señalara.

Nerea.

Octavio.

—Nerea pidió verlo cuando apareció su esquela —dijo Mencía.

—Sí.

—Y se negó a decir quién la había animado a mantener la falsa salida.

—Sí.

—Octavio dejó escrito que revisáramos quién le garantizó que el reloj estaba mal.

—Sí.

—Y llamó a Saúl cuando recibió su esquela.

—Sí.

—Todo eso hace de Saúl un nexo razonable. No convierte aún esas dos piezas en órdenes demostradas.

Lúa apoyó una mano sobre la mesa.

—No necesitaba haberles ordenado cada frase.

—Estoy de acuerdo.

—Podía haber usado lo que ya habían hecho.

—También.

—Entonces no entiendo la diferencia.

Mencía sí.

—La diferencia es la misma que yo no hice hace catorce años.

Lúa volvió la cabeza.

Mencía señaló las hojas.

—Podemos decir que Saúl aparece en el centro de varias piezas. Podemos decir que tenía relación con todos. Podemos decir que se benefició de la cronología y que en tres casos ya tenemos testigos que lo sitúan interviniendo directamente.

—Candela, Efrén y Leandro —dijo Lúa.

—Sí.

—¿Y Nerea y Octavio?

—Todavía no sabemos exactamente qué hizo con ellos.

Lúa bajó la mirada.

—Pero murieron antes de poder explicarlo.

Tomás no suavizó la respuesta.

—Sí.

Durante unos segundos nadie habló.

Una ausencia podía convertirse en una certeza con demasiada facilidad cuando uno necesitaba completar un hueco.

No volvería a hacerlo.

No con Saúl.

Ni siquiera ahora.

Noel abrió la primera reconstrucción en pantalla.

No parecía una cronología policial. Eran columnas.

QUÉ HIZO.

POR QUÉ PUDO HACERLO.

QUÉ LO PRUEBA.

Mencía recorrió las filas.

Nerea no había mentido para proteger a Octavio.

Octavio no había cambiado la hora para proteger a Candela.

Candela no había estrechado el intervalo para proteger a Efrén.

Efrén no había movido el coche para ayudar a Leandro.

Leandro no había falsificado el correo porque conociera el plan completo.

Cada uno había protegido su propio miedo.

—Eso fue lo que no vi —dijo Mencía.

Lúa la miró.

—¿Qué?

—Que la historia no necesitaba una conspiración.

Tomás se sentó frente a ella.

—Nunca la necesitó.

Mencía señaló la tabla.

—Cada mentira funcionaba sola. Por eso resultaba creíble. Nadie tenía que recordar una versión común.

Lúa asintió lentamente.

—Y cuando las ponías juntas…

No terminó.

No hacía falta.

Mencía sí.

—Parecían confirmarse unas a otras.

Nerea demostraba la salida.

Efrén demostraba el coche.

Octavio acercaba a Tadeo.

El correo demostraba una cita.

Saúl demostraba que Inés seguía viva.

Candela movía la muerte después.

Un círculo.

No una cadena.

Cada pieza confirmaba a la siguiente porque nadie miraba ya de dónde había salido la primera.

—Saúl no tuvo que inventarlo todo —dijo Mencía.

Tomás la observó.

—Eso es una hipótesis razonable.

—Tu frase favorita.

—Una de ellas.

—Pudo limitarse a saber qué necesitaba cada uno.

Lúa se inclinó hacia delante.

—Nerea necesitaba que no se supiera que estuvo allí.

—Sí.

—Octavio, que no apareciera su relación con los promotores.

—Probablemente.

—Candela, no parecer incompetente después de que todos le dijeran que su primera horquilla chocaba con los hechos.

—Sí.

—Efrén, que no salieran sus accesos.

—Sí.

—Leandro, que Inés no denunciara que robaba información.

—Sí.

Mencía miró la sexta hoja.

—Y Saúl necesitaba que Inés siguiera viva después de que él estuviera con ella.

Nadie corrigió la frase.

