CAPÍTULO 24
Seis trabajos
A las diez y veintidós del sábado, Lúa explicó por qué el viernes no había aparecido ningún nombre.
Mencía llevaba casi una hora esperando esa respuesta sin saber que la esperaba.
Sobre la mesa había una copia impresa de los seis trabajos recuperados del dispositivo de Lúa. Cinco llevaban nombres que ya conocían.
El sexto permanecía boca abajo.
Tomás no había permitido que lo incorporaran todavía al resto de documentación visible hasta que la unidad tecnológica verificara que coincidía con el trabajo pendiente de la cola heredada.
—Nerea el lunes —dijo Lúa—. Octavio el martes. Candela el miércoles. Efrén el jueves. El viernes, nada. Leandro el sábado. Saúl el domingo.
Mencía levantó la mirada.
—¿Por qué dejaste el viernes vacío?
—Porque no quería una cadena que no dejara tiempo para comprobar nada.
—Podías haber dejado un día entre todos.
—Y darles una semana para avisarse, esconder pruebas y construir otra versión juntos.
Tomás anotó.
—¿Qué debía ocurrir el viernes?
Lúa respondió sin mirar a Mencía.
—Si los cuatro primeros habían hablado, yo publicaría lo que pudiera verificarse. Si no, el viernes servía para revisar qué seguía en pie antes de llegar a Leandro y a Saúl.
—¿Y si alguien confesaba?
—Su prueba dejaba de ser una amenaza. Pasaba a ser una corrección.
Mencía pensó en Candela.
Había hecho eso.
Había declarado, entregado sus notas y publicado una rectificación antes de las seis y veinte.
Alguien había intentado matarla igualmente.
—Entonces Candela cumplió tus condiciones.
—Sí.
—Y no cancelaste su esquela porque ya se había publicado.
—No. Lo que habría cancelado era cualquier publicación posterior sobre ella. La esquela era el aviso. El plazo terminaba al día siguiente.
Tomás levantó la vista.
—Conviene que eso quede claro. No existía ningún mecanismo por el que «confesar» eliminara una esquela ya visible.
—No.
—Solo evitaba que usted hiciera público el material asociado.
—Sí.
Mencía señaló los seis trabajos.
—¿Y cada uno tenía una prueba?
Lúa miró a su abogada antes de responder.
—Una referencia.
—No es lo mismo.
—No. Algunas eran pruebas completas. Otras solo indicaban dónde buscar.
Tomás permitió que continuara.
Lúa empezó por Nerea.
—El grabador.
Octavio.
—El archivo original del vídeo.
Candela.
—Sus notas y las fotografías preliminares.
Efrén.
—La llave y cualquier comprobante de cómo regresó desde la estación.
Leandro.
Lúa tardó un segundo más.
—Una copia automática de la sesión con la que se creó el correo de la una y dieciocho.
El nombre de Leandro adquirió un peso distinto.
—¿La tienes?
—No.
—¿Sabes que existe?
—Encontré una referencia antigua a una copia de recuperación vinculada a su usuario. No el archivo.
Tomás intervino.
—Eso habrá que verificarlo.
—Sí.
Mencía miró la hoja que seguía boca abajo.
—¿Y Saúl?
Lúa no tocó el documento.
—Telefonía.
Tomás dejó el bolígrafo.
—Sea más concreta.
—Había referencias en las copias antiguas a un respaldo de tráfico y sesiones de red de aquella madrugada. No pude reconstruirlo entero. Solo encontré rutas y nombres de volúmenes.
—¿Qué demostraría?
—No lo sé todavía.
Mencía pensó en los catorce segundos.
—Pero creías que afectaba a la llamada.
—Sí.
—¿Por qué?
Lúa se tomó unos segundos.
—Porque todo lo demás que mantenía viva a Inés después de la medianoche estaba cayendo. Nerea no la vio salir. El coche no demostraba que fuera ella. La hora de Octavio estaba alterada. Candela no podía excluir una muerte anterior. Efrén había movido el coche.
Mencía la siguió.
—Y si el correo también era falso…
—Quedaba la llamada.
Mencía sintió de nuevo la tentación de completar la frase.
Y Saúl.
No lo hizo.
Tomás tampoco.
—Eso sigue siendo una hipótesis —dijo.
—Sí.
—¿Creó la esquela de Saúl basándose en una hipótesis?
Lúa lo miró de frente.
—Creé todas basándome en una combinación de documentos y cosas que necesitaba que las personas explicaran. No tenía una sentencia.
—Pero actuó como si tuviera derecho a exigir respuestas.
—Sí.
Su abogada desplazó ligeramente una mano sobre la mesa, pero no interrumpió.
Mencía observó a Lúa.
No estaba intentando parecer mejor.
Eso no la hacía mejor.
Solo más difícil de simplificar.
A las once y cinco, Tomás recibió una llamada y salió de la sala.
Regresó ocho minutos después con una expresión que Mencía ya sabía leer.
Habían encontrado algo.
