La esquela de mañana CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

El correo de una muerta

A las tres y diecinueve del sábado, Leandro salió de la autovía.

Tomás recibió la información por teléfono y Mencía la escuchó desde el otro lado de su mesa.

—¿Dónde? —preguntó él.

Esperó.

—No os acerquéis. Que crea que sigue teniendo margen.

Colgó.

—¿Ha dejado Sendaña? —preguntó Mencía.

—Está en un polígono a unos treinta kilómetros. Ha entrado en un guardamuebles.

—La copia.

—Probablemente.

Lúa seguía en otra sala con su abogada. Saúl había abandonado el periódico hacía menos de media hora después de entregar la documentación que la policía le había requerido. Noel estaba trabajando con la unidad tecnológica sobre las referencias de los seis trabajos antiguos.

Todo parecía avanzar a la vez.

El reloj marcaba las 15:20.

Faltaban quince horas para el plazo de Leandro.

—Si sale con algo, ¿podéis quitárselo?

—No por intuición.

—Ha confesado con sus movimientos.

—No existe el delito de conducir hacia un guardamuebles después de recibir una esquela.

—Debería.

Tomás no respondió.

Su teléfono volvió a sonar.

Esta vez escuchó menos de diez segundos.

—Ha salido —dijo.

—¿Con algo?

—Una caja pequeña.

Mencía se puso de pie.

—¿Y ahora?

—Ahora esperamos a ver qué decide hacer una persona que lleva catorce años guardando una prueba y cuatro horas sabiendo que alguien la quiere.

A las tres y treinta y dos, Leandro detuvo el coche en una estación de servicio.

No repostó.

No entró en la cafetería.

Permaneció sentado dentro durante seis minutos.

Después llamó a Tomás.

El inspector puso el teléfono en altavoz solo cuando Leandro aceptó expresamente que Mencía escuchara.

—No voy a volver a donde me teníais —dijo Leandro.

Su voz sonaba más enfadada que asustada.

—No tienes que volver al mismo sitio —respondió Tomás—. Puedo protegerte en otro.

—Quiero hablar con Mencía.

Tomás miró hacia ella.

—Está aquí.

Hubo un silencio breve.

—Claro que está ahí.

Mencía se inclinó hacia el teléfono.

—Hola, Leandro.

—¿Has leído la esquela?

—Sí.

—¿Te ha gustado?

—No suelo valorar necrológicas de gente viva.

—Siempre has tenido un problema con los géneros.

La voz seguía siendo la que recordaba. Seca. Leandro había corregido cierres durante años con la convicción de que toda frase podía perder tres palabras sin resentirse.

—¿Tienes la copia? —preguntó Mencía.

Tomás la miró.

Ella levantó una mano.

Ya sabía que se había adelantado.

Leandro tardó.

—Tengo algo.

—Entonces entrégaselo a la policía.

—¿Y después qué?

—Después declaras.

—Qué sencillo.

—No he dicho que lo sea.

—Lúa cree que basta con entregar una prueba y decir la verdad antes de una hora.

—Lúa ya sabe que no basta.

—Tres muertos después.

Mencía no respondió.

Tomás intervino.

—Leandro, necesito que me diga dónde está y que no se mueva.

—No.

—Si la persona que ha seguido las esquelas sabe qué está buscando, usted acaba de ir exactamente al lugar donde lo guardaba.

La respuesta llegó después de una pausa.

—No me siguió nadie.

Tomás miró a Mencía.

Ella no necesitó sonreír.

—Eso espero —dijo él.

Leandro respiró al otro lado.

—Quiero una condición.

—No negocio protección.

—No es sobre la protección. Quiero que Mencía esté cuando hable.

Tomás frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque una parte de esto la escribió ella.

Mencía sintió la frase con menos violencia de la que habría sentido una semana antes.

—Estaré —dijo.

Tomás la miró.

