La esquela de mañana CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

—Tú querías que el correo fuera de Inés —continuó—. Yo firmé que no había anomalías y tú dejaste de preguntar.

—Sí.

—Te habría bastado con insistir.

Mencía negó lentamente.

—No. Me habría bastado con no convertir «no veo una anomalía» en «lo escribió Inés».

Leandro guardó silencio.

—No voy a hacerte responsable de que yo falsificara el correo —dijo—.

—Bien.

—Pero tampoco voy a aceptar que tu artículo fuera solo una víctima de nuestras mentiras.

—No.

Mencía respiró.

—No lo fue.

Tomás dejó que el silencio permaneciera unos segundos.

—¿Por qué guardó la copia de recuperación?

Leandro miró el disco.

—Al principio, por miedo.

—¿A qué?

—A que Saúl dijera que todo había sido idea mía.

—¿La copia demuestra que él se lo ordenó?

—No sola.

—¿Qué demuestra?

—Que el mensaje se preparó a las 00:52, no a la 01:18. Que la sesión administrativa que lo creó era la mía. Que quedó programado.

—Es decir, demuestra que usted falsificó la pieza.

—Sí.

—¿Y eso le protegía?

—Me protegía de una cosa.

—¿Cuál?

—De que un día alguien dijera que Inés había enviado de verdad ese mensaje y que yo solo había certificado algo normal. Si iba a caer, quería conservar la forma real de lo que hice.

Mencía entendió.

No era un seguro de inocencia.

Era un seguro de reparto de culpa.

Como la copia de Octavio.

Como la llave de Efrén.

Como las notas de Candela.

Todos habían guardado aquello que podía destruirlos porque también podía impedir que otro los destruyera solo a ellos.

—¿Volvió Saúl a hablarle del correo? —preguntó Tomás.

—Muchas veces.

—¿Cuándo?

—En los días posteriores. En los recursos. Cada vez que alguien preguntaba si podía haberse programado o manipulado.

—¿Qué le pedía?

—Que mantuviera que el sistema no mostraba anomalías.

—¿Le pidió destruir la copia?

Leandro negó.

—No sabía que la tenía.

Tomás lo observó.

—Hasta esta semana.

Leandro no contestó.

Algo encajó.

—La esquela —dijo.

—Cuando apareció tu nombre, Saúl pudo entender qué prueba buscaba Lúa.

Leandro bajó la vista.

—Yo también.

—Y por eso fuiste al guardamuebles.

—Sí.

—¿Saúl sabía dónde estaba?

—No.

—¿Seguro?

—Seguro de que yo nunca se lo dije.

Mencía pensó en Nerea.

Lo tengo a salvo.

Octavio.

Una copia en el banco.

Efrén.

La llave y el recibo.

Leandro había hecho lo mismo.

No porque fueran una organización.

Porque todos habían desconfiado del mismo hombre lo suficiente para guardar algo sin decírselo.

A las seis y cinco de la tarde, la unidad tecnológica terminó una primera verificación del soporte.

No era una pericial definitiva.

Tomás insistió en decirlo dos veces.

Pero los datos básicos coincidían.

El archivo de recuperación había sido generado aquella madrugada, catorce años atrás.

La sesión administrativa estaba vinculada al usuario de Leandro.

El borrador existía antes de la una.

Y contenía una instrucción de envío programado a las 01:18.

Mencía pidió ver solo las horas.

00:52:14 — recuperación de sesión.

00:54:03 — modificación del borrador.

00:56:41 — programación.

01:18:00 — envío automático.

Cuatro líneas.

Durante catorce años, la tercera había permanecido invisible mientras la cuarta sostenía una condena.

—Entonces ya no podemos decir que Inés estaba viva a la una y dieciocho —dijo Mencía.

Tomás corrigió:

—Podemos decir que el correo no demuestra que estuviera viva a la una y dieciocho.

—Eso.

Leandro, al otro lado de la mesa, soltó una risa sin humor.

—Catorce años tarde.

Mencía no respondió.

No existía una frase útil para eso.

A las siete y cuarto, Tomás pidió a Mencía que saliera de la sala.

Ella obedeció.

Cinco minutos después, él la encontró en el pasillo.

—Leandro va a cooperar.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Por qué ha cambiado de idea?

Tomás miró hacia la puerta cerrada.

—Porque sabe que quien mató a Efrén tenía motivos para recuperar una prueba parecida a la suya. Y porque acabamos de decirle que su copia ya está clonada y bajo custodia.

—Ya no puede protegerla escondiéndose.

—Ni protegerse a sí mismo escondiéndola.

Mencía apoyó la espalda contra la pared.

—¿Qué vais a hacer?

Tomás tardó un instante.

—Quiero saber qué hace Saúl cuando cree que Leandro ya no puede hablar.

—No.

—Todavía no te he dicho el plan.

—Has dicho la parte suficiente.

—Escúchame.

—No vais a publicar que ha muerto.

—No.

—El periódico no va a participar en una noticia falsa.

—No.

Mencía dejó de adelantarse.

Tomás continuó.

—No necesito que publiques nada. Necesito una operación policial controlada. Una información restringida, dirigida a un circuito muy pequeño, según la cual Leandro ha muerto durante un traslado antes de poder entregar la copia original.

—¿Y esperas que Saúl haga algo?

—Espero que quien esté intentando borrar las pruebas haga algo.

—Has dicho Saúl.

—He dicho que quiero saber qué hace Saúl.

Tomás no apartó la vista.

—La copia que tenemos estará segura —continuó—. Prepararemos otra que parezca la única superviviente. Si alguien intenta recuperarla o destruirla, sabremos qué información tenía y cómo la obtuvo.

—¿Leandro acepta?

—Todavía no se lo he pedido.

—Va a negarse.

—Probablemente.

Mencía miró el reloj del pasillo.

19:22.

Faltaban menos de once horas para las seis y veinte.

Tomás abrió la puerta de la sala.

—Vamos a averiguarlo.

Leandro levantó la cabeza cuando entraron.

—¿Qué pasa ahora?

Tomás cerró la puerta detrás de Mencía.

—Ahora —dijo— vamos a hablar de cómo hacer que mañana, a las seis y veinte, todo el mundo crea que usted está muerto.