La esquela de mañana CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

La falsa víctima

La primera fue falsa.

La segunda no.

En el teléfono de Saúl Neria entró una comunicación restringida según la cual Leandro Quiñones había muerto durante un traslado antes de entregar la única copia original de la sesión del correo.

En la portada de El Diario de Sendaña apareció la última esquela que Lúa Barral había escrito antes de que muriera nadie.

SAÚL NERIA

Mencía no miró a Tomás.

Miró el texto.

La fotografía era antigua, tomada en una jornada del periódico varios años atrás. Saúl aparecía de medio perfil, con la expresión de quien escucha a alguien fuera del encuadre.

Debajo estaba la fórmula.

La de verdad.

Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.

Mencía siguió leyendo.

La esquela no decía que Saúl hubiera matado a Inés.

No podía decirlo.

Por lo que Lúa había contado, no podía saberlo cuando la escribió.

Decía algo más preciso.

Será recordado también por haber convertido catorce segundos de conexión en una conversación que nadie pudo comprobar.

La frase encajó donde debía.

01:20.

La última pared.

No afirmaba qué había ocurrido durante aquellos catorce segundos.

Afirmaba qué no podían seguir dando por hecho.

Noel apareció en la puerta de su despacho.

—Publicada desde la cola heredada. Sin cambios de contenido.

—¿Referencia?

—Tiene una.

—¿La misma que viste esta noche?

—Sí. Comunicaciones.

Tomás miró el reloj.

06:21.

—Ahora esperamos.

Mencía volvió a leer el texto.

—¿Qué información ha recibido Saúl?

—No necesitas saberla.

—Ya sé que Leandro está muerto operativamente.

—Eso es suficiente.

—¿Le habéis dicho dónde está la copia?

Tomás tardó medio segundo.

—Le ha llegado una variante según la cual la entrega se interrumpió antes de que el soporte pudiera incorporarse formalmente a custodia y que podría seguir dentro del entorno técnico heredado del periódico.

—Eso es bastante concreto.

—No dice sala, armario, volumen ni etiqueta.

Mencía entendió.

—Queréis ver cuánto completa él.

—Sí.

—¿Y a los demás?

—Detalles distintos.

—No me los vas a contar.

—Empiezas a conocerme.

A las 06:23 llamó Saúl.

Mencía vio el nombre en la pantalla.

Tomás levantó una mano.

No para impedirle contestar.

Para recordarle que no sabía nada.

Mencía atendió.

—Saúl.

—¿Es verdad lo de Leandro?

No preguntó por su propia esquela.

—No tengo información confirmada sobre Leandro.

—Me acaban de comunicar que ha muerto durante un traslado.

—Entonces sabes más que yo.

Saúl guardó silencio.

—¿Dónde estás? —preguntó.

—En el periódico.

—¿Con Tomás?

Mencía miró al inspector.

—Con gente.

—He visto mi esquela.

—También yo.

—Lúa.

No era una pregunta.

—Ha reconocido que escribió las auténticas.

—¿Y ahora decide acusarme públicamente de falsificar una llamada?

—El texto estaba preparado antes del lunes.

Saúl exhaló.

—Eso no lo hace cierto.

—No.

—¿Qué tiene la policía?

—Pregúntaselo a la policía.

—Mencía, soy el director jurídico de una empresa cuyos servidores están intervenidos, una excontratista ha usado nuestros sistemas para extorsionar a empleados y ahora un exeditor supuestamente ha muerto durante una operación relacionada con una copia de esos servidores.

Necesito saber qué datos siguen fuera de custodia.

La frase podía haber sido escrita por un abogado que hacía su trabajo.

Casi.

—Has dicho «copia de esos servidores».

—Es lo que llevaba buscando Lúa desde el principio.

—No exactamente.

—Sabes a qué me refiero.

Mencía dejó que el silencio durara.

—¿Vas a venir?

—Sí.

—¿Por tu esquela?

—Por el periódico.

Colgó.

Tomás miró la hora de la llamada.

—Tres minutos.

—¿Qué?

—Ha tardado tres minutos desde recibir la comunicación restringida hasta llamarte.

—Podría ser normal.