—La caja de Nerea —dijo.
Lúa levantó la cabeza.
—¿La han abierto?
—Con autorización judicial.
Mencía se incorporó.
—¿Está el grabador?
Tomás la miró antes de responder.
—Sí.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
La primera esquela había señalado una prueba real.
No una metáfora.
No una acusación redactada para asustar.
Un objeto que Nerea había escondido catorce años.
—¿Funciona? —preguntó Mencía.
—Está siendo examinado.
—¿Algo más en la caja?
—Documentación de Urbanismo, una copia de una escritura antigua y varios soportes. No voy a hacer inventario ahora.
Lúa bajó los ojos.
Mencía no supo si aquello era alivio.
—¿Por qué no lo entregó Nerea? —preguntó.
—Esa pregunta llega tarde —dijo Tomás.
No sonó cruel.
Solo cierta.
A las doce y dieciséis ya tenían una primera extracción forense.
Tomás no llevó el original al periódico. La unidad tecnológica había generado una copia de trabajo y él permitió que Mencía escuchara un fragmento porque parte de su contenido afectaba directamente a lo que el periódico había publicado.
Lúa permaneció en otra sala con su abogada.
El audio era peor de lo que Mencía había imaginado.
No por el sonido.
Por lo normal que resultaba.
Dos mujeres discutiendo.
Una mesa.
Papeles.
Una silla arrastrándose.
Nerea hablaba más bajo de lo que Mencía recordaba.
—No puedes sacar esto así.
La voz de Inés respondió desde más lejos.
—Puedo sacar lo que pueda demostrar.
—Vas a hundir un proyecto entero por un informe que ni siquiera es definitivo.
—El informe era definitivo hasta que apareció otro.
Hubo unos segundos de ruido.
Mirador Norte.
No como fondo.
Dentro de la habitación.
Nerea continuó:
—No sabes quién está metido.
—Sé quién compró antes de que cambiaran el informe.
—Inés.
—Y sé quién consiguió que el ayuntamiento pagara después una descontaminación que tendría que haber pagado el promotor.
Un golpe.
Quizá una mano sobre la mesa.
Después Nerea:
—Dame dos días.
—No.
—Uno.
—Son las once y treinta y nueve, Nerea. Te he dado semanas.
Mencía sintió un escalofrío.
No porque un reloj apareciera mágicamente en la grabación.
Porque Inés acababa de decir la hora.
Tomás señaló la pantalla.
—El archivo es continuo desde antes de esa frase hasta después de que Nerea abandona el edificio. La referencia interna del dispositivo es compatible con ese horario y estamos cruzándola con registros externos.
En el audio, Nerea respiró.
—Si publicas mañana, no voy a poder protegerte.
Inés tardó en contestar.
—No te he pedido que me protejas.
La silla volvió a moverse.
Pasos.
Una puerta.
Después, durante varios minutos, el grabador siguió funcionando dentro del bolso de Nerea.
Escalera.
Un pitido de apertura.
Ruido de calle.
El motor de un coche.
Tomás detuvo el audio.
—Una cámara exterior del aparcamiento municipal la registra saliendo de la zona antes de medianoche. Su teléfono también cambia de celda en ese intervalo. No dependemos solo del reloj del grabador.
Mencía miró la forma de onda inmóvil.
—Entonces a la una y doce ya llevaba más de una hora fuera.
—Sí.
—Y nunca pudo ver salir a Inés.
—Eso ya lo admitió antes de morir. Ahora tenemos corroboración material.
Durante catorce años, la frase de Nerea había sido una de las paredes de la cronología.
La primera pared ya no existía.
No porque Lúa la hubiera derribado con una esquela.
Porque había obligado a todos a mirar dónde estaba guardado el martillo.
—¿Hay algo sobre Saúl? —preguntó.
—En este fragmento, no.
—¿Nerea lo menciona?
—No voy a adelantarte el contenido completo antes de terminar el examen.
Mencía aceptó la respuesta.
Estaba aprendiendo incluso cuando no le gustaba.
A la una y diez, Tomás recibió la primera valoración de las coartadas de Lúa.
No utilizó la palabra coartada al principio.
—Tenemos corroboraciones parciales.
Mencía y Lúa estaban de nuevo en la sala de reuniones. La abogada seguía junto a ella.
Tomás colocó tres hojas sobre la mesa.
—Su teléfono, el vehículo de Nexo y varios accesos laborales sitúan su actividad lejos de algunas escenas en franjas relevantes.
Lúa no mostró alivio.
—¿De cuáles?
—No voy a convertir esto en una absolución por tabla.
Hay datos compatibles con que no estuviera físicamente en la casa de Nerea ni en el garaje de Octavio en momentos importantes.
También tenemos elementos que apoyan su ubicación durante el intento contra Candela y durante el incendio del depósito.
—¿Y Efrén?
—Más débil.
—¿Por qué?
—Porque hay una ventana en la que sus dispositivos no bastan para ubicarla con precisión.
La abogada intervino.
