CAPÍTULO 23
Lúa Barral
Lúa esperaba de pie junto al mostrador de recepción.
No llevaba abrigo pese al frío de la mañana. Vestía unos vaqueros oscuros, jersey gris y una mochila pequeña que había dejado en el suelo, separada de los pies, después de que el agente de la entrada se lo pidiera.
Mencía la reconoció antes de verle bien la cara.
La mochila roja ya no existía.
Eso fue lo primero que pensó.
Después se reprochó haberlo pensado.
Tomás avanzó por delante de ella.
—Lúa Barral.
—Sí.
—Inspector Riveiro.
—Sé quién es.
Tomás miró la identificación depositada sobre el mostrador.
—¿Ha venido voluntariamente?
—Sí.
—¿Quiere hablar conmigo?
Lúa miró a Mencía.
—Quiero que ella escuche primero una cosa.
Tomás no se movió.
—Si esa cosa puede incriminarla, le aconsejo que no empiece hasta tener asistencia letrada.
Lúa sostuvo su mirada.
—Sé lo que hice.
—No es lo mismo que conocer las consecuencias jurídicas.
—He venido para asumirlas.
Tomás señaló una sala contigua a recepción.
—Entonces empezamos por hacerlo bien.
Entraron los tres.
La habitación era pequeña, con una mesa redonda que se utilizaba para visitas, entrevistas breves y conversaciones que nadie quería mantener en mitad de la redacción. Tomás dejó la puerta abierta.
Desde la mesa seguía viéndose la mochila en el suelo de recepción.
Lúa no se sentó.
Mencía tampoco.
Durante unos segundos, las dos se miraron sin encontrar una forma neutral de empezar.
Lúa la encontró primero.
—Las esquelas de Nerea, Octavio, Candela, Efrén y Leandro son mías.
La frase llegó sin sorpresa y, aun así, alteró el aire de la habitación.
Tomás levantó una mano.
—No siga.
Lúa lo miró.
—He creado seis.
—No siga, Lúa.
—Quiero que lo sepa.
—Y yo quiero que cualquier declaración que haga pueda utilizarse sin que dentro de tres meses alguien tenga que discutir si entendía sus derechos.
Lúa apretó la mandíbula.
Tomás continuó con la misma voz.
—Ha entrado aquí voluntariamente. Después de lo que acaba de manifestar, su situación cambia. Necesita asistencia letrada antes de que yo le haga preguntas sobre accesos, amenazas o programación de esas publicaciones.
—No necesito que me haga preguntas para decirle que no maté a nadie.
—Eso también es una declaración sobre hechos investigados.
Lúa bajó la mirada.
Mencía vio cansancio.
No fragilidad.
Cansancio.
—¿Puedo enseñarle algo sin explicarlo? —preguntó.
Tomás miró la mochila.
—¿Qué contiene?
—Un dispositivo con copias de los seis trabajos originales, los registros que conservé antes de perder acceso y documentación de mi proyecto en Nexo.
—No lo toque.
Lúa apartó las manos.
Tomás llamó a uno de los agentes de la unidad tecnológica y pidió que recogieran la mochila siguiendo cadena de custodia.
Lúa observó cómo se la llevaban.
—No hay nada preparado para borrarse —dijo.
—Lúa.
—Vale.
Ella respiró y, finalmente, se sentó.
Mencía seguía de pie.
Lúa levantó la vista.
—Puede sentarse. No pienso hacerle nada.
La frase no contenía humor.
Mencía se sentó en la silla frente a ella.
—No era por eso.
—Claro.
Tomás salió para organizar la asistencia letrada y dejó a un agente visible desde la puerta. Antes de marcharse señaló a Mencía.
—No la interrogues.
—No pensaba hacerlo.
Tomás la miró durante un segundo.
—No la interrogues sin llamarlo interrogatorio.
—Eso reduce bastante nuestras opciones de conversación.
—Me adapto.
Cuando se alejó, el silencio volvió.
Lúa miró las manos de Mencía.
—¿Ha leído ya todo lo que escribió sobre mi padre?
Mencía pensó en las siete carpetas del día anterior.
