La esquela de mañana CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Leandro acepta morir

Leandro tardó once minutos en decir que no.

No necesitó más.

—Ni hablar.

Tomás no discutió.

Eso pareció irritarlo más.

—¿Ya está?

—No.

—Pues no pongas esa cara de haber terminado.

—No he terminado. Estoy esperando a que me expliques qué parte te parece imposible.

Leandro miró a Mencía.

—¿Tú sabías que iba a proponer esto?

—Sabía que quería montar una operación. No sabía los detalles.

—Y has venido.

—Porque tú pediste que estuviera.

Leandro se recostó en la silla.

Su abogado permanecía a su lado. Habían cambiado de sala después de la verificación inicial del disco. No había ventanas y el reloj de la pared marcaba las siete y treinta y seis.

—No voy a fingir mi muerte —dijo Leandro.

Tomás apoyó las manos sobre la mesa.

—No te he pedido que finjas nada públicamente.

—Has dicho que todo el mundo crea que estoy muerto.

—He dicho que vamos a hablar de cómo conseguirlo.

—Eso sigue pareciéndose bastante.

Tomás respiró.

—El periódico no va a publicar tu muerte. No habrá certificado falso, ni comunicación a tu familia, ni registro administrativo inventado. No voy a crear una defunción.

—Qué tranquilizador.

—Voy a hacer llegar una información operativa falsa a un grupo muy reducido de personas.

Leandro levantó la vista.

—¿Qué información?

—Que durante un traslado has sufrido una emergencia médica y has muerto antes de poder entregar la copia original.

—¿Y quién va a recibir eso?

—Solo quien necesite recibirlo para que podamos observar qué hace después.

—Saúl.

Tomás no contestó de inmediato.

—Entre otros.

—Entonces es para Saúl.

—Es para quien esté intentando recuperar las pruebas antes de que podamos cerrarlas.

Leandro soltó una risa breve.

—Siempre has hablado así de pequeño.

—Déjalo.

—No, me gusta. Hace que parezca que quizá tenemos tres asesinos escondidos detrás de una cortina.

Tomás no reaccionó.

—Tenemos una persona que conocía lo que guardaban Nerea, Octavio, Efrén y ahora tú. Tenemos a Saúl vinculado a varias de esas piezas. Y tenemos pruebas que todavía necesitan autenticación. No necesito llamarlo asesino para querer saber qué hace si cree que tu copia sigue suelta.

Leandro dejó de sonreír.

—¿Qué copia?

Tomás abrió una carpeta.

—Prepararemos un soporte señuelo.

—¿Con qué?

—Una duplicación controlada. No contendrá nada que pueda comprometer la copia bajo custodia, pero tendrá apariencia suficiente para que alguien que la busque crea que es el original.

—¿Y dónde lo vais a dejar?

—En un lugar vigilado.

—Eso no responde.

—Porque todavía no necesito que lo sepas.

Leandro miró a su abogado.

El hombre hizo una pregunta breve sobre los riesgos de la operación. Tomás respondió que Leandro permanecería bajo protección en una ubicación distinta, sin exposición física y sin contacto con el dispositivo señuelo.

—¿Y a las seis y veinte qué pasa? —preguntó Leandro.

—La información restringida saldrá a esa hora.

—Claro.

—Es cuando quien sigue las esquelas espera un resultado.

Leandro miró el reloj de la pared.

—También es cuando sale la de Saúl.

Mencía se volvió hacia él.

—¿Cómo sabes que sale mañana?

Leandro pareció darse cuenta tarde.

—Porque Lúa ha dicho que era el sexto.

—No ha dicho cuándo.

—Lo habéis dicho vosotros.

Tomás negó.

—Aquí no.

Leandro se quedó quieto.

Mencía sintió el pequeño desplazamiento de una sospecha, pero no hacia él.

—Saúl te lo dijo —dijo.

Leandro no respondió.

Su abogado intervino.

