CAPÍTULO 26 #2
No la dijo.
—Tú también.
A medianoche, Mencía regresó al periódico.
Tomás había querido enviarla a casa.
Ella había preguntado para qué.
Él no encontró una respuesta que no implicara dormir.
No durmió.
Trabajó.
No en una noticia sobre Leandro.
En la pieza de corrección que todavía no podía publicar.
Abrió un documento nuevo y escribió un título provisional:
LO QUE SABÍAMOS Y LO QUE DIJIMOS QUE SABÍAMOS
Debajo, seis apartados.
Nerea.
Octavio.
Candela.
Efrén.
Leandro.
Saúl.
Se detuvo ante el último nombre.
Todavía no tenía derecho a escribirlo como mentira.
Lo cambió por:
LA LLAMADA DE LA 01:20
Mejor.
A la una y cuarto, Tomás le informó de que Leandro estaba ya en la segunda ubicación.
—¿Está bien?
—Está enfadado porque no tiene teléfono.
—Entonces está bien.
—Eso he pensado.
—¿Cuándo empieza el señuelo?
—Ya está preparado.
—¿Dónde?
—No.
—Tenía que intentarlo.
A las dos y ocho, Noel apareció con dos cafés.
—¿Tú también estás detenido aquí?
—No.
—Entonces eres peor que nosotros.
Noel dejó uno sobre la mesa.
—La cola de Saúl sigue intacta.
Mencía dejó de escribir.
—¿Se ha modificado?
—No desde que Lúa la creó.
—¿Seguro?
—Contenido, no. Los metadatos de traslado sí cambiaron el lunes con los demás. Pero el texto original no se ha tocado.
—¿Puedes verlo?
—Ahora sí. La unidad ha preparado una copia de análisis para trabajar sin tocar el original.
Mencía miró hacia la puerta.
—¿Lo has leído?
—No entero.
—¿Por qué?
—Porque Tomás me ha pedido que no te lo enseñe hasta la publicación.
—Empiezo a pensar que disfruta.
—Muchísimo.
Mencía abrió el café.
—¿La fórmula es la misma?
—Sí.
—¿Referencia de corrección?
—Sí.
—¿Telefonía?
Noel dudó.
—La referencia apunta a un volumen de respaldo de comunicaciones. No puedo decir más todavía.
Mencía no preguntó.
La llamada seguía siendo la última pared.
Si caía, la cronología que había publicado catorce años atrás dejaba de tener una sola pieza sólida que situara a Inés fuera del periódico después de la medianoche.
Pero aún no sabía qué había ocurrido dentro.
No sabía quién la había golpeado.
No sabía cómo había salido el cuerpo.
No sabía quién había utilizado su teléfono.
Saber que una historia era falsa no equivalía todavía a conocer la verdadera.
A las tres y cincuenta, Tomás regresó.
Parecía llevar despierto varios días.
—Cambio.
—¿Qué?
—La información falsa no saldrá exactamente igual para todos.
—Eso ya me lo dijiste.
—A ti no te va a llegar ninguna.
—¿Por qué?
—Porque no necesitas saberla para cumplir tu parte.
—¿Qué parte?
—No publicar nada.
—Es una parte muy exigente.
Tomás se sentó.
—Y porque si Saúl te llama después de las seis y veinte, necesito que no puedas confirmar ni negar detalles operativos.
—Puedo decir que no sé.
—Exacto.
—Eso empieza a gustarme menos.
—Buena señal.
Mencía cerró el portátil.
—¿Qué esperas que haga?
—No lo sé.
—Pero has preparado una copia señuelo.
—Sí.
—Y distintas versiones sobre dónde está.
—Sí.
—¿Una de ellas le llegará a Saúl?
Tomás no respondió.
Mencía no necesitó más.
—Si va a por ella, lo seguís.
—Sí.
—No lo detenéis todavía.
—Depende de lo que haga.
—¿Y si descubre la trampa?
—Entonces sabremos algo diferente.
El reloj marcaba las 03:57.
—¿Leandro sabe que la esquela de Saúl va a salir a las seis y veinte?
—Sí.
—¿Está despierto?
—Probablemente.
—¿Puedo hablar con él?
—No.
—¿Por qué?
—Porque está muerto.
Tomás tardó medio segundo.
—Operativamente.
—No vuelvas a hacer eso.
—Necesitaba saber si funcionaba.
—No ha funcionado.
—Has puesto cara.
—De querer echarte del despacho.
—Cuenta.
A las cinco y veinte, la redacción empezó a llenarse.
En la redacción, nadie sabía qué estaba ocurriendo con Leandro.
Mencía había dado una única instrucción: no publicar rumores sobre su estado, no llamar a familiares, no reproducir ninguna información no confirmada.
Una agencia preguntó si El Diario podía confirmar que el antiguo editor estaba bajo protección.
La respuesta fue:
No comentamos dispositivos policiales.
Saúl no había llamado.
Eso empezó a inquietarla más que si lo hubiera hecho.
A las cinco y cuarenta y seis, Noel informó de que la cola heredada preparaba el renderizado del último trabajo.
—Sin cambios.
—¿Hora?
—06:20.
Mencía miró la portada vacía donde aparecería.
—¿Y Leandro?
—Nada.
—No preguntes.
—No estaba preguntando.
A las seis menos doce, Tomás entró en el despacho.
No cerró la puerta.
—Empieza.
Mencía se puso de pie.
—¿Qué empieza?
—El traslado de la información.
No añadió detalles.
El reloj marcaba las 05:48.
En algún lugar de Sendaña, Leandro Quiñones seguía vivo mientras un grupo muy pequeño de personas empezaba a recibir la noticia de que no.
Por primera vez en una semana, la hora de las seis y veinte no pertenecía al asesino.
Tomás había decidido utilizarla en su contra.
A las seis y dieciocho, Mencía seguía mirando el teléfono.
Nada.
—¿Ya lo sabe? —preguntó.
Tomás no respondió.
06:19.
Noel apareció en la puerta.
—La esquela está lista.
Mencía sintió el pulso en las manos.
—¿Nombre?
Noel no necesitó contestar.
Los tres lo sabían.
En otro lugar, Leandro había aceptado desaparecer.
En el periódico, el último trabajo que Lúa había escrito antes de que muriera nadie esperaba su hora.
Mencía miró el reloj.
Quedaba un minuto para que Saúl Neria leyera su propia esquela.