—Sí.
—No. Ha leído todo lo que conservó.
La corrección era pequeña y exacta.
—Probablemente.
Lúa apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Yo he leído lo que borró.
Mencía no respondió.
—Versiones de artículos. Copias automáticas. Borradores que el sistema viejo guardaba aunque ustedes pensaran que habían desaparecido. Notas sincronizadas. Fragmentos de correos. Exportaciones del gestor editorial. No estaba todo en una carpeta con el nombre de mi padre. Estaba repartido.
—Lo sé.
—Ahora lo sabe.
Mencía aceptó el golpe.
—Ahora lo sé.
Lúa la estudió unos segundos, como si aquella respuesta no perteneciera a la mujer con la que había discutido durante años en su cabeza.
—La primera versión de Nerea decía: «No le vi la cara».
—Sí.
—Y luego desapareció.
—Sí.
—No desapareció sola.
—No.
Lúa se inclinó hacia delante.
—Mi padre estuvo catorce años en prisión porque demasiadas cosas desaparecieron solas.
—No voy a decirle que no.
—No diga «demasiadas cosas». Diga cuáles.
Mencía abrió la boca y volvió a cerrarla.
No porque no supiera.
Porque entendió lo que Lúa estaba exigiendo.
Nombres.
Decisiones.
No una culpa atmosférica.
—La duda de Nerea —dijo—. La condición de Efrén. La corrección de Octavio perdió peso. La primera horquilla de Candela no llegó a la versión principal. Quité «aparentemente» del correo. Quité la atribución de la llamada. Publicamos el mensaje de Tadeo sin la continuación.
Lúa no parpadeó.
—Mejor.
Mencía sintió una irritación breve.
No contra Lúa.
Contra la facilidad con que una sola palabra podía sonar a evaluación.
—Eso no significa que yo supiera que su padre era inocente.
—Ya lo sé.
La respuesta la sorprendió.
—¿Lo sabe?
—Sí. Ese es uno de los problemas.
—Si usted hubiera inventado todo, habría sido fácil —dijo Lúa—. Una periodista corrupta, una condena fabricada, un periódico encubriendo. Podría haber demostrado una mentira grande. No había una mentira grande.
Miró hacia la redacción, visible a través del cristal.
—Había seis o siete pequeñas decisiones que juntas parecían una verdad.
Mencía recordó las carpetas del depósito.
AUTORA DE LAS ESQUELAS / RESPONSABLE DE LA SECUENCIA.
Documentos reales.
Conclusión preparada.
—Eso mismo intentaron hacer contigo anoche —dijo.
Lúa volvió la mirada.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—No me interrogue.
Mencía estuvo a punto de responder que solo había hecho una pregunta.
Se contuvo.
Lúa sonrió apenas.
—Está aprendiendo de verdad.
—A ratos.
—Mi padre no tuvo tantos ratos.
La frase no buscaba herir.
Por eso lo hizo.
A las nueve y doce llegó la abogada de Lúa.
No dio su nombre a Mencía y Mencía no se lo pidió. Habló primero a solas con su clienta y después con Tomás. La espera duró casi cuarenta minutos.
Mencía aprovechó para ducharse de nuevo en el vestuario del periódico y cambiarse con ropa que alguien de la redacción había traído de su piso.
Cuando volvió, Lúa ya estaba sentada en la misma sala.
La abogada ocupaba una silla a su lado.
Tomás estaba frente a ambas.
—Puede estar presente —dijo la letrada a Mencía— porque mi clienta lo ha pedido. Si la conversación entra en aspectos que afecten a la investigación, el inspector decidirá qué puede continuar delante de usted.
Tomás añadió:
—Y tú no preguntas salvo que yo te dé paso.
—Empiezo a echar de menos cuando solo dirigía un periódico.
Nadie sonrió.
Lúa comenzó sin que se lo pidieran.
—Creé seis necrológicas.
Su abogada la miró, pero no la interrumpió.
—Las preparé antes del lunes —continuó—. No fui escribiéndolas después. No elegí a las personas porque fueran muriendo. Elegí a las personas porque cada una había sostenido una parte de la historia que condenó a mi padre.