—Mi cliente no va a contestar a esa pregunta fuera del objeto por el que hemos venido.

Tomás asintió.

—De acuerdo.

Mencía no insistió.

Pero Leandro terminó haciéndolo.

—Esta mañana, cuando pedí verlo, me llamó.

Tomás levantó la cabeza.

—¿Saúl?

—Sí.

—¿Desde qué número?

—El suyo.

—¿Qué dijo?

El abogado de Leandro se inclinó hacia él, pero no lo detuvo.

—Que no fuera al periódico. Que había entendido lo que Lúa estaba haciendo y que si yo tenía algo antiguo, lo destruyera antes del domingo.

La palabra quedó suspendida.

—¿Dijo domingo?

—Sí.

—¿Por qué?

—No me lo explicó.

Tomás tomó nota.

—¿Y usted no se lo preguntó?

—Le dije que no sabía de qué hablaba.

—¿Le creyó?

—No.

—¿Por eso fue al guardamuebles?

—Sí.

Saúl conocía el domingo antes de que el sexto trabajo hubiera aparecido.

Podía haberlo deducido de la estructura.

Podía habérselo dicho Lúa en algún momento que aún no conocían.

Podía haber visto la cola.

No era una prueba.

Pero ya no era solo el sustantivo telefonía .

—Necesito el registro de esa llamada —dijo Tomás.

—Lo tendrás.

Leandro volvió a mirar el plan.

—Aun así, no.

—¿Por qué? —preguntó Mencía.

Él se giró hacia ella.

—Porque llevo catorce años intentando que nadie sepa exactamente lo que hice.

En doce horas voy a declarar, quizá me imputen, quizá pierda el trabajo, quizá todo el país lea mi nombre junto a un correo falso.

Y ahora queréis añadir que durante unas horas unas cuantas personas crean que estoy muerto.

—Solo las necesarias.

—No me ayuda.

Mencía entendió entonces que no era la muerte lo que le preocupaba.

Era perder otra vez el control del relato.

—Quieres decidir tú cómo se cuenta —dijo.

Leandro la miró.

La frase del mensaje de Lúa regresó a la habitación.

Después ya no podrás decidir cómo se cuenta.

—Sí —dijo él—. Por una vez.

Mencía apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Entonces decide.

—¿Qué?

—No aceptes porque Tomás te diga que es lo mejor. Decide qué quieres conseguir.

Leandro frunció el ceño.

—Quiero salir vivo.

—Eso ya está en el plan.

—Quiero que no parezca que yo maté a Inés.

—Nadie ha dicho eso.

—Todavía.

Mencía guardó silencio.

—Y quiero que se sepa que Saúl me llamó —continuó Leandro—. Que yo hice el correo, sí. Pero porque él me lo pidió.

Tomás intervino.

—Tu declaración ya está recogida.

—Una declaración no basta.

—No.

—El disco no lo demuestra.

—No solo.

Leandro miró al inspector.

—Entonces necesitas que se mueva.

Tomás asintió.

—Necesito ver qué hace cuando cree que ya no puedes contar nada más y que la única copia utilizable sigue fuera de custodia.

—¿Y si no hace nada?

—Entonces no hace nada.

—¿Y todo esto no sirve?

—Servirá para no inventar una conclusión.

Mencía sonrió sin alegría.

—Te va a caer bien.

Leandro ignoró el comentario.

—¿Qué tendría que hacer yo?

—Desaparecer durante unas horas —dijo Tomás—. Dejar que te traslademos a un lugar seguro. Nada más.

—¿Sin teléfono?

—Sin teléfono.

—¿Sin contactar con nadie?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que termine la operación o yo considere que el riesgo ha pasado.

Leandro miró a su abogado.

—¿Y si alguien filtra que estoy muerto de verdad?

—No habrá comunicación oficial —dijo Tomás—. Y el número de personas que recibirán la información será mínimo y trazable.

—¿Trazable cómo?

Tomás tardó un segundo.