—Sí.

Mencía se sentó.

—Odio cuando dices eso.

—No tanto como cuando no lo digo.

A las 06:27 Noel recibió una alerta de permisos.

No fue espectacular.

Una línea amarilla apareció en su monitor y él levantó la cabeza.

—Tenemos movimiento.

Tomás cruzó la redacción.

Mencía lo siguió hasta la mesa de Sistemas.

—¿Qué?

Noel señaló la pantalla.

Una credencial corporativa asociada al área jurídica había solicitado acceso al repositorio de recuperación del sistema antiguo.

LEGACY_RECOVERY

—¿Usuario? —preguntó Tomás.

—La credencial personal de Saúl.

Mencía sintió una presión breve en el pecho.

—¿Puede entrar normalmente?

—Puede consultar inventario y solicitar preservación. Desde que la policía pidió preservar los accesos, no puede abrir volúmenes sin una validación específica.

—¿Qué ha consultado?

Noel abrió el detalle.

Primero, el índice general.

Después una subruta.

SESIONES_EDITORIALES / 2012

Luego otra.

RECUPERACIÓN_NOCTURNA

Mencía miró a Noel.

—¿Ahí estaría una copia como la de Leandro?

—Ahí podría estar una recuperación automática antigua si hubiera quedado en el servidor.

—¿Se lo dijisteis?

Tomás negó.

—Su variante solo hablaba del entorno técnico heredado.

—Puede deducirlo.

—Sí.

Noel continuó.

La credencial había intentado abrir un volumen concreto.

VOL-RN03

El acceso fue denegado por el bloqueo de preservación.

Tomás preguntó:

—¿Qué hay en RN03?

Noel no respondió de inmediato.

Miró primero al técnico de la unidad, que asintió.

—El señuelo.

Mencía regresó a la pantalla.

—¿Ese nombre aparece en algún documento que haya visto Saúl?

—No en la información que le hemos dado esta mañana —dijo Tomás.

—Pero puede conocer la arquitectura antigua.

—Era abogado, no administrador —respondió Noel—. Aunque durante la migración ha tenido acceso a inventarios.

—Entonces puede haberlo visto.

Tomás asintió.

—Puede.

Mencía dejó escapar aire.

Otra vez la palabra correcta.

No prueba.

Movimiento.

—¿Qué hace ahora?

Noel observó el registro.

—Ha solicitado una excepción de acceso por «riesgo de pérdida de evidencia corporativa».

—Eso es casi razonable.

—Es completamente razonable si no sabes que el soporte es un señuelo —dijo Tomás.

—Y completamente útil si sí lo sabes.

—También.

La excepción quedó pendiente.

Noel no la aprobó.

A las 06:31 llegó una llamada interna a Sistemas.

Noel activó el altavoz después de indicárselo a Tomás.

La voz de Saúl llenó la mesa.

—Necesito que abras RN03.

Mencía miró a Tomás.

No «el archivo antiguo».

No «la recuperación».

RN03.

Noel respondió con naturalidad.

—Está bloqueado por la medida de preservación.

—Por eso te llamo. La información que me ha llegado indica que puede haber material no incorporado a cadena.

—Tendrás que hablar con el inspector.

—No tenemos tiempo.

—¿Por qué?

Saúl tardó muy poco.

—Porque si la copia de Quiñones está ahí y la migración automática toca el volumen, podemos perder metadatos.

Noel miró la pantalla.

—La migración está suspendida.

—Los servicios internos siguen activos.

—No ese volumen.

—¿Puedes preservarlo al menos sin abrir?

—Ya está preservado.

Saúl colgó.

Nadie habló durante varios segundos.

Mencía fue la primera.

—¿Le dijisteis RN03?

—No —dijo Tomás.

—¿Le dijisteis que la copia podía perder metadatos?

—No.

—Eso sí es algo.

—Es conocimiento específico.

—¿Suficiente para detenerlo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque puede alegar que conoce el inventario de migración, que dedujo el tipo de volumen y que actúa como responsable jurídico para preservar información de la empresa.

—¿Y tú le creerías?

—No es la pregunta.

Mencía apretó los labios.

—Ya.