—Si procesalmente puede estar —corrigió él.

—Eso.

Leandro soltó algo parecido a una risa.

—Seguís igual.

—¿Dónde estás? —preguntó Tomás.

Esta vez Leandro se lo dijo.

A las cuatro y nueve, la policía lo trasladó a una dependencia discreta fuera del centro.

La caja viajó separada de él.

Mencía llegó veinticinco minutos después con Tomás. No vio a Leandro hasta que su abogado estuvo presente y la unidad tecnológica hubo fotografiado, etiquetado y clonado el soporte que había recuperado del guardamuebles.

La caja no contenía un gran secreto.

Contenía papeles viejos, dos discos externos, una libreta y una carpeta de plástico.

Mencía sintió casi alivio.

Las pruebas decisivas, cuando existían, rara vez parecían decisivas a primera vista.

Leandro estaba sentado frente a una mesa cuando ella entró.

Había envejecido menos en la cara que en la postura. Catorce años atrás se inclinaba siempre hacia delante, como si cada conversación fuera una edición que debía cerrarse. Ahora parecía proteger el espacio entre su cuerpo y la mesa.

—Te queda humo en el pelo —dijo.

Mencía se tocó sin pensar.

—Gracias.

—Era una observación.

—Peor.

Tomás se sentó.

El abogado de Leandro indicó que podían empezar.

—La copia de recuperación —dijo Tomás—. ¿Es uno de los discos?

—Sí.

—¿Qué contiene?

Leandro miró a Mencía.

—La prueba de que el correo de Inés no lo escribió Inés.

No hubo necesidad de convertir la frase en otra cosa.

Tomás continuó.

—Explíquelo desde el principio.

Leandro apoyó las manos sobre la mesa.

—Aquella noche yo entré en el archivo.

—¿A qué hora?

—Cerca de medianoche. Antes.

—¿Para qué?

Leandro miró a su abogado. Este no intervino.

—Para copiar parte del dossier de Mirador Norte.

Mencía no esperaba aquella respuesta. Leandro acababa de situarse por voluntad propia dentro del archivo aquella noche.

—¿Para quién? —preguntó Tomás.

—No para Saúl directamente.

—No le he preguntado para quién no.

Leandro apretó los labios.

—Para gente que quería saber cuánto tenía Inés antes de que publicara.

—¿Le pagaban?

—Por información, sí.

Mencía sintió el impulso de preguntar cuánto.

No lo hizo.

—Inés lo descubrió —dijo Tomás.

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

—Me encontró revisando sus cosas. Discutimos. Le dije que solo había copiado una parte. Me dijo que al amanecer iba a entregar todo y que yo también iba dentro.

—¿Dentro de qué?

—De la historia.

Leandro bajó la mirada.

—Me fui.

—¿Y después?

—A las doce y cuarenta y tres me llamó Saúl.

Mencía levantó la cabeza.

La hora coincidía.

—¿Qué le dijo?

—Que Inés había descubierto lo mío y que estaba fuera de sí. Que se había marchado con intención de denunciarme y que si yo no ayudaba a ordenar lo ocurrido, iba a ser el primero en caer.

—¿Le dijo dónde estaba Inés?

—Me dijo que había salido del periódico.

—¿Viva?

Leandro miró a Tomás.

—Sí. Eso creí.

—No le he preguntado qué creyó. Le he preguntado qué dijo.

Leandro tardó.

—Dijo que se había ido.

—¿Dijo que había hablado con ella después?

—No entonces.

Tomás tomó nota.

—¿Qué le pidió?

Leandro respiró despacio.

—Que preparara un mensaje desde la cuenta de Inés para que pareciera que iba a encontrarse con Tadeo.

Algo muy antiguo cambió de forma sin hacer ruido.

—¿Por qué Tadeo? —preguntó Tomás.

—Porque habían discutido. Saúl sabía lo de los mensajes.

—¿Y usted aceptó?