—Cada receptor recibirá una versión ligeramente distinta sobre dónde quedó la supuesta copia.

Mencía levantó la vista.

Eso no se lo había contado.

—¿Diferentes lugares?

—Diferentes detalles.

—¿Para saber por dónde sale?

—Para saber qué circuito se mueve.

Leandro se quedó mirando la mesa.

—Eso sí me gusta.

—No tienes que disfrutarlo.

—Déjame algo.

A las ocho y cuatro aceptó.

No con una frase solemne.

—Vale —dijo—. Pero si aparezco muerto de verdad, pienso denunciaros.

Tomás anotó algo.

—Me parece razonable.

Mencía soltó aire.

Leandro la miró.

—Y tú no publicas nada.

—Nada.

—Ni insinuaciones.

—Nada.

—Ni «fuentes próximas a la investigación».

—Leandro.

—Te conozco.

Mencía sostuvo su mirada.

—No voy a publicar una muerte que no ha ocurrido.

Él asintió.

—Eso quería oír.

A las nueve y diez, el operativo ya tenía forma.

Mencía solo conocía la parte que Tomás consideraba necesaria.

Leandro sería trasladado durante la madrugada desde la dependencia donde se encontraba a una segunda ubicación segura. El movimiento sería real.

La emergencia médica sería falsa.

A las 06:20, una comunicación restringida informaría de que no había sobrevivido.

La copia original permanecería bajo custodia.

El soporte señuelo se colocaría en un archivo técnico vinculado al antiguo sistema del periódico, dentro de una zona preservada y vigilada.

—¿Por qué allí? —preguntó Mencía.

—Porque encaja con lo que Leandro ha contado —dijo Tomás—. Que su copia procedía de una recuperación del servidor antiguo y que alguien podía haberla dejado pendiente de incorporación a la diligencia.

—¿Y Saúl tiene acceso?

—Saúl tiene vías para intentar conseguirlo.

—No es lo mismo.

—Precisamente.

Tomás no explicó cuáles.

Mencía no insistió.

Había cosas que no necesitaba saber para poder escribirlas después.

A las diez y media, Lúa pidió hablar con Mencía.

Tomás permitió cinco minutos con su abogada presente.

Lúa estaba agotada.

—Leandro ha confesado —dijo Mencía.

Lúa levantó la vista.

—Mi abogada me ha dicho que la policía ha modificado mi situación y que ya no soy el único eje de la investigación. No me ha contado el contenido.

—El correo era falso.

Lúa cerró los ojos.

No celebró nada.

—Entonces era eso.

—¿La copia?

—La referencia.

—No es lo mismo.

—No.

En otra semana, aquella conversación habría sido imposible.

—¿Le enviaste a Leandro el mensaje sobre la copia esta mañana?

—Estaba programado desde antes del lunes.

—¿Y el de Saúl?

Lúa abrió los ojos.

—También.

—¿A qué hora sale?

La abogada de Lúa miró a su clienta.

Lúa respondió.

—Mañana a las seis y veinte.

Una sospecha se convirtió al menos en conocimiento compartido.

—Saúl le dijo a Leandro esta mañana que destruyera cualquier cosa antigua antes del domingo.

Lúa permaneció inmóvil.

—No se lo dije yo.

—No he dicho que lo hicieras.

—Lo está pensando.

—Estoy intentando no hacerlo.

Lúa bajó la voz.

—Él vio la cola.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Puede verla ahora?

—La copia administrativa, sí, si conserva el nivel de acceso que tenía durante la migración.

—Eso tampoco demuestra que la haya abierto.

—No.

La respuesta correcta empezaba a cansarla.

—Tomás va a tenderle una trampa.

Lúa la miró.

—No debería contármelo.

—No te estoy contando cómo.

—Sigue sin ser buena idea.

—Probablemente.

Lúa dejó pasar un momento.

—Tenga cuidado.

Mencía sintió una reacción antigua.

No necesito que me protejas.

La voz de Inés en el grabador.