La pregunta era si podían demostrar que mentía.

A las 06:38, la credencial de Saúl intentó abrir la puerta del archivo técnico del edificio.

No estaba en la redacción.

Había entrado por el garaje.

Mencía solo lo supo porque el registro de seguridad apareció en la misma pantalla.

ACCESO DENEGADO — ZONA PRESERVADA.

Tomás habló por teléfono con uno de los agentes situados en el pasillo técnico.

—No lo interceptéis. Que pregunte.

—Está en el edificio.

—Sí.

—Y va directamente allí.

—Sí.

—¿No debería venir primero a su despacho, a verme, a preguntar por su esquela?

—No puedo decidir por él qué sería una reacción normal.

Mencía dejó de mirar la pantalla.

—Tú también disfrutas un poco.

—Nada.

Saúl llamó a Noel desde el pasillo.

Esta vez no hubo altavoz.

Noel escuchó y respondió:

—No puedo abrirte. La zona está bajo control policial.

Pausa.

—No, tampoco con autorización de Vértice.

Otra pausa.

—Habla con Tomás.

Colgó.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Mencía.

—Que tiene obligación de comprobar qué datos corporativos están comprometidos y que no entiende por qué un volumen de sesiones editoriales está inmovilizado por una muerte durante un traslado.

Tomás miró a Noel.

—¿Ha mencionado a Leandro?

—No por nombre. Ha dicho «la copia».

Mencía sintió la repetición.

La copia de telefonía.

La copia.

Cada sustantivo parecía saber demasiado y, sin embargo, seguía existiendo una explicación.

—Voy a verlo —dijo.

Tomás negó.

—No.

—Está a veinte metros.

—Precisamente.

—No voy a preguntarle por RN03.

—Precisamente por eso no.

—No confías en mí.

—Confío en que vas a intentar leerle la cara y luego convertirás un movimiento de ceja en una teoría.

—No publicaría eso.

—No he dicho que lo publiques.

Mencía se quedó.

A las 06:45, Saúl abandonó el pasillo técnico y subió a su despacho.

Tomás esperó dos minutos antes de ir a verlo.

Mencía no estuvo presente.

Eso le pareció intolerable durante los primeros treinta segundos.

Después abrió la esquela de Saúl otra vez.

No necesitaba estar en todas las habitaciones.

La frase seguía allí.

Será recordado también por haber convertido catorce segundos de conexión en una conversación que nadie pudo comprobar.

Debajo, la condición.

Antes de las 06:20 de mañana podrá corregir lo que dejó escrito.

Veintitrés horas y treinta y cinco minutos.

Lúa había dado a Saúl un día para corregir la última pieza.

Saúl, en cambio, había tardado siete minutos en buscar un volumen técnico después de creer que Leandro estaba muerto.

A las 07:02 Tomás regresó.

—¿Y?

—Está enfadado.

—Eso puedo deducirlo sin placa.

—Dice que su intento de acceso tiene una explicación jurídica y técnica.

—La tiene.

—Sí.

—¿Le has preguntado cómo sabía RN03?

—Sí.

—¿Qué ha dicho?

—Que revisó el inventario de migración hace semanas y recuerda que las recuperaciones de sesiones nocturnas estaban concentradas en ese volumen.

Mencía tardó un instante.

—¿Es verdad?

—Noel está comprobando si recibió ese inventario.

—¿Y si lo recibió?

—Su explicación mejora.

—¿Y si no?

—Empeora.

Mencía se dejó caer en una silla.

—Qué emocionante es la justicia.

—No trabajamos para entretenerte.

—Se nota.

Tomás dejó una carpeta sobre la mesa.

—Hay otra cosa.

—¿Leandro?

—Sigue vivo.

—Gracias por la actualización.

—La variante que recibió Saúl no mencionaba RN03. La que recibió otra persona hablaba de una caja física. Otra, de una copia pendiente en la unidad tecnológica. Ninguno ha hecho nada.

—Saúl sí.

—Sí.

—Entonces la información salió por su circuito.

—La información sobre la muerte falsa, seguro. Se la enviamos nosotros.

—Sabes a qué me refiero.

Tomás asintió.