Tomás tomó notas.
—¿Las programó usted?
—Sí.
—¿A las seis y veinte?
—Sí.
—¿Por qué esa hora?
Lúa miró a Mencía.
—Porque era la hora del cierre digital de la mañana. El sistema antiguo seguía usando ese disparador para publicar necrológicas programadas. Y porque el artículo que convirtió a mi padre en culpable salió a esa hora.
Mencía no corrigió la palabra convirtió .
—¿Qué quería conseguir? —preguntó Tomás.
—Que hablaran antes de que el periódico cambiara de manos y el archivo se dispersara otra vez.
—¿Cómo?
—Cada esquela señalaba una mentira y una prueba que esa persona podía entregar. Si confesaba públicamente y entregaba la prueba antes de las seis y veinte del día siguiente, yo cancelaría las restantes acciones contra ella.
Tomás levantó la vista.
—¿Qué acciones?
Lúa respiró.
—Publicar lo que tenía.
—¿No matarla?
—No.
—La estructura de las necrológicas hacía pensar que podían morir.
—Lo sé.
—¿Era intencionado?
Lúa tardó.
—Sí.
Mencía la miró.
Lúa no apartó los ojos.
—Necesitaba que tuvieran miedo.
Su abogada intervino por primera vez.
—Mi clienta ya ha reconocido la naturaleza intimidatoria de los textos. No creo necesario que formulemos calificaciones jurídicas en esta sala.
Tomás asintió.
—Me interesa la intención.
Lúa continuó.
—Quería que por una vez sintieran que el tiempo corría en su contra. No pensé que alguien fuera a empezar a matarlos.
—Pero usó necrológicas.
—Sí.
—Con fotografías recientes.
—Sí.
—Y una hora.
—Sí.
Tomás dejó el bolígrafo.
—Entonces entenderá que «no pensé que murieran» no elimina la responsabilidad de haber creado un escenario perfecto para que otra persona convirtiera la amenaza en realidad.
Lúa miró la mesa.
—Lo entiendo ahora.
—¿No después de Nerea?
Lúa levantó la cabeza.
—Después de Nerea entendí que alguien estaba usando mi secuencia.
—¿Cuándo intentó detenerla?
—En cuanto supe que había muerto.
—Pero para entonces ya había aparecido la esquela de Octavio.
—Sí.
—¿Entró en el sistema?
—Lo intenté.
—¿Y?
—La cola ya no era mía.
Noel y la unidad tecnológica habían reconstruido eso unas horas antes.
Tomás no mostró reacción.
—Explíquelo.
—El lunes, después de la primera publicación, los trabajos pendientes se copiaron a un contenedor administrativo.
—¿Lo sabía entonces? —preguntó Mencía.
—No. Seguía creyendo que podía entrar al módulo antiguo y modificar los trabajos. Cuando murió Nerea intenté cancelar el resto y descubrí que mis permisos ya no alcanzaban las copias que iban a publicarse.
Tomás volvió al cuaderno.
—¿Envió usted el mensaje «No debía morir. Intenté detener las siguientes»?
—Sí.
—¿«He perdido el control de la cola»?
—Sí.
—¿«Esa no es mía»?
—Sí.
La serie de voces anónimas adquirió por fin un cuerpo sentado frente a ella.
—¿Y los mensajes del depósito? —preguntó Tomás.
—También.
—¿Cómo sabía lo que estaba ocurriendo dentro?
La abogada miró a Lúa.
—Puede contestar.
—Trabajé en el inventario físico de ese depósito al principio del contrato de Nexo. Conocía el paso técnico.
Tomás levantó la vista del cuaderno.
—¿Y la noche anterior?
—Vi que habían modificado algunos registros de inventario y que aparecía material nuevo asociado a mi nombre.
—¿Cómo pudo ver después los eventos de puertas si ya no tenía permisos?
—Cuando el control de accesos volvió a ponerse en línea durante la preservación, una consola antigua que Nexo había usado para el inventario siguió mostrando los eventos en modo de solo lectura. No podía modificar nada, pero esa vista seguía abierta.