—Eso no significa que estuviera con Efrén.
—No he dicho eso.
Tomás juntó las hojas.
—Lo que sí puedo decir es que la hipótesis «Lúa escribió las esquelas y por tanto mató a todos los nombres» ya no explica bien los hechos.
Mencía miró a Lúa.
—Pero tampoco demuestra que no matara a ninguno.
Tomás asintió.
—Exactamente.
Lúa sostuvo la mirada de Mencía.
—No necesito que me crea hoy.
—Bien.
—Necesito que no vuelva a publicar antes de saber.
Mencía sintió la frase donde debía.
—Eso sí puedo hacerlo.
A las dos menos veinte, Saúl volvió al periódico.
No entró en la sala donde estaba Lúa. Un agente lo acompañó directamente hasta su despacho para recoger documentación que Tomás había solicitado y mantener una conversación con el equipo jurídico del grupo comprador.
Mencía lo vio desde el pasillo.
Saúl también la vio.
—¿Está aquí? —preguntó.
Mencía supo a quién se refería.
—Sí.
—¿Ha confesado?
—Tendrás que preguntárselo a Tomás.
Saúl asintió despacio.
—Entonces sí.
Mencía no respondió.
Él miró hacia la sala cerrada.
—¿Conserva las copias?
—No puedo hablar de lo que ha entregado.
Saúl volvió a mirarla.
—Necesito saber qué exposición tiene el periódico.
—Eso lo hablarás con la policía y con Vértice.
—Mencía, si conserva la copia de telefonía, no estamos hablando solo de las necrológicas. Puede haber datos personales, registros de llamadas, información de terceros…
Mencía dejó de oír el resto durante un segundo.
La copia de telefonía.
Lúa había mencionado ese respaldo dentro de una declaración con abogada, Tomás y técnicos.
Saúl no había estado allí.
Mencía no había publicado nada.
Noel tampoco.
—¿Qué copia? —preguntó.
Saúl se detuvo.
Muy poco.
—La que pueda haber extraído del archivo.
—Has dicho «la copia de telefonía».
—Porque estamos hablando de una investigación que incluye llamadas.
—No te he dicho que Lúa conserve ninguna.
Saúl exhaló, cansado.
—Mencía, no conviertas cada sustantivo en una confesión.
La frase era buena.
Demasiado buena para resolver nada.
—No lo hago.
—Parece que sí.
—Estoy preguntando.
Saúl miró al agente que esperaba a unos metros.
—Entonces pregunta a Tomás qué material tiene y deja que yo haga mi trabajo.
Entró en su despacho.
Mencía no lo siguió.
Tampoco escribió sabía lo de telefonía bajo Lo que sé de Saúl .
Lo puso debajo de Lo que sospecho .
Era donde pertenecía.
A las tres y siete, Leandro dejó de cooperar con su protección.
Tomás recibió la llamada delante de Mencía.
—¿Cómo que ha salido?
Escuchó.
—No. No lo forcéis físicamente si no hay base. Seguidlo y mantened distancia.
Mencía se acercó.
—¿Leandro?
Tomás levantó un dedo para que esperara.
—¿Qué vehículo?… Bien. Quiero tráfico y cámaras. Si toma la salida de Sendaña, me avisáis.
Colgó.
—¿Está huyendo?
—Ha comunicado que renuncia a la protección y ha salido del lugar donde estaba.
—Eso es huir con vocabulario policial.
—No sabemos adónde va.
—¿Ha hablado con Saúl?
—No consta.
—Quería verlo esta mañana.
—Lo recuerdo.
Mencía pensó en la frase de la esquela.
Haber puesto palabras en la cuenta de una mujer que ya no podía escribirlas.
—¿Le ha llegado algo?
Tomás comprobó su teléfono.
Como si la pregunta lo hubiera convocado, entró un mensaje de uno de sus agentes.
Leyó.
—Sí.
—¿Qué?
Tomás giró la pantalla.
Era una fotografía del móvil de Leandro.
El correo utilizaba la misma estructura que el que Nerea había recibido el lunes.
Sin firma.
Sin explicación.
Solo una exigencia.
Antes de las 06:20 de mañana, entrega la copia de recuperación de la sesión con la que escribiste desde la cuenta de Inés Alvar.
Debajo:
Después ya no podrás decidir cómo se cuenta.
Mencía leyó dos veces.
No decía que moriría.
No prometía salvarlo.
Pedía una prueba.
—Lúa programó también esto —dijo.
Tomás miró hacia la sala donde seguía ella.
—Eso parece.
—Entonces Leandro sabe exactamente qué busca la esquela.
—Sí.
El teléfono volvió a vibrar.
Tomás leyó el nuevo mensaje.
—Ha tomado la salida norte.
La búsqueda acababa de entrar en otra fase.
—¿Hacia dónde?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Y si va a buscar la copia?
Tomás guardó el móvil.
—Entonces espero que lleguemos antes que la persona que lleva una semana llegando detrás de las esquelas.