—Lo que estamos midiendo no es si supo que Leandro había muerto. Es qué hizo con esa información.

Mencía volvió a mirar la esquela.

—Buscó la prueba.

—Buscó un lugar donde creía que podía estar.

—Exactamente después de que el hombre que podía explicarla supuestamente muriera.

—Sí.

—Y sin preguntar si su muerte era real.

Tomás tardó.

—Te llamó para preguntarlo.

—Y tres minutos después estaba entrando al repositorio.

—Sí.

Mencía apoyó los dedos sobre la mesa.

—¿Leandro sabe que se movió?

—Todavía no.

—Se va a poner insoportable.

—Más.

A las 07:18, Noel apareció con el inventario de migración.

—Saúl recibió una copia.

Algo se desinfló.

—Entonces sabía RN03.

—No exactamente.

Noel dejó el documento abierto.

El inventario enviado al área jurídica listaba bloques generales.

Volúmenes de recuperación: RN01–RN05.

No detallaba qué había en cada uno.

—La asignación de sesiones editoriales nocturnas a RN03 solo está en el inventario técnico —dijo.

—¿Quién tenía ese inventario? —preguntó Tomás.

—Sistemas, Vértice técnico, Nexo durante una fase del proyecto y el principal de servicio de migración.

—¿Saúl podía llegar a él por sus permisos?

—Sí.

—¿Consta que lo consultara?

Noel abrió otra búsqueda.

—Estoy mirando.

Mencía respiró despacio.

No iban a obtener una confesión de cada clic.

No necesitaban.

La operación no se había diseñado para demostrar el asesinato.

Solo para ver si Saúl se movía hacia una prueba que creía desprotegida.

Y se había movido.

A las 07:31 llegó la respuesta.

Noel la leyó en silencio.

—Hay consultas al inventario técnico desde el área jurídica durante la preparación de la migración.

—Entonces otra explicación posible.

—Sí.

Tomás no parecía decepcionado.

—Pero ahora sabemos qué prioriza bajo presión.

—Una copia de una sesión de hace catorce años.

—Exacto.

—Antes que su propia esquela.

—Eso es interpretación.

—Déjame una.

Tomás no contestó.

A las ocho menos diez, Mencía recibió un mensaje desde un número desconocido.

No era Lúa.

No era Leandro.

Era Saúl.

Necesito hablar contigo sin Tomás. Hoy.

Mencía enseñó la pantalla.

Tomás leyó.

—No respondas todavía.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber si te llama.

El teléfono sonó cuatro segundos después.

Saúl.

Mencía contestó.

—Sí.

—Quiero que bajes a mi despacho.

—Estoy trabajando.

—Esto no puede esperar.

—¿Tiene que ver con tu esquela?

—Tiene que ver con todo lo que estás a punto de publicar.

—No estoy a punto de publicar nada.

—Entonces todavía estamos a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

Saúl bajó la voz.

—De no destruir este periódico intentando corregir una historia de hace catorce años con pruebas robadas por la hija de un condenado y declaraciones de gente aterrorizada.

Aquella frase abría un problema nuevo.

—Hablaré contigo.

Tomás negó con la cabeza.

Mencía añadió:

—Cuando Tomás diga que puedo.

Saúl colgó.

—Eso le va a gustar —dijo Mencía.

—Muchísimo.

A las ocho y doce, uno de los agentes entró y entregó a Tomás una hoja.

El inspector la leyó.

Después miró a Mencía.

—Leandro quiere saber si ya puede resucitar.

—Dile que todavía no.

—Eso he hecho.

—¿Qué ha contestado?

Tomás dobló la hoja.

—Que la próxima vez fingimos tu muerte.

Mencía sonrió.

—Ya lo intentaron.

La sonrisa duró poco.

Sobre la pantalla seguía la esquela de Saúl.

Ahora sabía algo que una hora antes no sabía.

La falsa víctima había cumplido su función.

Leandro seguía vivo.

La reacción de Saúl solo encajaba con una conclusión: creía que había muerto.

Y en cuanto dio por desaparecida la voz capaz de explicar el correo, buscó la copia que podía seguir hablando por él.