Uno de los técnicos, sentado al fondo de la sala, levantó ligeramente la cabeza.
Tomás lo vio.
—Eso lo comprobaremos.
—Sí.
—¿Vio el incendio?
—Vi que la alarma principal no transmitía y después vi que se abría el cierre interior de la nave. Cuando Mencía entró por la tres supe dónde podía quedar atrapada.
—¿Estaba cerca?
—No.
—¿Puede demostrarlo?
—Mi teléfono y el vehículo de Nexo tienen registros. Estaba en un aparcamiento junto a la estación de autobuses.
Tomás anotó.
—¿Por qué no llamó a la policía?
Lúa respondió sin dudar.
—Porque creía que si me identificaba me detendrían antes de poder demostrar que la esquela de Mencía no era mía.
—Y decidió dirigir a una persona amenazada hacia un depósito que después ardió.
—Le dije que no entrara por la principal.
Mencía sintió una punzada de irritación.
—También me dijiste que fuera.
Lúa la miró.
La abogada abrió la boca, pero Lúa respondió antes.
—Sí.
—Si no hubiera ido, no habría quedado encerrada.
—Si la policía entraba primero por oficinas, encontraba la carpeta con mi nombre y el resto del material preparado. Yo creí que después ya nadie iba a escucharme.
—Eso no te daba derecho a utilizarme.
Lúa sostuvo su mirada.
—No.
La respuesta llegó tan limpia que Mencía perdió la siguiente frase.
Lúa continuó:
—Ese es exactamente el problema, ¿no? Creer que porque tienes razón sobre una parte puedes decidir por los demás.
Mencía se quedó callada.
No necesitaba preguntar de quién hablaba.
De las dos.
Tomás recuperó la conversación.
—¿La esquela de Mencía la creó usted?
—No.
—¿Accedió a su ficha para prepararla?
—No.
—¿Utilizó el CMS actual para crear alguna necrológica?
—No.
—¿Sabía que alguien iba a preparar una contra ella?
—No hasta que apareció.
—¿Por qué escribió «Esa no es mía»?
Lúa miró a Mencía.
—Porque cuando la vi entendí que alguien había dejado de limitarse a usar mi calendario. Estaba escribiendo directamente.
—¿Quién?
—No lo sabía todavía.
Tomás dejó unos segundos de silencio.
—Dice que creó seis textos. Solo hemos visto cinco auténticos.
Lúa no respondió de inmediato.
Toda la conversación se estrechó hacia aquella frase.
Nerea.
Octavio.
Candela.
Efrén.
Leandro.
Faltaba uno.
Tomás habló otra vez.
—¿Quién es el sexto?
Lúa miró a Mencía.
No había satisfacción en su cara.
Tampoco miedo.
—Antes quiero que vea una cosa.
Su abogada asintió y pidió al técnico que entregara una copia de uno de los archivos ya clonados del dispositivo incautado.
No era una necrológica.
Era un borrador.
Mencía reconoció el gestor editorial antiguo por la tipografía y los marcadores laterales.
En mitad de la página aparecía una frase resaltada.
Nerea Campillo aseguró no haber distinguido el rostro de la mujer. «No le vi la cara», declaró.
Debajo, en la versión siguiente, la frase ya no estaba.
Lúa señaló la pantalla.
—No elegí a Nerea porque odiara a Nerea.
Pasó a otra comparación.
El vídeo.
Luego Candela.
Efrén.
Cada nombre coincidía con una costura.
—Las esquelas no eran una lista de gente a la que quería castigar —dijo—. Eran una lista de cosas que necesitaba que dejaran de sostener la historia de mi padre.
Mencía miró las versiones.
—Y la sexta.
Lúa retiró la mano del ordenador.
—La sexta no corregía lo que hizo un testigo.
Mencía levantó la vista.
—¿Qué corregía?
—La última pieza que mantenía viva a Inés después de la una y doce.
La llamada.
01:20.
Catorce segundos.
Mencía supo el nombre antes de oírlo.
Aun así, esperó.
Lúa habló.
—La última esquela es de Saúl Neria.