—Sí.

—¿Por qué?

Leandro miró hacia Mencía, pero respondió a Tomás.

—Porque Inés me había pillado robando su información. Porque yo creía que estaba viva y que iba a denunciarme. Porque Saúl me dijo que el correo solo serviría para ganar unas horas y separar mi problema del suyo.

—¿Qué problema de Inés?

—No me lo explicó.

—¿Y no preguntó?

—Pregunté.

—¿Qué respondió?

—Que había montado una escena, que estaba enfadada con todo el mundo y que lo mejor era que pareciera que se había ido a ver a Tadeo hasta que él consiguiera hablar con ella.

Mencía observó a Leandro.

No había inocencia en aquella explicación.

Para Mencía, la frontera era clara.

Leandro sabía que estaba fabricando un correo.

Por lo que acababa de contar, no sabía que lo estaba escribiendo en nombre de una mujer muerta.

—¿Cómo lo hizo? —preguntó Tomás.

Leandro miró al técnico sentado a un lado.

—El sistema editorial conservaba sesiones y borradores de cuentas con las que trabajábamos durante el cierre. Yo tenía permisos suficientes para recuperar un borrador asociado a la cuenta de Inés y dejar programado un envío.

Tomás levantó una mano.

—No necesito el procedimiento técnico. Necesito los tiempos.

—Entré poco antes de la una. El archivo de recuperación que he guardado marca las 00:52. Preparé el texto entonces. Lo dejé programado para que saliera a la 01:18.

Mencía cerró los ojos un instante.

Catorce años atrás había escrito:

Inés escribió a la una y dieciocho.

No.

A la una y dieciocho solo había ocurrido una cosa.

El sistema había enviado lo que Leandro preparó veintiséis minutos antes.

—¿Qué decía exactamente? —preguntó Tomás.

—Que iba a ver a Tadeo. Que necesitaba hablar con él antes de volver a casa.

—¿Saúl dictó el texto?

—La idea. No cada palabra.

—¿Por teléfono?

—Sí.

—¿Conserva esa llamada?

—No la grabé.

—¿Hay registro?

—Debería existir el tráfico de la llamada.

Tomás tomó otra nota.

—¿Por qué firmó después el parte interno diciendo que no había ninguna anomalía?

Leandro soltó aire.

—Porque si alguien revisaba el correo, yo tenía que ser quien dijera que era normal.

—¿Y era normal?

—Técnicamente se había enviado desde su cuenta.

—No es lo que le he preguntado.

Leandro miró a Mencía.

—No.

Ella sostuvo la mirada.

—¿Qué te pregunté aquella mañana?

El abogado de Leandro se movió ligeramente, pero él respondió.

—Si el sistema podía haberlo programado.

Mencía recordó el prólogo.

El correo pudo programarse.

—¿Y qué dijiste?

—Que era posible, pero que no había ninguna señal visible en el mensaje recibido.

—Después firmaste que no había anomalías.

—Sí.

—Sabiendo que tú lo habías programado.

—Sí.

Tomás dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Eso es una falsedad consciente.

—Sí.

Leandro no buscó una palabra más amable.

Mencía agradeció no tener que hacerlo por él.

—¿Cuándo supiste que Inés estaba muerta? —preguntó Tomás.

Leandro tardó varios segundos.

—Cuando encontraron el cuerpo.

—¿Y entonces qué hiciste?

—Nada.

—¿No llamó a Saúl?

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que no sabía qué había pasado. Que Inés debía de haber visto a Tadeo después de irse.

—¿Le creyó?

Leandro miró la caja con los discos.

—Quise creerle.

La frase parecía dirigirse a ella antes de que él la pronunciara.

—Como tú.

Ahí estaba.

No sonó a acusación espectacular.

Sonó peor.

A una semejanza.

—Sí —dijo Mencía.

Leandro pareció esperar una defensa.

No llegó.