Tampoco nadie la convirtió en una acusación de asesinato.

Noel cambió de pantalla.

—Hay algo que tenéis que ver.

Tomás se acercó.

—¿Es el respaldo?

—Parte.

—¿Parte de qué?

—De una imagen antigua que Nexo recuperó durante la migración. Lúa encontró la referencia de comunicaciones, pero dentro hay también registros de red inalámbrica.

Lúa asintió.

—Los vi fragmentados. No conseguí reconstruirlos.

—Ahora tenemos más.

Noel abrió una secuencia de líneas con identificadores que Mencía no entendió.

—En castellano —dijo.

—El teléfono de Inés tenía un identificador conocido porque se conectaba todos los días a la red del periódico. La madrugada del asesinato aparece asociado al punto de acceso de la planta de archivo.

—¿Hasta cuándo?

Noel señaló una línea.

—Hay una sesión continua desde poco después de medianoche hasta la una y treinta y cuatro, con una renegociación breve que no cambia de punto de acceso.

La habitación pareció quedarse más quieta.

—¿A la una y veinte?

—Seguía conectado.

Lúa cerró los ojos.

Tomás no.

—¿Qué demuestra exactamente?

Noel respondió como si hubiera esperado la pregunta.

—Que, si estos registros son auténticos y corresponden al dispositivo que creemos, el teléfono de Inés seguía dentro del alcance del punto de acceso del archivo a la 01:20.

—Dentro del periódico —dijo Mencía.

—Dentro de una zona muy limitada del edificio, sí.

—Entonces la llamada era falsa.

Mencía se corrigió antes de que él hablara.

—No. Eso no.

—Bien.

—Demuestra que el teléfono no había salido con Inés.

—Si autenticamos el registro.

—Y que la llamada no puede servir para demostrar que ella había abandonado el edificio.

—Eso sí.

Lúa se acercó a la pantalla.

—Pero Saúl dijo que habló con ella.

—La llamada existió —dijo Tomás—. Catorce segundos constan en los registros del operador.

Lúa frunció el ceño.

—¿Y la conversación?

—Eso es lo que no sabemos. Ni quién tenía el teléfono de Inés, ni quién respondió al otro lado, ni si hablaron como Saúl dijo.

Mencía recordó su declaración.

Era Inés. No tengo ninguna duda.

Catorce segundos.

Ella le dijo que iba a reunirse con Tadeo.

Durante catorce años, aquella frase había bastado para mantener viva a una mujer.

Ahora solo demostraba que dos líneas telefónicas se habían conectado.

—¿El original? —preguntó Tomás.

Noel negó.

—Esto viene de una imagen de servidor generada durante una recuperación técnica. Tenemos hashes internos y metadatos coherentes, pero para convertirlo en una prueba fuerte necesitamos autenticar la imagen contra el servidor original o una copia de preservación independiente.

—¿Dónde está el servidor?

—En la infraestructura que se migra mañana.

Mencía miró a Lúa.

—¿El que se apaga?

—Sí.

—Apagar no borra nada —dijo Tomás.

—No —respondió Noel—. Pero cambia el estado del sistema y abre la ventana de intervención técnica. Si queremos documentar el entorno original antes del corte, tenemos que hacerlo antes.

Tomás sacó el teléfono.

—¿Cuánto?

—Horas, si nadie toca nada.

—Quiero preservación física y lógica.

—Ya hay preservación lógica sobre varios volúmenes. Física completa, no.

—La habrá.

Tomás salió de la sala.

Mencía siguió mirando la línea de la 01:20.

Lúa estaba a su lado.

—Mi padre estaba esperando a Inés a esa hora —dijo.

No era una pregunta.

—Sí.

—Y ella seguía en el periódico.

—Su teléfono seguía.

Lúa la miró.

Mencía sostuvo la corrección.

—Su teléfono.

Lúa asintió.

—Bien.

No sonó a aprobación.

Sonó a reconocimiento.

Mencía volvió a la tabla.

Habían desmontado ya cinco afirmaciones de la cronología.

No la hora exacta de la muerte.

No el golpe.

No el cuerpo.

Pero sí la historia que había permitido que Tadeo pareciera estar esperando a una mujer que avanzaba hacia él paso a paso.

—Hay una séptima fila —dijo Lúa.

Mencía levantó la vista.

—No.

—Sí.

Lúa señaló la pantalla.

—Nerea. Octavio. Candela. Efrén. Leandro. Saúl.

Después la miró.

—Y usted.

La abogada de Lúa se movió en la silla, pero nadie intervino.

Mencía observó las seis hojas.

—Yo no aporté una prueba falsa.

—No.

—Ni una declaración falsa.

—No.

—Ni sabía lo que habían hecho.

—No.

Lúa terminó:

—Usted hizo que dejaran de parecer seis mentiras separadas.

La frase no necesitaba defensa.

Mencía recordó el prólogo de su propia vida profesional.

No seis versiones contradiciéndose.

Una cronología.

Una portada.

Una historia que avanzaba en una sola dirección.

—Sí —dijo.

Lúa no añadió nada.

A las once y cuarenta y siete, Tomás regresó con una mala noticia que no parecía una mala noticia hasta que la explicó.

—Vértice ha recibido una solicitud para adelantar la migración definitiva.

Noel giró la silla.

—¿A cuándo?

—Esta madrugada.

—Ya era esta madrugada —dijo Mencía.

—El corte principal estaba previsto para las cuatro y media del lunes. Quieren empezar a las doce y media.

Noel se levantó.

—Eso nos quita cuatro horas.

—¿Quién lo ha pedido?

Tomás miró a Mencía.

No necesitó decirlo.

—Saúl.

Lúa dejó de mirar la pantalla.

—¿Con qué motivo?

—Incidente de seguridad, incendio en un inmueble de archivo, acceso de una contratista a sistemas no autorizados y riesgo de pérdida o manipulación de datos históricos.

Mencía casi sonrió.

—Todo es verdad.

—Sí.

—Eso es lo peor.

Tomás dejó sobre la mesa una copia del correo.

Saúl no pedía borrar nada.

No pedía eliminar servidores.

Pedía adelantar el corte, aislar los sistemas heredados y entregar el control operativo al equipo de migración del comprador.

Una decisión defendible.

Una decisión que colocaba el servidor original fuera de su estado actual cuatro horas antes.

—¿Puede hacerlo? —preguntó Mencía.

—Puede pedirlo.

—¿Y Vértice aceptarlo?

—Sí, salvo que una orden judicial lo impida.

Lúa miró a Tomás.

—¿La va a pedir?

—Ya la estoy pidiendo.

Mencía volvió al correo de Saúl.

La redacción era impecable.

Protección de datos.

Integridad de sistemas.

Seguridad corporativa.

Continuidad operativa.

No había una sola palabra que sonara a miedo.

Eso era lo que Mencía empezaba a reconocer.

Saúl no necesitaba mentir cuando podía conseguir lo mismo utilizando una razón verdadera.

Tomás recogió las seis hojas de la mesa.

—Hasta que autentiquemos el respaldo, nadie dice que la llamada es falsa.

—Diremos que ya no prueba que Inés estuviera fuera del periódico.

—No diremos nada todavía.

—Hablo de nosotros.

Tomás aceptó la precisión.

—Bien.

Mencía miró la hora.

11:56.

Faltaban más de dieciocho horas para las seis y veinte del lunes.

Pero el reloj acababa de cambiar.

La próxima cuenta atrás ya no terminaba en una esquela.

Terminaba a las doce y media de la noche, cuando alguien quería apagar el sistema que todavía podía demostrar dónde estaba el teléfono de Inés.

Con la solicitud judicial ya en marcha y varias horas por delante, Mencía comió algo y durmió casi dos horas en el sofá del despacho. Cuando volvió a levantarse, la cuenta atrás seguía allí, pero al menos podía leer una pantalla sin que las letras parecieran moverse.